Desde el Senado respaldamos y reconocemos la decisión del Gobierno de mantener vigente el calendario escolar aprobado para este año, no solo por lo que significa para la agenda estable de las familias, sino porque tan solo en la Ciudad de México, donde se cuenta con el mayor número es escuelas públicas y privadas, solo dos de cada cien jóvenes tienen educación superior, según cifras del Inegi del año pasado. Falta avanzar y mucho.
De acuerdo a la medición del Instituto, los índices de escolaridad registrados muestran que 60 de cada 100 personas jóvenes contaban con educación media superior, 37 tienen educación básica, dos tiene educación superior y el resto carecen de escolaridad.
La idea de adelantar el calendario escolar es reveladora, sobre todo a la luz del razonamiento expuesto por Mario Delgado, secretario de Educación, de que julio es un mes perdido porque prácticamente no se hace nada.
Esto abre una ventana de oportunidad. Debemos repensar la necesidad de volver la mirada a los principios que dieron origen al Sistema Educativo Nacional y que, justo hoy, resuenan nuevamente en el Humanismo Mexicano, en el legado de Vasconcelos y de aquellos que, como Best Maugard, pusieron sobre la mesa la imperiosa necesidad de suscribir un diálogo multicultural absolutamente inclusivo.
Un mes es una oportunidad extraordinaria para trabajar en territorio como esos primeros maestros que, antes de los libros de texto, tuvieron como referente el alfabeto del arte, nacido de los símbolos y las formas del arte popular mexicano. Un proyecto de educación que se anticipó en América a la construcción de una educación pluriétnica, multicultural y en todo sentido humanista.
Hoy sabemos que la innovación tiene nuevos significados, nuevos modelos que cada día se alejan más de las narrativas e imágenes que conciben el futuro desde la sofisticación de las tecnologías, los soportes electrónicos y los recursos digitales en las aulas.
Hoy, frente al caos que las asimetrías sociales han traído al mundo, la educación de las generaciones presentes y futuras exige un compromiso con el pasado, con la reincorporación de los saberes fundamentales, con la vuelta al origen donde reside nuestra riqueza más profunda como sociedad: el patrimonio multicultural y pluriétnico de México.




