Presencias difíciles de olvidar

Hace unos días concluyó la Feria del Libro en el Palacio de Minería en la que Sonora fue invitada de honor

Presencias difíciles de olvidar

Luego de que algo así como setenta mil asistentes recorrieran los abarrotados pasillos de la antigua Escuela Imperial de Minas durante el tiempo del Segundo Imperio, cuando el fabuloso palacio diseñado por Manuel Tolosá fue despreciado como residencia oficial por los Habsburgo, debido a lo ruidoso de su entorno. Por suerte los modernos amantes de la cultura en la capital del país son menos quisquillosos que la imperial pareja, a la hora de congregarse al banquete cultural coordinado por vez primera por la escritora Mercedes Alvarado.

Y como suele suceder tras este tipo de eventos, las cuentas son rápidamente calculadas, juzgadas y valoradas, a fin de contar con indicadores preliminares que de alguna manera resumen lo acontecido, al menos desde la frialdad de la cifra.

El éxito de la Feria es innegable, aun cuando se reporta una disminución en cuanto a la asistencia de visitantes con respecto a la edición anterior de la FILPM, en la que acudieron más de 83 mil personas (una diferencia considerable de diez mil asistentes). Para el pabellón Sonora las cifras no son nada despreciables, pues se reporta que recibió aproximadamente 15 mil visitantes, participando en las múltiples actividades coordinadas por la responsable del Instituto Sonorense de Cultura, Beatriz Aldaco, quien, junto a su equipo de trabajo, invitó a más de doscientos corazones entusiastas de la letra impresa para mantener en actividad el espacio sonorense. Mientras que, en términos económicos, la venta de ejemplares impresos alcanzó el millar de unidades.

Es seguro que el gozo experiencial de las almas que pasaron por el pabellón, es difícilmente transmutable en indicadores de eficiencia para quienes toman las decisiones en las instituciones involucradas. Pero cuando se observa atentamente la interacción entre sus asistentes, se nota pronto que: las sesudas conversaciones bizantinas sobre los grandes problemas nacionales, los pequeños frasquitos de bacanora obsequiados en la presentación de algún libro, y la lectura de la obra de una centenaria Armida de la Vara, una sonorense que entendió la vida como un tejido de presencias; serán momentos de difícil amnesia para quienes fuimos testigos.

Estas fiestas de presencia cultural que permanecen en la memoria no son nuevas, pues hace poco más de ochenta años (en 1944), la maestra Enriqueta de Parodi, pionera en la promoción editorial en Sonora, con apoyo del gobernador Abelardo L. Rodríguez, aceptó la invitación del Departamento del Distrito Federal para llevar a la capital del país un poco de la literatura escrita en Sonora, durante la tercera Feria del Libro de la Ciudad de México, la cual se instaló frente al Monumento a la Revolución con la participación de más de cien editoriales del país.

El fotógrafo alemán John Gutmann inmortalizó con su cámara algunas de estas celebraciones del libro de la década de los cuarenta, y si uno tiene la ociosidad de comparar ambas ferias (aun cuando son notables las diferencias), es evidente que quienes asisten en el presente como quienes asistían hace más de ochenta años a estos eventos, lo han hecho participando de uno de los más sublimes gozos de un alma lectora, lo que por lo menos desde mi perspectiva es muestra innegable de que la maestra de la Vara estaba en lo correcto cuando pensaba el mundo como un tejido atemporal de presencias.