Día Nacional de la Labor Bibliotecaria

La biblioteca, víscera que late a buen ritmo desde las primeras colecciones misionales

Día Nacional de la Labor Bibliotecaria

Hay en este mundo seres que transforman en silencio, creando oportunidades de futuro y ayudando a que otras personas encuentren ideas para mejorar sus vidas desde el corazón del desarrollo cultural de las sociedades.

La biblioteca, víscera que late a buen ritmo desde las primeras colecciones misionales, a los modernos acervos especializados extendiendo solidariamente sus acervos y servicios a la comunidad sonorense en general, siempre ha dependido de manos diligentes para su orden y conservación.

Es por ello que desde hace un par de décadas, cada 20 de julio, reconocemos en nuestro calendario cívico a quienes con su trabajo especializado facilitan el acceso a la información como pieza clave en la conservación de nuestros bienes culturales. En la historia local las primeras bibliotecas jesuitas y franciscanas en el siglo XVII, como el Colegio de la Misión de Mátape de 1684, es ejemplo emblemático de cómo el libro y la lectura se integraron tempranamente en la vida social y espiritual del país.

Ya en el siglo XIX el desarrollo, aunque lento y desigual de la cultura local (reflejo de una sociedad mayoritariamente analfabeta y de escasos recursos), fue testigo de la creación de la primera Biblioteca del Gobierno del Estado en 1888 y el Gabinete de Lectura de Guaymas en 1889. Pero en el siglo XX inició una transformación profunda, tras la Revolución Mexicana. Con la primera Ley de Bibliotecas de 1915 se evidenciaba la incipiente voluntad política de hacer de la lectura y el acceso a la información un derecho ciudadano. Aunque los recursos limitados de la época dificultaron su implementación.

En los años cincuenta, el crecimiento urbano del estado impulsó la creación de bibliotecas municipales, escolares y universitarias, como la bella Biblioteca Fernando Pesqueira, o la Biblioteca Central del ITSON, referentes culturales hasta nuestros días.

Mucho debemos a la labor de Enriqueta de Parodi y su hija Ofelia, en la consolidación de la red de bibliotecas públicas y la promoción de la lectura en todos los rincones de Sonora. Pero la incorporación al Programa Nacional de Bibliotecas Públicas en 1984 y la creación de la Red Estatal de Bibliotecas Públicas en 1988 representaron un salto cualitativo, pues por primera vez se procuró la presencia de una biblioteca en cada municipio, en un esfuerzo por descentralizar el acceso al conocimiento.

La profesionalización del personal bibliotecario, los modernos sistemas de clasificación y la capacitación continua, son elementos clave que garantizan la calidad y pertinencia de los servicios de estos espacios. Son las personas que en estos lugares laboran, quienes entendieron tempranamente que la importancia del trabajo bibliotecario en Sonora trasciende la mera acumulación de libros, pues se trata de espacios de encuentro intergeneracional, diálogo y construcción de ciudadanía. Y es gracias a su trabajo diario que se forjan lectoras y lectores, líderes sociales y agentes de cambio. Sosteniendo muchas veces refugios intelectuales en tiempos de crisis (incluyendo los infernales calorones) y motores de innovación en épocas de bonanza (aunque breves y efímeras).

Preservando la memoria histórica y cultural del estado, rescatando documentos, publicaciones y testimonios que de otro modo se habrían perdido. Promoviendo la identidad regional, al albergar colecciones especializadas sobre Sonora y organizar actividades que celebran la diversidad y riqueza de su gente, como lo hace actualmente el personal de la Biblioteca del Colson y de la Biblioteca del Septentrión.

Pero la brecha tecnológica, la competencia con otras fuentes de información, las restricciones presupuestales constantes y la necesidad social de reinventarse continuamente, se la ponen difícil a estos gigantes del pasado. Aunque su papel como garantes del acceso libre y equitativo al conocimiento sea más necesario que nunca.

Reconocer su labor es apostar por el futuro de Sonora. Es aceptar que el libro, la lectura y el acceso a la información son derechos fundamentales y motores insustituibles del desarrollo humano. Y valorar el trabajo de las y los bibliotecarios de Sonora será siempre la mejor garantía de que el estado seguirá creciendo con identidad, conciencia y esperanza.


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