Hay una frase que cada vez escucho con mayor frecuencia: "Dios es tan bueno que, al final, todos se salvarán". Suena consoladora, suena misericordiosa; pero no fue Jesucristo quien la dijo.
El Evangelio de este domingo tampoco pretende tranquilizarme (Mt. 13,1-23). Todo lo contrario: Quiere despertarme.
Jesús sale a sembrar. La semilla es perfecta. El sembrador no se equivoca. La Palabra de Dios nunca pierde su fuerza. Entonces, ¿por qué no todos damos fruto?
Porque el problema nunca ha sido la semilla. El problema siempre ha sido el terreno. Y ese terreno soy yo.
No puedo leer esta parábola pensando en los demás. No puedo imaginar que Jesús está describiendo el corazón de quienes no van a la iglesia, de los políticos corruptos, de los delincuentes o de quienes viven alejados de Dios. Antes de mirar a nadie, el Evangelio me obliga a mirar dentro de mí.
¿QUÉ CLASE DE TIERRA SOY?
La primera advertencia de Cristo es estremecedora: "Viene el diablo y arrebata lo sembrado en el corazón." No dice que sea una figura literaria. No dice que sea un símbolo del mal. Habla de un enemigo real.
Y nosotros hemos dejado de hablar de él.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña con claridad que el diablo y los demonios existen; fueron creados buenos por Dios, pero rechazaron libremente su amor y ahora buscan apartar al hombre del camino de la salvación (CEC 391-395). Su mayor triunfo no es poseer cuerpos; su mayor victoria consiste en convencer al hombre de que no existen, de que el pecado no tiene consecuencias y de que la conversión puede esperar.
Cuando dejo de creer que tengo un enemigo espiritual, dejo también de luchar.
Dejo de vigilar.
Dejo de orar.
Dejo de confesarme.
Dejo de cuidar mi alma.
Y poco a poco mi corazón deja de ser tierra fértil.
Vivimos en una época fascinada por la misericordia de Dios, pero peligrosamente silenciosa sobre su justicia. Hablamos del cielo, pero evitamos el infierno. Hablamos del perdón, pero casi nunca de la condenación eterna.
Sin embargo, Jesús habló de ambas realidades.
Y la Iglesia sigue enseñando que el infierno existe. No porque Dios disfrute condenando a sus hijos, sino porque respeta hasta el extremo la libertad que Él mismo nos regaló. Quien muere rechazando deliberadamente la gracia de Dios y persevera en pecado mortal hasta el final de su vida, se excluye para siempre de la comunión con Él (CEC 1033-1037).
Esta verdad no pretende infundir terror. Pretende despertar mi conciencia. Porque existe una falsa tranquilidad que puede ser más peligrosa que el miedo.
La tranquilidad de pensar: "Soy católico; con eso basta". No basta.
Pensar: "Estoy bautizado; Dios entenderá". No basta.
Pensar: "Sirvo en la parroquia, coordino un grupo, soy lector, ministro, catequista, adorador, sacerdote o religioso; seguramente Dios tomará eso en cuenta". Tampoco basta.
Jesús no dijo que la tierra buena fuera la que escuchaba muchas predicaciones.
Dijo que era la que escuchaba la Palabra, la comprendía y daba fruto.
Ahí está la diferencia.
No basta escuchar el Evangelio. Hay que obedecerlo.
No basta conocer el Catecismo. Hay que vivirlo.
No basta defender la doctrina. Hay que dejar que esa doctrina transforme el corazón.
Y aquí descubro una verdad que me incomoda profundamente.
Puedo pasar años dentro de la Iglesia sin haber permitido que Cristo cambie realmente mi vida.
Puedo rezar todos los días y seguir siendo orgulloso.
Puedo comulgar frecuentemente y continuar sin perdonar.
Puedo dirigir un apostolado y seguir siendo soberbio.
Puedo conocer la Biblia de memoria y seguir tratando mal a mi familia.
Puedo hablar del amor de Dios mientras mi corazón permanece endurecido.
Entonces comprendo que el verdadero milagro no es escuchar la Palabra. El verdadero milagro es dejar que la Palabra me cambie.
La conversión no consiste en recordar un retiro donde lloré emocionado. No consiste en una experiencia espiritual intensa. No consiste en sentir bonito durante una Hora Santa. Todo eso puede ser el inicio.
Pero la verdadera conversión —la auténtica cardiomorfósis— sucede cuando Dios transforma mi manera de pensar, de amar, de trabajar, de hablar, de administrar el dinero, de vivir la castidad, de ejercer la autoridad, de tratar a mi esposa, a mi esposo, a mis hijos, a mis padres, a mis hermanos y hasta a quienes me han herido.
Si mi carácter nunca cambia... Si mi soberbia permanece intacta... Si sigo justificando el pecado... Si nunca doy fruto...
¿PUEDO DECIR CON SINCERIDAD QUE LA PALABRA DE DIOS ECHÓ RAÍCES EN MÍ?
Esta pregunta me confronta.
Porque el primer corazón endurecido que debo examinar no es el de nadie más.
Es el mío.
Yo también puedo convertirme en el camino donde la semilla nunca entra.
Yo también puedo ser terreno pedregoso, lleno de entusiasmos pasajeros y sin perseverancia.
Yo también puedo ser tierra llena de espinos, donde las preocupaciones, la ambición, el activismo y la comodidad terminan ahogando la voz de Dios.
Y entonces comprendo que el Evangelio de hoy no pretende decirme que el sembrador fracasó.
El sembrador jamás fracasa. La Palabra de Dios nunca pierde su poder. Lo único que puede perderse es mi corazón.
TODAVÍA HAY TIEMPO
Mientras respiro, la gracia sigue cayendo sobre mi alma como esa semilla que nunca deja de ser sembrada.
Todavía puedo convertirme. Todavía puedo confesarme. Todavía puedo volver.
Todavía puedo dejar que Cristo haga en mí esa verdadera cardiomorfósis que solo su Espíritu Santo puede realizar.
Porque, al final de mi vida, Dios no me preguntará cuántas homilías escuché, cuántos congresos o retiros organicé, cuántos cargos ocupé o cuántos reconocimientos recibí.
Quizá solo me pregunte una cosa: ¿Qué hiciste con la semilla que sembré en tu corazón?... ¿amaste?
ORACIÓN
Santa María de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive y Reina de México, hoy me refugio bajo tu manto estrellado. Así como en tu sagrada Imagen apareces revestida del cielo, cúbreme también con tu protección maternal y no permitas que el maligno robe la semilla que tu Hijo ha sembrado en mi corazón.
Guárdame en ese bendito hueco de tu manto, tan cerca de tu Corazón Inmaculado, donde aprenda a escuchar la voz de Dios con humildad, a obedecer su Palabra con fidelidad y a dejarme transformar por su gracia. Que jamás me acostumbre al pecado, que nunca justifique mi tibieza y que no permita que las preocupaciones, el orgullo o las seducciones del mundo ahoguen en mí la vida divina.
Madre Santísima acércame siempre al Corazón de Jesús. Como san Juan Diego, déjame descansar espiritualmente entre tus brazos, oculto bajo tu manto, muy cerca del Niño-Dios que llevabas en tu seno, para que su amor moldee mi corazón y haga en mí una verdadera cardiomorfósis. Enséñame a amar como Él amó, a perdonar como Él perdonó, a servir como Él sirvió y a permanecer fiel hasta el último instante de mi vida.
Y cuando llegue la hora de mi muerte, la hora decisiva de mi eternidad, ven a mi encuentro como Madre y Abogada. Toma mi mano, fortalece mi fe, sostén mi esperanza y presenta mi pobre alma ante el tribunal de tu Hijo. Alcánzame la gracia de un arrepentimiento sincero, de una santa perseverancia final y de morir reconciliado con Dios. Llévame a contemplar eternamente el rostro de Jesucristo, junto contigo y con todos los santos, para alabar por los siglos la infinita misericordia del Padre. Amén.





