Aunque hace años que vivo en Hermosillo, nací en Cajeme y con cierta periodicidad vuelvo para visitar a mis padres. El tiempo y la distancia otorgan cierta perspectiva, y al cajemense que vive fuera le permite asomarse de manera intermitente a la realidad de su ciudad. La violencia, el estado de las calles, la buena comida; todo otorga puntos de comparación con el Cajeme de ayer y de hoy. Esta semana, los medios locales dieron cuenta del siniestro vial de dos personas que viajaban en motocicleta por el puente elevado de la calle 300 y Carretera Internacional, en la salida sur de Ciudad Obregón. Lamentablemente, ambas fallecieron.
Esta noticia me hizo viajar mentalmente treinta años atrás, a mis años de adolescencia durante los años noventa. En aquellos tiempos, los jóvenes pasaban los fines de semana dando la vuelta en carro en una especie de circuito social por la avenida Náinari y Veracruz. Una noche, viajaba en el asiento trasero de un carro junto a unos amigos cuando de pronto vimos un tumulto de personas paradas en un camellón. Curiosos, nos detuvimos a ver la siguiente escena. Dentro del cajete de un árbol, yacía un joven repartidor de pizzas que acababa de ser impactado por un vehículo. Mi asombro habría quedado ahí si no fuera porque, mientras esperábamos la llegada de la ambulancia, llegó alguien de la empresa de pizzas quien se acercó al joven aún inconsciente para preguntarle con cierto tono de urgencia "¿dónde quedó el pedido?".
Cuando ocurre un siniestro vial en el que participa una motocicleta, es común leer en redes sociales comentarios que atribuyen la tragedia a la imprudencia del motociclista. Sin poner en duda que muchas conductas de riesgo existen y deben señalarse, reducir toda la explicación a la forma de conducir resulta insuficiente.
Con el tiempo, aquella escena adquirió mayor sentido. Correspondía con la llegada de cadenas de pizza con reparto a domicilio y sus promesas de entrega en pocos minutos. En el transcurso de los años, si bien el automóvil mantuvo su rol hegemónico, la motocicleta adquirió un papel cada vez más importante en la movilidad del país y del estado.
Por fortuna, la memoria cuenta hoy con un aliado que hace treinta años no tenía: los datos. De acuerdo con el Inegi, entre 2010 y 2024 el número de automóviles registrados en circulación en México pasó de 21.1 a 39.6 millones, mientras que las motocicletas aumentaron de 1.15 a 8.95 millones. En otras palabras, mientras los automóviles casi se duplicaron, las motocicletas se multiplicaron por ocho.
En Sonora ocurrió un fenómeno similar, aunque con matices propios. En el mismo periodo, el número de automóviles también se duplicó y el de motocicletas se multiplicó por seis. Sin embargo, el cambio no ha sido uniforme. De acuerdo con el Censo 2020, 7.9% de las viviendas sonorenses contaban con motocicleta, pero en Cajeme la proporción ascendía a 10% y en municipios del sur como Navojoa, Huatabampo, Etchojoa, Quiriego y San Ignacio Río Muerto alrededor de una de cada cinco viviendas disponía de una. No es de extrañar tantas motos que veo circular por el Valle del Yaqui cuando vuelvo a mi tierra.
No solo se trata de mayor o menor imprudencia del motociclista. Por supuesto, es necesario ordenar la conducta vial. Sin embargo, el problema incluye un mayor número de personas expuestas al riesgo. Son estudiantes, repartidores, jóvenes, familias que encontraron en la motocicleta una forma de movilidad y sustento. Entender esa transformación podría ayudarnos a construir nuevos recuerdos.





