Desde sus primeros días, el presente año se han caracterizado por una serie de contradicciones que amenazan la estabilidad de este mundo globalizado. Nadie lo puede negar: vivimos un momento decisivo en la historia de la humanidad. Las amenazas, los ultimátum e intimidaciones que se ciernen en voz de aquellos señores que se creen amos del planeta Tierra, atentan contra la existencia de la especie humana. Y no es, aunque lo parezca, una exageración.
La única alternativa que tenemos para asegurar el futuro de la humanidad es la promoción de la paz, la solidaridad, la justicia social y el desarrollo sostenible. No hay otra.
El orden internacional vigente, además de prepotente, injusto, inicuo y estólido, es ya insostenible. Sin más, debe ser sustituido por un nuevo sistema verdaderamente democrático y equitativo, que se fundamente en el respeto al Derecho Internacional y en principios de solidaridad y justicia. Debe poner fin a las desigualdades y a la exclusión de millones de seres humanos que constituimos la mayoría de la población de este mundo globalizado. Esa es la consecuencia de la avaricia y mezquindad.
No existen alternativas. Los responsables de este estado de cosas, que son los países industrializados y, en particular, la llamada superpotencia que se erige y proclama como tal, deben asumir sus responsabilidades. No se pueden seguir derrochando fabulosas fortunas en armas mientras millones de seres humanos padecen hambre y mueren de enfermedades curables. No es posible seguir contaminando el aire y envenenando los mares, lo que destruye las condiciones de vida para las generaciones futuras. Ni los pueblos ni el propio planeta lo permitirán sin grandes convulsiones sociales y gravísimos desastres naturales.
Históricamente ha quedado demostrado que las guerras de conquista, la agresión y ocupación ilegal de países, la intervención militar y el bombardeo a civiles inocentes, el armamentismo desenfrenado y el saqueo de los recursos naturales de los países subdesarrollados, aunado a la ofensiva descarada para doblegar la resistencia de los pueblos que defienden sus derechos, constituyen las mayores y más graves amenazas a la paz y la seguridad internacional.
Cada día que pasa queda claro que la pretensión de los países poderosos es mutilar la soberanía e independencia de los países subdesarrollados. Si no se le pone freno a tal ambición, los años venideros serán como en los siglos pasados: por amor o por la fuerza.




