Inteligencia Artificial en campañas: la llave al poder.

La próxima gran transformación de la política no será ideológica ni generacional, será tecnológica

Inteligencia Artificial en campañas: la llave al poder.

La próxima gran transformación de la política no será ideológica ni generacional, será tecnológica. La inteligencia Artificial ha venido a convertirse ya no en una herramienta del futuro en la comunicación política, es ahora una realidad que está redefiniendo la forma en que los gobiernos, los partidos y las candidaturas escuchan, persuaden y movilizan a la ciudadanía.

Mientras seguimos discutiendo coaliciones, candidaturas y encuestas, hay otra campaña corriendo en silencio, es decir, la que se diseña con datos, se entrena con IA y se ejecuta en tiempo real sobre nuestros algoritmos, opiniones y tendencias digitales.

La comunicación política siempre ha tenido un objetivo central: construir vínculos entre instituciones y sociedad. Sin embargo, el impacto que trae consigo la inteligencia Artificial definitivamente cambió las reglas del juego. Ya no basta con tener un buen mensaje; ahora importa a quién le llega, en qué momento y con qué emoción.

Ahora bien, la inteligencia Artificial tiene la capacidad de leer patrones de comportamiento, identificar preocupaciones específicas y construir mensajes personalizados con una precisión que ninguna campaña tradicional había tenido. En teoría, esto podría acercar la política a la ciudadanía, hacerla más clara, más directa, más útil.

Pero vale la pena detenernos en la pregunta de fondo: ¿estamos frente a una herramienta que amplía la participación ciudadana o ante el sistema de persuasión más sofisticado que ha existido? Como ocurre con casi toda tecnología que redefine el poder, su potencial es dual. Por un lado, puede acercar la política a la gente, pero por el otro, abre la puerta a riesgos para la vida democrática de México.

El primero es la capacidad de generar contenidos falsos como los videos, audios o imágenes con apariencia completamente real, que representan una amenaza directa a la confianza pública. No se trata únicamente de desinformación tradicional, sino de una tecnología capaz de fabricar evidencia.

Todo esto, en un entorno donde cualquier declaración puede ser simulada y cualquier imagen puede ser manipulada con precisión milimétrica, la discusión pública entra en una zona de "desconfianza total", donde lo que vemos ya no podemos estar seguros si es cierto o no.

Segundo, la hipersegmentación, es decir, cuando cada persona recibe un mensaje distinto, construido específicamente para confirmar sus creencias, la conversación pública se fragmenta. El acuerdo colectivo o la suma de voluntades se debilita y la polarización surge para acrecentar las brechas de ideología política en la sociedad.

Tercero, la deshumanización de la decisión política. Los datos pueden indicar qué decir, cuándo decirlo y a quién decírselo, pero no pueden sustituir el juicio humano, el contexto social ni la responsabilidad pública. Gobernar no puede ser solamente con base en métricas y en datos, sino también con sentido humano.

El reto no es evitar la inteligencia Artificial en la comunicación política, sino construir reglas, ética y capacidades institucionales para que su aplicación fortalezca la democracia en lugar de debilitarla.

Recordemos que los próximos procesos electorales de campañas serán los que más habrán de utilizar la inteligencia Artificial como estrategia electoral en toda la historia de nuestro país.

Y ahí, la pregunta de fondo ya no será quién comunica mejor, sino quién utiliza la tecnología para informar y quién la utiliza para manipular.