El verdadero Mundial estaba en las calles

Nunca antes la Copa del Mundo había sido organizada por tres países al mismo tiempo

El verdadero Mundial estaba en las calles

Hubo algo profundamente paradójico en este Mundial de 2026. Nunca antes la Copa del Mundo había sido organizada por tres países al mismo tiempo, con una infraestructura monumental y una capacidad tecnológica sin precedentes. Sin embargo, también fue uno de los mundiales más inaccesibles para el aficionado común. Los precios de los boletos alcanzaron cifras impensables para millones de personas y asistir a un estadio se convirtió en un privilegio reservado para quienes podían pagar cantidades exorbitantes.

Pero el futbol encontró otra vez la manera de escapar de la lógica del mercado.

Si los estadios fueron ocupados por una minoría, las calles fueron tomadas por la mayoría. Ese fue el verdadero Mundial.

En Hermosillo ocurrió algo revelador. Una encuesta local realizada por El Colegio de Sonora muestra que casi dos terceras partes de la población manifestaban tener mucho o bastante interés en el torneo y que más del 75 % siguió al menos algunos partidos. Más significativo aún, más de la mitad declaró haber visto todos los encuentros de la Selección Mexicana.

No se trata únicamente de cifras deportivas. Hablan de un fenómeno social.

Durante varias semanas, miles de personas reorganizaron horarios, suspendieron actividades y buscaron un espacio para reunirse frente a una pantalla. Aunque la mayoría vio los partidos desde casa, restaurantes, bares y espacios públicos se convirtieron en pequeñas plazas de encuentro donde desconocidos celebraban abrazados un gol como si se conocieran desde siempre.

Paradójicamente, este Mundial que parecía diseñado para excluir, terminó produciendo uno de los procesos de inclusión simbólica más intensos de los últimos años.

Cada victoria de México sacó más personas a las calles. Primero fueron los aficionados habituales; después quienes normalmente solo siguen las finales; finalmente, personas que meses antes no tenían ningún interés por el futbol. Las multitudes crecían partido tras partido. La camiseta verde dejó de ser únicamente un uniforme deportivo para convertirse, por unos días, en un lenguaje compartido; la camisa de México fue la más vendida en todo el mundo. Maldito capitalismo, bendita conexión China-Tepito.

En una sociedad tan fragmentada como la mexicana, donde las diferencias políticas, económicas y sociales parecen ocupar toda conversación pública, el futbol produjo algo extraordinariamente escaso: una identidad colectiva temporal. Quizá esa fue la mayor victoria de la Selección Mexicana.

No necesariamente los resultados deportivos, sino haber logrado que millones de personas volvieran a experimentar la sensación de pertenecer a una misma comunidad nacional. Durante algunos días desaparecieron —al menos parcialmente— muchas de las fronteras cotidianas entre clases sociales, generaciones e ideologías. Las calles de Hermosillo, como las de cientos de ciudades del país, fueron el escenario donde esa comunidad imaginada tomó forma.

Resulta todavía más llamativo porque este Mundial representaba, en muchos sentidos, la mercantilización extrema del futbol. Las entradas costaban más que el ingreso mensual de muchas familias y la experiencia del estadio se convirtió en un producto de lujo. Sin embargo, aquello que realmente hizo memorable al torneo no podía comprarse.

No estaba dentro de los estadios.

Estaba afuera.

En las plazas, en los restaurantes, en las salas de las casas, en las pantallas improvisadas y, sobre todo, en las calles llenas de personas celebrando con desconocidos.

México terminó perdiendo frente a Inglaterra en uno de los mejores partidos del campeonato. Pero fue una derrota distinta. No dejó la sensación habitual de resignación o fracaso. Por el contrario, muchos terminaron convencidos de haber visto a una selección que jugó como nunca y que cayó dejando la impresión de haber ofrecido uno de los mejores encuentros del Mundial.

Las derrotas también construyen memoria cuando están acompañadas de orgullo.

Dentro de algunos años quizá pocos recuerden quien ocupó tal o cual palco VIP o cuanto costaba un boleto para una semifinal. En cambio, millones recordarán donde estaban cuando México ganó, con quién se abrazaron y festejaron el gol decisivo y como una multitud desconocida se convirtió, por unas horas, en una sola voz.

Porque este Mundial demostró algo que la FIFA difícilmente podrá vender: El futbol sigue perteneciendo mucho más a quienes llenan las calles que a quienes ocupan los mejores asientos del estadio.


Vive el mundial Diario del Yaqui