Nos empeñamos en habitar un mundo de espejismos: izquierda contra derecha, mercado contra Estado, comunismo contra capitalismo. Pero la historia y la economía nos demuestran que estas divisiones absolutas no existen en la práctica. Las sociedades complejas requieren una combinación de mecanismos de mercado, intervención estatal y pluralidad ideológica.
Bajo el ruido de las consignas, en realidad late el mismo pulso: el amor por los suyos y el deseo de un mundo mejor. La derecha apuesta por la libertad como herramienta; la izquierda por la justicia como escudo. Sin embargo, en el laboratorio de la realidad, estas etiquetas se deslavan. No hay libertad sin un piso mínimo de dignidad, ni justicia que respire en el ahogo del control total. En la práctica, los principios de ambos modelos se mezclan y se confunden. Me explico: Primeramente, todas las naciones del mundo operan bajo el esquema del mercado, desde el discordante comunismo de mercado chino hasta el capitalismo "de casino" estadounidense, pasando por las economías sociales de mercado escandinavas, mal llamadas "socialismo" por la miopía estadounidense. Como bien sentenció Adam Przeworski: "La democracia es el sistema en el que los partidos pierden elecciones"; pero el mercado es donde las ideologías pierden su virginidad. El su clásico "La democracia y el mercado", Przeworski también argumenta que la democracia funciona no porque sea "justa", sino por su equilibrio de fuerzas. Por eso existen democracias extremadamente distintas.
La "utopía" de ambos extremos tiene rostros crueles: uno sacrifica la libertad en el altar de la igualdad; el otro inmola la justicia en el templo de la eficiencia. La gran ironía de nuestra era es que, en las últimas décadas, el crecimiento más feroz no brota de las democracias liberales de Estados Unidos o Europa, sino de los despachos del Partido Comunista en China y Vietnam. Mientras que la ironía de su gran éxito es que su progreso explosivo sería imposible sin la acumulación de capital (financiero, material, humano, social).
Buda predicaba que el camino medio es el mejor, pero en un mundo ferozmente polarizado y sociedades que viven en silos informativos, ese sendero parece invisible. Desde el cristianismo, Juan Pablo II, demoledor de muros, nos advirtió que la "idolatría del mercado" es tan deshumanizante como el colectivismo totalitario. El Papa Francisco, quien además denunció la crisis ambiental, señaló que una economía que excluye no es economía, es un arma: "Esa economía mata". No es una cita de Marx, sino un eco del Evangelio que recuerda que el dinero debe servir, no gobernar.
Una "derecha" sin contrapesos ha creado naciones de monopolios, estratificación social y paisajes calcinados; una "izquierda" sin frenos ha conducido a otros países al pantano de la burocracia, la fuga de capitales y la asfixia del talento. En un mundo ideal, la primera crea la riqueza, la segunda impide que esa riqueza se vuelva un privilegio de casta. El progreso no es una línea recta, es un equilibrio de tensiones.
El autoritarismo no tiene mano preferida: golpea con la diestra o con la siniestra. El verdadero abismo no separa a la izquierda de la derecha, sino a la libertad de la asfixia. En lo económico, la frontera real divide a las economías dirigidas de China y Vietnam de los modelos descentralizados de Singapur y Suiza. En lo político, el mundo es un muestrario de matices: desde la plenitud liberal de Noruega y Nueva Zelanda, pasando por las imperfecciones de EE. UU. y Brasil, hasta las grietas de autocracias híbridas como las de Turquía y El Salvador, o las autocracias cerradas de Cuba y Nicaragua. Al final, el espejo está roto: lo que en la India llaman democracia, en Canadá resultaría irreconocible. Tanto una "democracia" como una autocracia pueden ser libres y asfixiantes a la vez (tema para otro ensayo).
México ha sido todo un caso de estudio para la ciencia política. En su "Índice de Democracia", The Economist Intelligence Unit (EIU) clasifica actualmente a México como un "Régimen híbrido". Desde su informe de 2021, El EIU degradó a México de la categoría de "Democracia imperfecta". La institución cita como motivos principales la alta violencia política de los cárteles, la intervención gubernamental en las instituciones electorales (INE) y la creciente militarización del país. Por su parte, en su reporte 2024/2025, "Freedom in the World" clasifica a México como un país "Parcialmente libre", con una calificación de 59 sobre 100. Como referencia, EEUU alcanza una calificación de 84, mientras que el único país que alcanza un puntaje perfecto es Finlandia, seguido de Nueva Zelanda, Noruega y Suecia con 99 puntos.
Ningún régimen o individuo que se perpetúe en el poder, como son los casos de Cuba, Nicaragua o Venezuela en nuestro continente, puede presumir credenciales democráticas. Sólidos intelectuales de la izquierda en México, como Bartra, Castañeda y Pascoe coinciden en que estos regímenes son incompatibles con la democracia liberal y los derechos humanos. Pero cuidado: el autoritarismo, la concentración de poder y las violaciones a los derechos humanos también han vestido uniformes de derecha en nuestra historia.
Votar es apenas inaugurar el silencio de los próximos años si no hay instituciones que vigilen el ruido del poder. La "izquierda" necesita a la "derecha" para que sus sueños tengan presupuesto; la "derecha" necesita a la "izquierda" para recordar que el mercado es un gran motor, pero un pésimo guía espiritual. Son la sístole y la diástole de un mismo corazón: si uno detiene al otro, el cuerpo entero —la República— se nos muere de un infarto autoritario.
*El doctor Castro fue consejero externo para el Gobierno Mexicano y presidente de la comisión de asuntos fronterizos del Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME). Ha sido catedrático, decano y vicerrector para desarrollo internacional en Pima College de Tucson, Arizona.
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