Se repite como dogma: un Estado en donde un gran número de ciudadanos recibe subsidios, beneficios y empleos gubernamentales es, por definición, ineficiente. La terca realidad demuestra que esta premisa es falsa. Las grandes economías exigen grandes aparatos para administrar sus intereses. Por ejemplo, Estados Unidos está entre los países con mayor gasto gubernamental total por habitante. Lo crucial no es el tamaño del Estado, sino cómo un Gobierno invierte para generar bienestar o privilegios. En su libro "Salvando al capitalismo: Para la mayoría, no para unos pocos", Robert B. Reich nos recuerda que el "libre mercado" no existe en el vacío, sino que es una creación del Estado. El verdadero dilema no es cómo lograr más o menos Gobierno, sino mejor Gobierno.
Hay quienes idealizan la eficiencia y prosperidad estadounidense ignorando sus grietas. Pero, ¿qué es la "eficiencia"? Entre la avaricia desregulada y el estatismo absoluto, entre el capitalismo de casino y el totalitarismo, la prosperidad habita en el "justo medio": mercados vigorosos blindados por inversión social. Aquí surge el debate sobre la socialdemocracia, o socialismo europeo, la corriente ideológica más influyente en la formación de Europa occidental y la fuerza política dominante en Escandinavia durante el último siglo. En la órbita estadounidense, la Guerra Fría convirtió el término "socialismo" en una "herejía" que sigue vigente, aunque con frecuencia gana elecciones y gobierna democracias europeas.
Lo constaté cuando estudié en los Países Bajos, donde la educación y la salud no eran mercancías, sino derechos ciudadanos. Entonces, la educación no solo era gratuita para los holandeses, sino que además recibían una generosa mensualidad. Incluso como estudiante extranjero, bastaba mi credencial universitaria para recibir atención médica gratuita. Hoy, los países nórdicos (Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega, Suecia) ofrecen la red de seguridad social más extensa del planeta. Mientras tanto, Estados Unidos, que financia a sus jóvenes mediante préstamos, enfrenta una crisis nacional donde una deuda estudiantil impagable, producto del sistema y no de los estudiantes, impide progresar a toda una generación de profesionistas. En mi caso, necesité 20 años para saldar mis préstamos de posgrado, mientras que el estadounidense promedio tarda 23 años.
El drama es mayor en la salud. EE.UU. es el único país desarrollado con un sistema sanitario privatizado y, aunque gasta más por habitante que cualquier otra nación, tiene la menor expectativa de vida del mundo industrializado. Aquí, una enfermedad es negocio jugoso para las aseguradoras; en Europa, un riesgo social compartido. Las deudas médicas, principal motor de bancarrotas en EE.UU., son inexistentes en el modelo nórdico. El sistema empuja cada año a millares de estadounidenses a la quiebra, forzando incluso a muchos ancianos al cruel "divorcio médico" como única salida legal para salvar su patrimonio cuando uno enferma.
El modelo nórdico prioriza también la salud familiar. Suecia apoya a sus familias con 480 días de licencia parental remunerada por hijo; Noruega permite a las parejas compartir casi un año entero de licencia con salario completo, mientras Dinamarca otorga una prestación económica periódica por cada hijo. Prácticamente el 100% de los ciudadanos en las democracias nórdicas recibe dividendos sociales. Otras economías lo replican: Francia legalizó la semana laboral de 35 horas; Bélgica protege salarios y pensiones ajustándolos automáticamente a la inflación. Y fuera de Europa, economías exitosas como Japón o Nueva Zelanda poseen formidables redes de bienestar, superando a Occidente en seguridad, longevidad y, sobre todo, en la facilidad para desarrollar negocios.
La ultraderecha estadounidense etiqueta a estos sistemas como "socialistas", pero la realidad aplasta al dogma. Según las métricas mundiales, Finlandia y Dinamarca son los países más felices del mundo, mientras que EE.UU. ocupa el puesto 23. Dinamarca es el país menos corrupto; EE.UU. es el 24. Noruega lidera el Índice de Democracia, mientras EE.UU. ocupa el lugar 29. Son capitalismos donde el Estado no estorba al mercado; lo hacen posible. Corporaciones colosales, como la finlandesa NOKIA, el consorcio aeroespacial europeo Airbus o el gigante holandés de semiconductores ASML, devoraron mercados globales gracias al financiamiento, la investigación y la planeación del Estado.
La palabra "socialismo" suele ser una ficción en la mente de quienes la idolatran o la escupen. Estados Unidos sataniza el Estado de Bienestar europeo, pero practica un intervencionismo corporativo monumental. En 2008, Washington "socializó" las pérdidas de Wall Street, inyectándole 700 mil millones de dólares, el doble del presupuesto total del Gobierno mexicano de aquel año, para salvar al capital privado. EE.UU. es un "libre mercado" de saliva que subsidia su agricultura con 30 mil millones anuales para protegerlo de la competencia global, mientras la "socialista" Suecia rechaza fijar un salario mínimo, dejando que empresas y trabajadores lo negocien libremente.
En América Latina, el término "socialismo" carga con el lastre de las dictaduras fallidas de "izquierda" y los fantasmas de la Guerra Fría que justificaron las dictaduras de "derecha", pero "capitalismo" significa cosas diferentes en distintos países. La herejía europea no fue abandonar el mercado, sino domesticarlo. Siguiendo la lógica de Reich, se trata de salvar al capitalismo de sus propios excesos. Sin embargo, para alcanzar el bienestar, primero es imperativo generar riqueza. Y eso exige un sector empresarial dinámico, una criminalidad mínima, un combate implacable a la corrupción y un sistema judicial sólido. La economía "con rostro humano" que prometen muchos políticos es irrealizable si el Estado es incapaz de garantizar la vida, si la ley se vende al mejor postor y si el Gobierno mismo forma parte de las redes de corrupción.
El doctor Castro fue consejero externo para el Gobierno Mexicano y presidente de la comisión de asuntos fronterizos del Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME). Ha sido catedrático, decano y vicerrector para desarrollo internacional en Pima College de Tucson, Arizona.




