José Veuster, nacido el 3 de enero en una pequeña finca de Tremeloo, Bélgica. Pocos imaginaban que ese hijo de campesinos terminaría siendo uno de los santos más queridos del mundo. Al entrar a la congregación de los Padres de los Sagrados Corazones, adoptó el nombre de Damián y, movido por un profundo deseo misionero, pidió ir a las remotas islas de Hawái. Llegó en 1864 y fue ordenado sacerdote en Honolulu apenas dos meses después. Su primera misión: atender una parroquia enorme, árida y volcánica, donde no había iglesia ni recursos. Pero eso no lo detuvo. Construyó con sus propias manos y se ganó el respeto de los nativos.
¿Cómo enfrentó el padre Damián la epidemia de lepra en Molokai?
Luego vino la tormenta. Una epidemia de lepra azotó Hawái y el pánico se desbordó. El rey ordenó aislar a todos los enfermos en una colonia forzosa en la isla de Molokai. Separados de sus familias para siempre, los leprosos eran arrojados a ese lugar con apenas algo de comida, sin leyes, sin médicos y sin alma. La violencia, el alcoholismo y la desesperación eran el pan de cada día. Los perros salvajes devoraban los cuerpos de los muertos. Muchos lo llamaban el infierno en la tierra.
El obispo sabía que debía mandar un sacerdote, pero también sabía que quien fuera no volvería jamás. Y casi con seguridad, terminaría contrayendo la enfermedad. Fue entonces cuando el padre Damián dio un paso al frente. Sin dudarlo, abordó el barco junto a 50 leprosos. Al llegar, lo recibió un paisaje desolador. Su primera noche la pasó arrodillado en una capilla de madera podrida, limpiándola mientras escuchaba a lo lejos borrachos riendo, moribundos llorando y aullidos escalofriantes.
Con el paso de los años, y utilizando únicamente el poder del amor y la fe, transformó esa colonia. Construyó una iglesia a la que llamó Santa Filomena, levantó un hospital, escuelas, viviendas y una enfermería. Atendía heridas, consolaba moribundos, bautizaba y enterraba. Poco a poco, aquel infierno se convirtió en una comunidad ejemplar, donde la gente volvió a tener esperanza.
Legado y reconocimiento de San Damián de Molokai
En 1885, cuando tenía 49 años, Damián contrajo la lepra. Su cuerpo comenzó a deformarse, pero se negó rotundamente a irse. Sus palabras se volvieron legendarias: "Si me dieran la posibilidad de salir de aquí curado, respondería sin dudar: me quedo para toda la vida con mis leprosos". Siguió trabajando hasta el final, con el rostro desfigurado y las manos mutiladas, pero con el alma intacta. A su hermano le escribió: "Me creo el misionero más feliz del mundo".
Murió el 15 de abril de 1889 y fue enterrado junto a su iglesia en Molokai. No faltaron críticas ni acusaciones mezquinas después de su muerte, pero su santidad brilló más fuerte que cualquier calumnia. Incluso Robert Louis Stevenson, presbiteriano, escribió una defensa apasionada de su vida. En 1936, sus restos fueron llevados a Bélgica con honores de reyes y multitudes. Una estatua suya representa a Hawái en el Capitolio de Estados Unidos. Y en 2005, los belgas lo eligieron como el más grande de todos los tiempos. Fue beatificado por Juan Pablo II en 1995 y hoy es recordado como San Damián de Molokai: el hombre que, por amor, descendió al infierno y lo convirtió en un lugar de luz.




