Santa María, en la espera de Pentecostés

Mientras los discípulos todavía luchaban con el miedo y las heridas de la pasión, María permanecía firme en la fe

Santa María, en la espera de Pentecostés

Entre la Ascensión del Señor, que celebramos este domingo y Pentecostés existe un momento profundamente significativo que a veces pasa desapercibido: la espera. Jesús asciende al Padre, pero antes deja una instrucción clara a sus discípulos: "Permanezcan en la ciudad hasta que sean revestidos de la fuerza de lo alto" (Lc 24,49).

Los apóstoles no debían correr inmediatamente a transformar el mundo. Antes tenían que aprender a esperar, orar y disponerse interiormente para recibir la Promesa del Padre, el Espíritu Santo. El libro de los Hechos narra que, después de la Ascensión, regresaron a Jerusalén y "todos ellos perseveraban unánimes en la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos." (Hch 1,14).

Y en medio de aquella primera novena de la historia cristiana, aparece una presencia silenciosa, pero central: María, la madre de Jesús.

No es un detalle secundario. La Iglesia naciente ora alrededor de ella. Mientras los discípulos todavía luchaban con el miedo y las heridas de la pasión, María permanecía firme en la fe. Ella ya conocía profundamente la acción del Espíritu Santo, había aprendido a vivir guardando todo en su corazón (cfr. Lc 2,19).

LA MUJER QUE SOSTUVO LA ESPERANZA

Casi al final de la exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, San Pablo VI presenta una imagen profundamente hermosa de María en los días previos a Pentecostés. En el número 82 afirma que ella "fue la que con sus oraciones ayudó al comienzo de la evangelización bajo la acción del Espíritu Santo".

¡Qué escena tan impresionante!, la Madre alentando espiritualmente a los apóstoles mientras esperaban el fuego de Dios. Años más tarde, San Juan Pablo II retomaría esa misma imagen en Redemptoris Mater, al describir a María "presente en medio de los discípulos como Madre del Señor glorificado y como Madre de la Iglesia naciente".

María no busca protagonismo. Su misión siempre es conducir hacia Cristo. Ella acompaña, sostiene y prepara los corazones. Mientras los discípulos perseveraban "asiduos y concordes en la oración", la presencia materna de María fortalecía silenciosamente la esperanza de aquella Iglesia que aún esperaba la plenitud de Pentecostés. Y cuando finalmente el Espíritu Santo desciende sobre la Iglesia, María discretamente cede el paso a Pedro, quien se levanta para anunciar públicamente el Evangelio (Hch 2,14).

En esto también se revela su grandeza. María sabe permanecer cuando hay que sostener y sabe retirarse cuando hay que dejar actuar la misión de la Iglesia. Y quizá no podía ser de otra manera: de todos los presentes en el Cenáculo, solamente María conocía ya, desde dentro, la experiencia profunda del Espíritu Santo. Desde la Anunciación —cuando el Arcángel San Gabriel le anunció que "el Espíritu Santo vendrá sobre ti" (cf. Lc 1,35)— ella había aprendido a vivir en docilidad, silencio y abandono a la acción de Dios.

Por eso, pensar en nueve días perseverando en oración y esperando el alba de Pentecostés habría sido casi imposible para unos apóstoles que, apenas semanas antes, en el huerto de los Olivos, no habían podido velar ni siquiera una hora junto al Señor (cf. Mt 26,40). María, en cambio, permanecía firme. Su fe sostenía la esperanza de aquella Iglesia naciente mientras aguardaban juntos el fuego prometido del Espíritu Santo.

LA IMPORTANCIA DE UNA FE EXPECTANTE

Quizá uno de los problemas espirituales más grandes de nuestro tiempo es que hemos perdido la capacidad de esperar en Dios. Vivimos acelerados, saturados de información y acostumbrados a la inmediatez.

Sin embargo, Pentecostés nació de una espera creyente.

Los discípulos no sabían exactamente cómo vendría el Espíritu Santo, pero permanecieron orando con un corazón expectante. Había en ellos una esperanza vigilante, una fe abierta a la sorpresa de Dios, animados por María Madre.

Prepararse para Pentecostés, no consiste solamente en rezar una novena de manera mecánica. Implica abrir el corazón y volver a despertar el deseo de Dios. El Espíritu Santo sigue viniendo sobre quienes tienen hambre espiritual.

Un corazón expectante todavía cree que Dios puede sanar heridas, renovar familias, devolver esperanza y reavivar una fe apagada.

FÁTIMA Y EL CORAZÓN AGRADECIDO

En estos días también resuena el mensaje del Santuario de Fátima. Las apariciones de Fátima recuerdan el llamado a la conversión, a la oración y a la reparación al Corazón Inmaculado de María.

Quizá uno de los agravios más dolorosos contra ese corazón inmaculado es la ingratitud. Un corazón que deja de agradecer termina endureciéndose espiritualmente.

La Virgen no pide protagonismo para sí misma; pide que volvamos a Dios. Su corazón materno siempre conduce hacia Cristo.

Preparar Pentecostés implica también purificar el corazón del resentimiento, de la indiferencia y de la soberbia. El Espíritu Santo encuentra espacio en los corazones humildes y abiertos.

MARÍA MADRE Y MAESTRA

En esta semana también celebramos el Día del Maestro. Y María aparece nuevamente como modelo extraordinario de enseñanza, no desde el poder ni desde el discurso, sino desde el ejemplo.

Toda verdadera educación termina tocando el corazón. Los grandes maestros no solamente transmiten conocimientos; ayudan a formar almas e inspiran esperanza.

María sigue siendo Madre y Maestra de la vida espiritual.

Quizá la gran pregunta en esta novena previa a Pentecostés sea si realmente estamos esperando al Espíritu Santo o solamente repetimos oraciones sin expectativa interior.

Pentecostés no fue solamente un acontecimiento del pasado. El Espíritu Santo sigue descendiendo sobre los corazones que oran, esperan y se abren a Dios junto con María.

INVITACIÓN

Te invito a que el próximo sábado 23 de mayo, de 8:30 de la mañana, a 12 de medio día nos acompañes a un evento que se le llama: "Guadalupanízate", nos consagraremos a ella, reflexionaremos con un par de temas, el primero lo compartiré, con el título "Santa María de Guadalupe, forjadora de testigos"; después el tema de monseñor Eduardo Chávez teólogo magistral guadalupano, postulador de la causa de canonización de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, vidente de la Santísima Virgen de Guadalupe. Conmemoraremos, la experiencia de la fe en México, de hace cien años, al grito de "¡Viva Cristo Rey y la Santísima Virgen de Guadalupe!".

ORACIÓN FINAL

Santa María, mujer del Cenáculo y Madre de la Iglesia, enséñanos a esperar al Espíritu Santo con un corazón abierto y disponible a Dios.

Como tú, queremos perseverar en la oración y vivir con una fe expectante.

Intercede por nosotros para que el Espíritu Santo renueve nuestra vida, sane nuestras heridas y encienda nuevamente el fuego del amor de Cristo en nuestro corazón.

Y que, por tu maternal compañía, suceda en nosotros una verdadera cardiomorfósis, una transformación profunda del corazón hasta llegar a tener los sentimientos de Cristo.

Amén.