"La Inteligencia Artificial no solo crea mentiras y espejismos altamente creíbles; destruye la posibilidad de creer en lo que es cierto"
La modernidad, advertía Octavio Paz, es una simultaneidad de tiempos, un presente que corre hacia el mañana mientras sigue habitado por los fantasmas y los miedos del pasado. Hoy, esa premisa se manifiesta en una paradoja tecnológica: mientras la Inteligencia Artificial promete la cúspide del progreso humano, ha desatado una regresión hacia la vulnerabilidad más primitiva. En 2023, esta ambivalencia tuvo un costo aterrador en Scottsdale, Arizona, cuando Jennifer DeStefano escuchó a través del teléfono el llanto de su hija supuestamente secuestrada. La voz parecía idéntica y burló el instinto materno, exigiendo un rescate de un millón de dólares por una tragedia que solo existía en el código de un algoritmo. El incidente fue el heraldo de una nueva era donde el oído ya no es un testigo fiable y donde la tecnología ha perfeccionado uno de los oficios más antiguos: el engaño.
Cifras recientes de organismos internacionales y reportes analizados por publicaciones como The Economist revelan un oscuro panorama. Los incidentes de cibercrimen potenciados por IA han experimentado un crecimiento explosivo; se estima que el uso de estas herramientas para el envío de correos maliciosos y phishing ha aumentado en un 3,000% desde la democratización de los modelos de lenguaje masivo. Pero la estadística es apenas la superficie de una tragedia más profunda. Ya no se trata del burdo mensaje con faltas de ortografía que buscaba incautos; la IA actual actúa como un biógrafo no autorizado de nuestras debilidades. Al acceder a bandejas de entrada y escanear años de correspondencia, los algoritmos descifran no solo qué compramos, sino qué nos conmueve y qué nos motiva, diseñando estafas a la medida de nuestra psicología. Son espejismos de ingeniería social elevada a la categoría de arte negro.
LA IDENTIDAD EN LA ERA DE LA EXTORSIÓN ALGORÍTMICA
Paz escribía en "El laberinto de la soledad" que el ser humano se construye en el reconocimiento del otro. Hoy, ese reconocimiento ha sido saboteado. La IA puede clonar la apariencia, el timbre de voz y la cadencia discursiva de cualquier individuo con una precisión que desafía nuestra biología. Basta una muestra de audio de segundos para que un estafador recree una llamada de auxilio de un hijo o un socio, suplantando no solo la identidad, sino el vínculo emocional que nos une. Los deepfakes y la desinformación han dejado de ser temas de seguridad nacional en Washington o Ciudad de México para convertirse en armas de asalto doméstico. Según datos analizados por el "Wall Street Journal", las pérdidas por fraudes de suplantación de identidad superaron los 2,600 millones de dólares anuales en Estados Unidos, una tendencia que se replica en mercados emergentes donde la brecha digital es más ancha que la justicia.
Ante este saqueo de la intimidad, la respuesta debe ser un escepticismo radical que nos obliga a redefinir nuestro contrato con la tecnología. Debemos adoptar la disciplina del rigor periodístico en nuestra vida cotidiana Ya nunca podremos asumir que un video, una voz o un correo son legítimos solo porque parecen reales. La confirmación se vuelve un acto de supervivencia. Debemos contactar a las compañías a través de sus números oficiales, iniciar cadenas de comunicación nuevas y evitar cualquier enlace o contacto de desconocidos. El dogma es claro: ante la duda, la desconexión es la única defensa. Nadie está exento de caer en el engaño, pues la manipulación emocional potenciada por algoritmos es, por definición, más astuta que la precaución humana promedio.
EL FIN DE LA EMPATÍA COMO DAÑO COLATERAL
Aquí reside el giro más amargo de esta revolución. Durante siglos, la civilización se construyó sobre la base de la confianza y el reconocimiento del prójimo a través de la voz y el rostro. La IA ha convertido nuestras señales más humanas en vectores de ataque, transformando nuestra empatía en una vulnerabilidad. La consecuencia última de este crecimiento del 3,000% en el crimen algorítmico no será solo la pérdida de capital, sino que podría desatar un colapso de solidaridad social. La Inteligencia Artificial no solo crea mentiras y espejismos altamente creíbles, destruye la posibilidad de creer en lo que es cierto.
Si cada llamada de auxilio puede ser un código malicioso y cada rostro en pantalla una máscara digital, la respuesta natural del ser humano será la parálisis. ¿Estamos entrando acaso en una era donde la única forma de estar a salvo es tratar a nuestros amigos y seres queridos como amenazas potenciales hasta que se demuestre lo contrario? Es una paradoja trágica: para salvar nuestras finanzas y nuestra seguridad, estamos obligados a sacrificar nuestra humanidad, convirtiéndonos en seres fríos, calculadores y desconfiados, como los mismos algoritmos que intentan engañarnos. El mayor crimen de las estafas con Inteligencia Artificial no es el robo de datos o de dinero, sino habernos exiliado de la posibilidad de confiar en quienes amamos.
El Dr. Castro fue consejero externo para el Gobierno Mexicano y presidente de la comisión de asuntos fronterizos del Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME). Ha sido catedrático, decano y vicerrector para desarrollo internacional en Pima College de Tucsón, Arizona.




