Que sea un orgullo ser regidor

En política, y más en México, pocas discusiones conectan tanto con los ciudadanos como aquellas que hablan de reducir privilegios

Que sea un orgullo ser regidor

En política, y más en México, pocas discusiones conectan tanto con los ciudadanos como aquellas que hablan de reducir privilegios. Cuando un gobernante se pone de pie frente a una multitud con mensajes como “menos gasto”, “menos privilegios”, “menos políticos” o “más apoyos”, suena increíble: el verdadero paraíso prometido para nosotros, el pueblo.

Sin embargo, el sueño para México, desafortunadamente, ha quedado ahí, en un sueño. Y justo ahí es donde ahora llega el llamado “Plan B” de la Reforma Electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum, con una narrativa clara: menos privilegios y más participación.

Dentro de esta propuesta, ha comenzado a tomar fuerza una idea que ya ha tenido varios ecos en lo local: reducir el número de regidores en los ayuntamientos y sus compensaciones. La idea es simple pero contundentemente clara: hacer más eficiente el Gobierno, disminuir costos y responder a una exigencia ciudadana que durante años ha acrecentado las brechas de confianza del ciudadano promedio con su Gobierno; es decir, el desconocimiento del ciudadano hacia sus representantes en su propio Municipio.

Pero quizá la conversación no debería quedarse solo en cuántos cargos hay, sino en qué tan valiosos son. Porque es fácil ganar el debate al decir que hay que reducir cargos públicos, pero caemos en el riesgo de tener una solución parcial sin transformar el fondo de la situación.

El “Plan B” de la presidenta abre una oportunidad importante para replantear la política desde la eficiencia y la cercanía con la ciudadanía. Sin embargo, también plantea un reto de fondo: evitar que la discusión se limite a recortar espacios y no a “entrarle al toro por los cuernos” para mejorar la calidad y dignificar el servicio público.

En el caso de los regidores, el problema no siempre ha sido su existencia, sino la percepción que se ha construido alrededor del cargo. Durante años, hasta décadas me atrevería a decir, para una parte de la ciudadanía la figura del regidor ha estado asociada al desconocimiento: “no trabajan”, “no existen”, “no representan un peso importante en las decisiones del Municipio”, “son los más privilegiados de la política”, entre otras ideas más.

¡Cuando debería ser todo lo contrario! En mi criterio, veo mucho potencial en la figura del regidor porque, en el diseño institucional que implica el Ayuntamiento, el regidor no es un actor menor. Es parte del Gobierno Municipal; incluso deberíamos considerarlo como el primer nivel de contacto con la ciudadanía, el espacio donde se toman decisiones que afectan la vida diaria: servicios públicos, reglamentos, desarrollo urbano y presupuesto local, entre otros.

En pocas palabras, el Municipio no funcionaría sin ellos. Por eso, la pregunta de fondo no es únicamente si deben ser menos, sino cómo logramos que sean mejores. Reducir el número de regidores puede generar ahorros y enviar una señal clara de austeridad en los municipios, lo cual es positivo; sin embargo, también puede implicar menor representación, menor pluralidad y una mayor concentración de decisiones en pocas manos.

Por eso, estoy de acuerdo en su mayoría con el “Plan B” de la presidenta; sin embargo, considero que puede aprovecharse esta iniciativa de modificaciones constitucionales para también reivindicar el cargo. Con dignificar me refiero a mejorar los perfiles que llegan, elevar los estándares de desempeño, fortalecer los mecanismos de rendición de cuentas, establecer procesos más transparentes y sencillos para la gestión de recursos y obras por parte del regidor y, sobre todo, recuperar el sentido de servicio público.

En conclusión, la política mexicana necesita menos privilegios, sí, pero también necesita más profesionalización en sus funcionarios, más cercanía y más resultados. Si la discusión se queda únicamente en el recorte, el impacto será limitado. No niego que quizás esta iniciativa sea el primer gran paso para lograr el México que soñamos y, de ser así, los pasos por venir serán una oportunidad para fortalecer y hacer más eficientes los gobiernos municipales, así como para reconstruir la confianza ciudadana.

Pero como toda buena idea en política, su valor real no estará en cómo se comunica, sino en cómo se implementa. Porque al final, el reto no es solo tener menos regidores; es lograr que, cuando alguien diga que es regidor o regidora, no genere duda, sino orgullo, tanto en la persona que ostenta el cargo como en sus ciudadanos.