¿Y si sí?

¿Y si esta vez México llega más lejos? ¿Y si ahora sí ganamos el mundial?

¿Y si sí?

¿Y si esta vez México llega más lejos? ¿Y si ahora sí ganamos el mundial? Basta con que la Selección Mexicana encadene un par de buenos resultados para que el ambiente cambie. Las calles se llenan de camisetas verdes, las oficinas adelantan reuniones para ver el partido, las familias se reúnen frente al televisor y desconocidos terminan abrazándose después de un gol. Durante noventa minutos dejamos de discutir de política, de economía o de inseguridad. Por un instante, simplemente somos mexicanos.

Recientemente me he preguntado por qué vivimos el Mundial con tanta intensidad, me atrevería decir que casi como ninguna nación en el mundo. La respuesta, creo, va mucho más allá del futbol. No celebramos únicamente once jugadores persiguiendo un balón, celebramos la posibilidad de sentirnos orgullosos de algo que compartimos todos, la pasión hacia el futbol.

En un país donde las noticias suelen estar marcadas por la violencia, la incertidumbre económica, la polarización y los problemas cotidianos, una victoria de México se convierte en un respiro social, es decir, una pausa emocional que nos recuerda que también sabemos sonreír juntos.

Los especialistas hablan de identidad nacional y sentido de pertenencia. Tienen razón. El Mundial es uno de los pocos momentos en que millones de personas experimentan al mismo tiempo la misma emoción. No importa por quién votaron, cuánto ganan o en qué estado viven. Frente a la Selección desaparecen, aunque sea por unas horas, muchas de las diferencias que normalmente nos separan. El futbol consigue algo que muy pocas instituciones, partidos o liderazgos logran hoy, hacernos sentir parte de un mismo equipo.

Pero creo que hay algo todavía más profundo. Los mexicanos tenemos una enorme capacidad para mantener la esperanza, incluso cuando las probabilidades no parecen estar de nuestro lado. Nos emocionamos porque, en el fondo, queremos creer que las historias también pueden cambiar. Que el esfuerzo puede vencer a los pronósticos. Que un país acostumbrado a escuchar por qué no puede, algún día encuentre razones para decir que sí pudo.

Tal vez por eso gritamos tanto los goles. No estamos celebrando únicamente un marcador. Estamos celebrando la posibilidad de que las cosas salgan bien. De demostrar que el talento existe, que la disciplina da resultados y que los sueños, por improbables que parezcan, también merecen una oportunidad.

Ojalá algún día encontremos más motivos para celebrar fuera de la cancha. Que el orgullo nacional también nazca de una educación de excelencia, de ciudades más seguras, de instituciones confiables, de científicos, emprendedores, artistas y deportistas que lleven el nombre de México a lo más alto. Un país no debería depender de un Mundial para recordar todo lo que es capaz de hacer.

Mientras ese día llega, seguiremos reuniéndonos frente a una pantalla, cantando el himno con el corazón acelerado y haciéndonos la misma pregunta que millones de mexicanos se hacen cada cuatro años. Una pregunta que no habla únicamente de futbol, sino de esperanza.

¿Y si sí?


Vive el mundial Diario del Yaqui