Cardiomorfósis Pascual: “Ardía nuestro corazón”

He tenido la dicha vivir el triduo pascual en torno a las celebraciones presididas por nuestro Señor Obispo Don Felipe Pozos Lorenzini

Cardiomorfósis Pascual: “Ardía nuestro corazón”

¡Felices Pascuas de resurrección!, ¡Cristo ha resucitado, en verdad ha resucitado! Un gran abrazo estimado hermano lector, pues es el motivo de nuestra alegría. He tenido la dicha vivir el triduo pascual en torno a las celebraciones presididas por nuestro Señor Obispo Don Felipe Pozos Lorenzini, en la Catedral de la Diócesis de Ciudad Obregón, Solo el viacrucis viviente participamos en Cócorit, una tradición especial que con mucho empeño los jóvenes de esa comunidad ofrecen a visitantes y locales, felicidades por esa entrega y servicio.

La Pascua no es un día, es un tiempo, un dinamismo, una vida nueva que irrumpe y transforma todo desde dentro. Es el corazón del cristianismo latiendo con fuerza divina.

Ojalá que este tiempo litúrgico, que es mi favorito, le diéramos tanta actividad como la cuaresma; en tiempos de tristeza, se requiere predicar sobre la alegría que genera la resurrección de Jesús, que el pecado, ni la muerte tienen la última palabra, nos urgen “Pláticas Pascuales”, “Retiros Pascuales”, para culminarlos con la Novena de Pentecostés, celebrandoel origen visible del nacimiento de la Iglesia Católica. No es tiempo de relajación por el arduo trabajo misionero y parroquial de cuaresma; hay que darle continuidad a lo ya celebrado y vivido.

Recordemos que vamos rumbo al gran jubileo de la redención en el 2033.

1) TIEMPO DE PASCUA: LA VIDA NUEVA QUE NO TERMINA

El Tiempo Pascual es el periodo litúrgico más importante del año, cincuenta días que se viven como un solo gran domingo. Para no limitarlo a ala infraoctava de pascua, como se le conoce a la primera semana del tiempo pascual. No celebramos un recuerdo, sino una presencia viva, Cristo ha resucitado y sigue actuando.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la Resurrección es la verdad culminante de nuestra fe, el acontecimiento que confirma todo lo que Cristo dijo e hizo. Sin Pascua, no hay cristianismo; con Pascua, todo cobra sentido.

La Biblia lo proclama con fuerza: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe” (1 Cor 15,14).

La Pascua no es solo victoria sobre la muerte; es la inauguración de una nueva creación. No es simplemente que Jesús vive… es que nos introduce en su vida. Por eso el cristiano no es alguien que cree en un muerto ilustre, sino en un Viviente que transforma su corazón. Esto es el epicentro de la predicación de la evangelización.

2) EMAÚS: LA MISA QUE HACE ARDER EL CORAZÓN

El relato de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35) es una de las catequesis más profundas sobre la Eucaristía. Aquí, San Juan Pablo II, en su documento Mane Nobiscum Domine, nos ofrece una clave luminosa.

El camino de Emaús es la estructura misma de la Santa Misa:

*. Primero, Jesús camina con ellos y les explica las Escrituras: la Liturgia de la Palabra.

*. Luego, se sienta a la mesa, toma el pan, lo bendice, lo parte y se los da: la Liturgia Eucarística.

Y sucede algo extraordinario: Jesús desaparece.

No porque se haya ido… sino porque ahora está dentro de ellos.

San Juan Pablo II lo expresa con una profundidad conmovedora: “Cristo deja de ser visible porque ha pasado a una forma más íntima de presencia. Ya no está frente a ellos… ahora vive en ellos”.

Por eso exclaman: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino?”

La Eucaristía no es solo rito, es encuentro que quema el corazón y transforma la vida. Quien comulga verdaderamente, no debería seguir caminando igual, dejemos que su amor eucarístico sea la potencia que dinamiza nuestro proceso de cardiomorfósis, según la voluntad de Dios.

3) LAS MUJERES: PRIMERAS TESTIGOS DEL ALELUYA

Dios rompe los esquemas humanos desde el inicio. En un mundo donde el testimonio femenino no tenía valor jurídico, Él elige a las mujeres como primeras anunciadoras de la Resurrección.

No es casualidad, es revelación.

Ellas permanecieron cuando muchos huyeron. Amaron cuando otros dudaron. Buscaron cuando todo parecía perdido.

Por eso reciben el anuncio primero.

“Aleluya” significa: “Alaben al Señor”.Entonces, en sentido profundo, ellas son, las primeras que pueden alabar al Señor resucitado porque lo han encontrado vivo.

No es una categoría oficial de la Iglesia, sino una expresión espiritual y poética para resaltar su papel como primeras anunciadoras de la Pascua.

La Pascua nos enseña que el corazón fiel ve lo que la razón temerosa no alcanza. Las mujeres del Evangelio nos recuerdan que la fe no es solo entender… es permanecer amando hasta el final.

4) MARÍA MAGDALENA: LA ESPOSA QUE BUSCA AL AMADO

María Magdalena aparece en el sepulcro, llorando, buscando, amando.

Su experiencia evoca profundamente a la Sulamita del Cantar de los Cantares: “Busqué al amor de mi alma… lo busqué y no lo encontré”. Ella no se va. Permanece. Llora. Busca. Ama.

Y entonces sucede lo decisivo: Jesús la llama por su nombre: “¡María!”

La Pascua es una llamada personal. Cristo resucitado no se revela a la multitud primero, sino al corazón que lo busca con amor.

María Magdalena representa al alma enamorada que, incluso en la oscuridad, no deja de buscar. Y quien busca así… termina encontrando.

Permíteme compartir textos bíblicos del Cantar de los Cantares (Ct), que aplican perfectamente a María Magdalena, esa mañana de la resurrección, la primera de estas se usa en su festividad litúrgica, el 22 de julio:

“En mi lecho, por la noche, busqué al amor de mi alma; lo busqué y no lo encontré. Me levantaré y recorreré la ciudad…buscaré al amor de mi alma.” (Ct 3,1-2)

“Júrenme, hijas de Jerusalén, que si encuentran a mi amado, le digan que estoy enferma de amor.” (Ct 5,8)

“Encontré al amor de mi alma; lo abracé y no lo soltaré.” (Ct 3,4)

“¡La voz de mi amado! Véanlo, aquí viene…” (Ct 2,8)

Como la Sulamita, buscó al amor de su alma en la noche… y no se fue.Y por eso, cuando Él la llamó por su nombre, pudo decir: “Encontré al amor de mi alma”.

5) MARÍA SANTÍSIMA, QUE SOSTUVO EN SU CORAZÓN EL ALELUYA ANTES DE QUE EL MUNDO LO CANTARA

En el misterio pascual, Virgen María ocupa un lugar silencioso, pero inmenso.

Mientras el mundo parecía derrumbarse, su fe permanecía firme. Ella guardaba en su corazón la promesa. Ella sabía que la muerte no tendría la última palabra.

María es la primera creyente de la Pascua. La que, incluso en el Sábado Santo, sostuvo la esperanza de la Iglesia.

Por eso podemos contemplarla como la gran promotora del Aleluya: no desde el ruido, sino desde la fidelidad interior.

Quien aprende de María, aprende a esperar contra toda esperanza.

Oración final:

Señor Jesús resucitado,

haz arder nuestro corazón como en el camino de Emaús.

Que tu Palabra nos ilumine,

y tu Eucaristía nos transforme desde dentro.

Danos el amor fiel de las mujeres que no huyeron,

la pasión de María Magdalena que no dejó de buscarte,

y la fe firme de tu Madre que nunca dudó.

Enséñanos a vivir la Pascua no como un recuerdo,

sino como una vida nueva que nos habita.

Que al recibirte, desaparezcas de nuestros ojos,

pero vivas para siempre en nuestro corazón.

Y entonces podamos decir con verdad:

con razón ardía nuestro corazón… porque Tú estabas en él.

Amén.