Cuando el cielo se desploma: Los migrantes del fuego

"Fabrican el terror a precios de mercado y luego declaran... que sus aduanas están cerradas para los huérfanos y viudas que ese mismo terror produjo"

Cuando el cielo se desploma: Los migrantes del fuego

En los pasillos saturados de un hospital en el norte de Gaza, una madre humedece un marcador de tinta negra y, con pulso tembloroso, escribe el nombre de su hijo sobre la pantorrilla del niño. Es el tatuaje del espanto en una tierra donde el cielo escupe fuego sin previo aviso y la piel se ha convertido en el último documento de identidad. Si el techo colapsa esta noche, esa caligrafía apresurada será la única diferencia entre el derecho sagrado a ser llorado con un nombre propio o ser arrojado al abismo estadístico de una fosa común.

La migración contemporánea no es solo el exilio del estómago vacío; es, con frecuencia, la fuga desesperada frente al plomo. En Gaza, huir ha dejado de ser una aspiración para convertirse en un imperativo biológico inalcanzable. Hablamos de una franja de tierra donde el 90 por ciento de la población, unos 1.9 millones de seres humanos, ha sido empujada fuera de sus hogares en un ciclo perpetuo y aterrador de desplazamiento. Las cifras de la orfandad esconden abismos insondables: al menos 17 mil niños deambulan hoy por las ruinas, no acompañados o separados violentamente de sus padres. Son diecisiete mil universos huérfanos, islas de soledad en medio de un mar de escombros.

Esta trituradora de familias no admite compasión ni clemencia; ejecuta su crueldad con deshumanización sistemática en cualquier lugar donde emerjan sus tentáculos de odio y codicia. En Ucrania, el conflicto partió en dos el núcleo social, forzando a los hombres a anclarse a las trincheras bajo la ley marcial, mientras las mujeres y los niños fueron empujados a la brutal intemperie para salvar la vida. Como resultado de estas separaciones forzosas, 5.9 millones de personas deambulan por el mundo como refugiados, y otros 3.7 millones sobreviven como desplazados internos en su propio país. El dolor es universal, pero la escala siempre encuentra formas de superarse a sí misma: en Sudán, el conflicto ha engendrado la mayor crisis de desplazamiento del planeta, desarraigando a más de 15 millones de personas desde abril de 2023. Hoy, uno de cada tres sudaneses ha sido arrancado violentamente de su hogar.

Pero la brutalidad de la guerra alcanza su clímax de cinismo cuando observamos a quienes ya padecían bajo el yugo de una tiranía, solo para encontrar la muerte lloviendo desde un cielo supuestamente civilizador. La tragedia actual en Irán nos exige mirar de frente esta atrocidad. El 28 de febrero, primer día de la ofensiva estadounidense-israelí contra Irán, un ataque aéreo pulverizó una escuela primaria femenina en la ciudad de Minab. La masacre aniquiló entre 168 y 180 vidas, la gran mayoría niñas de entre siete y doce años de edad, junto a sus maestras y a la directora del plantel.

La inmoralidad y magnitud de la barbarie es difícil de asimilar en los noticieros estadounidenses que convierten la noticia en entretenimiento. Entre música de acción y fragmentos de los peores bodrios de violencia hollywoodense, la propaganda trumpista muestra bombardeos reales de su "Operación Furia Épica", un título que confunde la obscenidad con la gloria. Los testimonios documentan la crueldad de un ataque continuado: tras un primer impacto, los sobrevivientes se refugiaron en la sala de oración del colegio mientras las autoridades escolares llamaban frenéticamente a los padres para que recogieran a sus hijas. Un segundo misil incineró la esperanza.

El medio británico Middle East Eye documentó cómo el padre de una niña incinerada en la sala de oración lloraba su tragedia: "mi pequeña estaba totalmente quemada. No quedó nada de ella. Sólo pudimos identificarla por su mochila, que aún abrazaba ... Cuando veía su sonrisa al llegar a casa, mi dolor desaparecía. Ahora no sé qué hacer con este dolor. Cómo seguir viviendo." Es la perversidad más criminal de nuestro tiempo: un pueblo que ya sufría la asfixia de la represión interna es ahora asesinado en sus propias aulas por misiles de "alta precisión" en defensa de la "libertad".

Aquí reside la hipocresía monumental del orden global, el núcleo podrido de la política moderna. Los mismos centros de poder industrial que fabrican la metralla, que diseñan los misiles guiados y que toleran las masacres de inocentes escudados en el cálculo gélido de los "daños colaterales", son los que luego levantan muros de acero y despliegan flotas en el Mediterráneo para repeler a quienes sobreviven. Fabrican el terror a precios de mercado y luego declaran, con impecable traje, que sus aduanas están cerradas para los huérfanos y viudas que ese mismo terror produjo.

La separación forzosa es la amputación más profunda de la familia. El desgarro no termina cuando estos migrantes forzados logran esquivar los misiles o sobrevivir a la travesía en una balsa a la deriva; el exilio es una condena crónica, ya sea cruzando fronteras o huyendo dentro del propio país. Al final, la verdadera línea divisoria del mundo no está trazada en los mapas de aduanas, sino en la abismal distancia moral que existe entre una madre que escribe el nombre de su hijo en la piel por miedo a que un misil "libertador" lo borre del mundo, y los estrategas que, desde la asepsia de sus despachos, firman las órdenes que los vuelven ceniza.

El Dr. Castro fue consejero externo para el Gobierno Mexicano y presidente de la comisión de asuntos fronterizos del Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME). Ha sido catedrático, decano y vicerrector para desarrollo internacional en Pima College de Tucson, Arizona.

rikkcs@gmail.com