Hay personas capaces de ganar una discusión y, al mismo tiempo, perder un corazón. Jesús hacía exactamente lo contrario. Conquistaba el corazón para conducirlo a la verdad. Nunca rebajó las exigencias del Evangelio, pero tampoco imponía la verdad por la fuerza. Conocía profundamente el alma humana y sabía cómo sembrar la Palabra para que diera fruto.
Al recorrer los Evangelios descubrimos que enseñó mediante preguntas, milagros, diálogos, signos y comparaciones tomadas de la vida cotidiana. Sin embargo, hubo un recurso que ocupó un lugar privilegiado en su predicación: las parábolas.
Después de narrar la parábola del sembrador, los discípulos le preguntaron:
«¿POR QUÉ LES HABLAS EN PARÁBOLAS?» (MT 13,10)
La respuesta del Señor puede parecernos desconcertante. Habla de quienes "viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden" (Mt 13,13), citando al profeta Isaías para describir un corazón endurecido.
A primera vista podría pensarse que Jesús utilizaba las parábolas para ocultar la verdad. Sin embargo, una lectura completa del Evangelio nos lleva a una conclusión distinta. Las parábolas revelan el Reino a quien busca sinceramente a Dios y, al mismo tiempo, ponen al descubierto la resistencia de quien no quiere abrirse a su gracia. No es Dios quien endurece el corazón; somos nosotros quienes podemos cerrarlo libremente.
El Catecismo de la Iglesia Católica resume esta enseñanza afirmando que Jesús invita a entrar en el Reino mediante las parábolas y que estas exigen una decisión concreta. Las palabras no bastan; hacen falta obras (CEC 546).
¿POR QUÉ UNA PARÁBOLA TIENE TANTA FUERZA?
Sencillamente porque una historia puede llegar donde muchas veces un discurso no alcanza.
Cuando alguien se siente acusado, suele levantar defensas. Cuando se siente juzgado, busca justificarse. En cambio, una historia baja esas barreras. Poco a poco uno comienza a identificarse con los personajes y descubre, casi sin darse cuenta, que el relató también habla de su propia vida.
A lo largo de casi cuarenta años de servicio en la predicación, el Señor me ha permitido escuchar a innumerables sacerdotes, catequistas, misioneros y evangelizadores. También me ha concedido el privilegio de anunciar el Evangelio en retiros, misiones y espacios de formación. Si algo he aprendido en todo este tiempo es que las personas rara vez cambian porque alguien les ganó un argumento. En cambio, he visto corazones abrirse cuando una parábola les permitió verse reflejados en ella. En ese momento dejan de dialogar con el predicador y comienzan a dialogar con Dios.
Hay algo que sigue sorprendiéndome. Pocas personas recuerdan el esquema completo de una predicación o todos sus puntos. Sin embargo, no es raro que, meses o incluso años después, alguien se acerque para decirme: "Aquella parábola me cambió la vida", o "esa historia me hizo descubrir que Jesús estaba hablándome a mí". Entonces vuelvo a maravillarme de la sabiduría pedagógica del Maestro.
Esa experiencia también la he vivido personalmente. Más de una vez he llevado una parábola a la adoración eucarística convencido de que ya la entendía. Pero, en el silencio ante el Santísimo, descubro que el personaje de la historia soy yo. Lo que parecía una enseñanza conocida termina convirtiéndose en una llamada muy concreta a la conversión. Así actúa la Palabra de Dios. Nunca deja de hablar al corazón que permanece dispuesto a escuchar.
Eso ocurrió con el hijo pródigo, con el buen samaritano, con el sembrador, con el rico insensato y con tantas otras parábolas. Jesús no imponía la conversión; la despertaba.
Las parábolas respetan profundamente la libertad humana.
No obligan, no manipulan ni humillan. Invitan, interpelan y esperan pacientemente una respuesta. Tal vez por eso siguen conmoviendo corazones dos mil años después.
La verdadera pregunta que deja una parábola no es "¿Qué significa esta historia?", sino "¿Quién soy yo dentro de esta historia?".
¿Soy el hijo que regresa al Padre o el hermano mayor que no sabe perdonar?, ¿el buen samaritano que se detiene o el sacerdote y el levita que pasan de largo?, ¿el terreno pedregoso, los espinos o la tierra buena donde la Palabra puede dar fruto?, ¿el trigo que permanece fiel al Señor o permito que la cizaña del orgullo, del resentimiento o del pecado crezca en mi corazón?, ¿he descubierto el tesoro escondido por el que vale la pena dejarlo todo?, ¿reconozco el Reino de Dios como la perla de gran valor?, ¿me parezco al siervo despiadado o al padre misericordioso que siempre espera con los brazos abiertos?, ¿soy el publicano que reconoce humildemente su pecado o el fariseo que se cree justo y desprecia a los demás?
Al final, cada parábola deja de ser una historia sobre alguien más y se convierte en una pregunta que Jesús dirige personalmente a mi vida. Es entonces cuando la Palabra deja de ser solo información y comienza a convertirse en transformación.
La pedagogía de Jesús sigue siendo tan actual. Él sabía que un corazón conquistado vale mucho más que una discusión ganada. Antes de corregir, invitaba; antes de exigir, sembraba; antes de señalar el pecado, ayudaba a la persona a descubrirlo por sí misma. Con la paciencia del sembrador, confiaba en que una semilla sembrada con amor podía abrirse paso incluso en la tierra más endurecida.
En una cultura donde abundan las opiniones y escasea la escucha, no basta con transmitir conocimientos religiosos o defender la verdad con buenos argumentos. Estamos llamados a anunciar a Cristo de tal manera que la Palabra pueda encontrar un camino hasta el corazón de las personas. Esa fue la pedagogía del Maestro y sigue siendo el camino de toda auténtica evangelización.
ES AQUÍ DONDE APARECE LA FIGURA DE MARÍA
Si las parábolas buscan una tierra buena donde la Palabra produzca fruto abundante, la Santísima Virgen es esa tierra fecunda por excelencia. Ella escuchó la Palabra, la recibió con fe, la meditó en su corazón y permitió que transformara toda su vida (cf. Lc 2,19.51). Antes de anunciar a Cristo con sus labios, lo llevó en su seno; antes de hablar de Él, vivió totalmente unida a Él.
La Virgen María Santísima nos enseña que, el verdadero discípulo no es quien conoce más pasajes de la Escritura, sino quien deja que la Palabra modele su corazón y oriente cada una de sus decisiones.
Cada vez que abrimos la Sagrada Escritura conviene preguntarnos menos qué quiso decir Jesús a los demás y más qué quiere decirme hoy a mí. Solo entonces la Biblia deja de ser un libro que estudiamos para convertirse en una Palabra viva que nos transforma.
Las parábolas son una puerta por la que Cristo quiere entrar en nuestro corazón y realizar la verdadera cardiomorfósis, cambiando nuestro corazón de piedra por uno de carne (cf. Ez 36,26), hasta configurarlo con su Sagrado Corazón.
ORACIÓN
Señor Jesús, Maestro bueno, siembra hoy tu Palabra en nuestro corazón. Arranca las piedras del orgullo, los espinos del egoísmo y haznos tierra buena para que tu Evangelio dé frutos de conversión, santidad y caridad.
Santa María, Madre de Dios, enséñanos a escuchar como tú, a guardar la Palabra en el corazón y a seguir siempre a tu Hijo, para que cada parábola nos conduzca a una conversión más profunda.
Que el Padre nos conceda un corazón nuevo, que el Hijo nos configure con el suyo y que el Espíritu Santo haga fecunda en nosotros la semilla de la Palabra, para gloria de Dios y salvación del mundo.
Amén.





