A través de la historia de la humanidad, utilizando a los organismos internacionales, los países desarrollados impusieron la liberalización comercial y las recetas financieras de ajuste estructural a los países en desarrollo. Provocaron la ruina de muchos pequeños productores; negaron y, en algunos casos, destruyeron el desarrollo agrícola incipiente de los países de América Latina y África, convirtiéndolos en importadores de alimentos. Siempre los países poderosos han salido avante a costa de la penuria, el hambre y el sacrificio de millones de seres humanos de quienes, con insistencia inútil, se dice y se nos hace creer que también son dueños del planeta.
Los países industrializados otorgan subsidios agrícolas e imponen reglas rígidas al comercio internacional. Establecen precios, monopolizan tecnologías, imponen injustas certificaciones y manipulan los canales de distribución, las fuentes de financiamiento y el comercio. Controlan el transporte, la investigación científica, los fondos genéticos y la producción de fertilizantes y plaguicidas.
Por eso, hoy, en nuestros días, nuestro grito debe ser en todo el mundo: fin a las guerras de ocupación y al saqueo de los recursos de los países subdesarrollados. Fin a la guerra que amenaza la precaria paz mundial que hoy pende de un botón.
Nuestra exigencia debe ser que los países poderosos dejen de invertir los cuantiosos y millonarios recursos que se gastan para alentar las guerras, del carácter que sean, y que hoy otorguen asistencia internacional en beneficio del desarrollo sostenible, en lugar de realizar cuantiosos gastos en armamento bélico que, de esgrimirse, destruirá todo vestigio humano. Mañana será tarde.
Hoy es más imperioso que nunca establecer un nuevo orden internacional democrático y equitativo. Las grandes potencias deben bajar las armas, sentarse a la mesa y, con el concurso de todos, crear un nuevo orden internacional. Instituir un nuevo sistema de comercio justo y transparente en el que todos los países, con un profundo respeto a sus soberanías, creencias y sistemas económicos y sociales, puedan intervenir soberanamente y participen en la toma de decisiones que les atañen. Y lo tienen que hacer hoy; mañana nos pueden mandar a volar al lado oscuro de la Luna.
A mi juicio, en esta crisis mundial de amenaza apocalíptica, debe crearse un nuevo sistema de diálogo internacional que verdaderamente defienda los derechos de la humanidad, y que la ONU sea sepultada de una vez por todas por su carácter obsoleto e ineficaz para garantizar la verdadera paz mundial.
Debe abrirse una nueva etapa en la promoción y protección de los derechos humanos para todos, sobre la base de la cooperación internacional y el diálogo constructivo. Un nuevo mundo sí es posible. No son sueños guajiros.



