Víctima de una larga enfermedad, el pasado jueves 8 de abril murió en la Ciudad de México, el maestro de maestros: Enrique Ávila Carrillo.
Enrique era mi camarada y amigo.
El Vikingo, como así le llamábamos cariñosamente sus amigos, fue un extraordinario combatiente por la democracia sindical; catedrático de la Benemérita Escuela Normal Superior de México; fundador de la Coordinadora Nacional de los Trabajadores de la Educación (CNTE); militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y forjador de generaciones de profesores de Historia, a quienes siempre inculcó los valores humanos, enseñó el conocimiento científico y señaló el camino libertario.
Enrique era mi maestro, camarada y amigo personal, al que siempre admiré por su inteligencia, valentía y arrojo. A él le debo el haber caminado por la senda de la lucha de clases, la liberación de los trabajadores y mi inclinación por el estudio de las Ciencias Sociales. Por igual, el haber comprendido con suficiente claridad el camino de la redención de la clase trabajadora.
¡Honor y gloria para el maestro de maestros, Enrique Ávila Carrillo!
Su legado está en los libros, en las aulas, en los auditorios, en las calles y plazas que todavía escuchan nuestro grito libertario. Cuando un amigo se va, duele el alma. Brotan los recuerdos, y más si son hombres que luchan toda la vida; más, si son seres humanos probos e íntegros hechos de una sola pieza; más, si son hombres y maestros verdaderos que enseñan con el ejemplo.
Desde el Valle del Yaqui, Sonora, te saludamos los viejos maestros democráticos que tuvimos la fortuna de conocerte y tratarte de cerca; de escuchar tu voz convincente y abrevar en el conocimiento científico de la historia que bien conocías y dominabas como ninguno. Y, a la vez, conocer tu humildad y sencillez de un verdadero ser humano.
Muchos compañeros y compañeras escuchamos tu voz recia que convencía en las conferencias y en la asamblea, del carácter que fuesen; en los congresos y mítines multitudinarios tan propios de nosotros. Hoy, en tu partida al infinito, tus camaradas te saludamos fraternalmente. Nos ponemos de pie y levantamos el puño izquierdo endurecido, tal y como lo hicimos cientos de veces en las asambleas nacionales y estatales que organizamos y presidimos juntos al lado de una pléyade de maestros democráticos del país que nos forjamos como el acero. Jamás tuvimos miedo al Estado represor.
Te saludo, Enrique, junto con mi familia que tanto aprecio te tiene y tendrá siempre por tu carácter afable y, sobre todo, por haber demostrado ser un amigo sincero. En nombre de ellos y de tus camaradas sonorenses y bajacalifornianos, te decimos a grito abierto: ¡Descansa en paz, camarada!
Ve al infinito donde moran y descansan, entre otros, nuestros maestros y camaradas: Misael Núñez Acosta, El Alba, Rafael Torres y Jorgito, como así le decías a mi hermano.
Te abraza fraternalmente, tu camarada, amigo y hermano, Miguel Ángel Castro Cosío.




