¿Por qué no me convierto? (1/5)

Domingo I de Cuaresma – Las tentaciones en el desierto (Mt 4,1-11)

¿Por qué no me convierto? (1/5)

La Cuaresma comienza siempre en el desierto. No en el aplauso, no en la claridad, no en la emoción religiosa. Comienza en el silencio áspero donde el hombre se encuentra consigo mismo... y con Dios. Este primer domingo del ciclo A, nos coloca frente a una escena decisiva: "Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo" (Mt 4,1).

Hace un par de años, uno de los mejores predicadores laicos de la diócesis me invitó a predicar en un retiro; el título lleva el nombre de esta serie, que será una pregunta que nos acompañará durante los cinco domingos de Cuaresma previos al Domingo de Ramos. No fui a ese retiro; con vergüenza, no he podido sacarme la pregunta de mi cabeza y decidí cuestionármelo seriamente a mí mismo. Te comparto mis reflexiones a la luz de la Palabra de Dios dominical, tratando de encontrar mis porqués y, quizá, tú encuentres los tuyos; somos del mismo barro.

La pregunta que inaugura esta serie es incómoda y necesaria: ¿por qué no me convierto?... Si soy honesto, la primera respuesta es sencilla, porque no quiero luchar.

1. EL DESIERTO NO ES OPCIONAL

El texto de Evangelio según San Mateo 4,1-11 no presenta a Jesús como víctima pasiva. Es el Espíritu quien lo conduce. La tentación no es un accidente espiritual; es parte del combate redentor. Cristo recapitula la historia de Israel en el desierto y vence donde el pueblo cayó.

La primera tentación apela al hambre: "Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes" (Mt 4,3). Es la seducción de reducir la vida al bienestar inmediato. Es la cultura del confort espiritual, no quiero convertirme porque eso implica incomodidad.

La segunda tentación apela al espectáculo religioso, "Tírate abajo" (Mt 4,6). Es el deseo de un Dios que me confirme sin cruz.

La tercera ofrece poder, "Todo esto te daré..." (Mt 4,9). Es la idolatría disfrazada de éxito.

La conversión comienza cuando dejo de negociar con estas tres voces.

2. CONVERSIÓN, UN CAMBIO REAL, NO SIMBÓLICO

El término bíblico metanoia significa cambio de mente, de dirección, de centro. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña, "La llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos" (CEC 1427).

No se trata de un momento emotivo, sino de una transformación progresiva. El Catecismo afirma también, "La conversión es ante todo una obra de la gracia de Dios" (CEC 1432).

Aquí está una verdad liberadora, no me convierto solo. Pero tampoco me convierto sin mi cooperación.

San Juan Pablo II recordaba que la conversión es "una tarea permanente" (cf. Exhort. Reconciliatio et Paenitentia, 1984). No es un evento, es un proceso.

Entonces, ¿por qué no me convierto?... Porque prefiero posponer la decisión radical.

3. EL COMBATE ESPIRITUAL

El Catecismo es claro sobre la dimensión dramática de la existencia humana, "La vida entera del hombre es lucha" (CEC 409).

No hablar de combate espiritual en Cuaresma es vaciarla de contenido. Jesús responde al tentador con la Escritura, "No sólo de pan vive el hombre..." (Mt 4,4; cf. Dt 8,3). La Palabra es arma. El ayuno es disciplina. La oración es fuerza.

San Ignacio de Loyola estructuró toda su pedagogía espiritual sobre el discernimiento de espíritus: reconocer la voz que conduce a Dios y la que aleja de Él. No convertirse muchas veces no es ignorancia; es resistencia interior.

El problema no es que no sepa que debo cambiar... El problema es que no quiero perder lo que me da seguridad.

4. MARÍA: LA OBEDIENCIA QUE VENCE

Si el desierto revela la desobediencia de Adán, también anticipa la obediencia perfecta de Cristo. El Catecismo presenta a María como la Nueva Eva (CEC 411). Donde la primera mujer escuchó a la serpiente, María escuchó al ángel, "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38).

La conversión auténtica siempre es un fiat.

En Fátima, en 1917, la Virgen pidió insistentemente conversión y penitencia. La Iglesia reconoció oficialmente estas apariciones en 1930 por el obispo de Leiría, y el mensaje central no fue apocalíptico, sino profundamente evangélico, "cambiar de vida", además de rogar en oración por la conversión de los "pobres pecadores" y la paz del mundo.

La pregunta vuelve con fuerza: ¿He escuchado ya demasiadas veces el llamado y sigo postergando?

5. EL NÚCLEO DEL PROBLEMA

No me convierto porque temo perder control.

Porque temo que Dios me pida más de lo que quiero dar.

Porque confundo libertad con autonomía absoluta.

Pero Cristo no entra al desierto para destruir mi libertad, sino para redimirla. San Agustín lo expresó con una claridad desarmante, "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti" (Confesiones, I,1).

La inquietud que siento cuando escucho una predicación fuerte, cuando me confieso, cuando hago silencio... no es culpa psicológica, es el Espíritu Santo llamando.

6. CARDIOMORFÓSIS: TRANSFORMACIÓN DEL CORAZÓN

La conversión no es maquillaje moral. Es cirugía interior. Es cardiomorfósis, Es cambio de corazón.

Ezequiel lo había anunciado: "Les daré un corazón nuevo" (Ez 36,26). Cristo inaugura ese cumplimiento. Pero el corazón nuevo no se impone; se pide.

En este primer domingo, la Iglesia no me pide que cambie el mundo. Me pide que entre al desierto. Que identifique mis tentaciones concretas:

¿Dónde busco pan sin Dios?

¿Dónde quiero éxito sin cruz?

¿Dónde negocio mi fidelidad?

La Cuaresma no es para analizar la conversión ajena. Es para enfrentar mi propia incoherencia con esperanza.

7. UNA DECISIÓN HOY

El demonio se retiró "hasta el tiempo oportuno" (Lc 4,13). El combate continúa. La conversión no es una victoria instantánea, sino fidelidad cotidiana.

Hoy no se me pide perfección inmediata. Se me pide decisión sincera.

La pregunta no es si necesito convertirme. La pregunta es: ¿cuándo comenzaré?

ORACIÓN

Padre Santo,

Tú que condujiste a tu Hijo al desierto para vencer por nosotros,

no permitas que huya de mi propio combate.

Señor Jesucristo,

que venciste al tentador con la fuerza de la Palabra,

enséñame a no negociar con el pecado

y a preferir tu voluntad sobre mi comodidad.

Espíritu Santo,

fuego purificador,

entra en los desiertos de mi alma,

ilumina mis autoengaños

y dame la valentía de cambiar.

Santa María, Nueva Eva obediente,

tú que dijiste "sí" cuando el mundo dijo "no",

alcánzame la gracia de una conversión real,

profunda y perseverante.

Que esta Cuaresma no pase sobre mí como una estación más,

sino como el inicio de una vida nueva.

Amén.