La piel de la memoria: la africanidad que nos toca

"La memoria es el único antídoto contra la repetición del horror"

La piel de la memoria: la africanidad que nos toca

Este fin de semana no es solo el umbral de la primavera o un asueto en el calendario mexicano. En estos días, el mundo conmemora también otros tres sucesos importantes. El 21 de marzo, Día Internacional para la Eliminación de la Discriminación Racial, se proclamó para recordar la Masacre de Sharpeville en Sudáfrica (1960), donde las balas del apartheid contra manifestantes pacíficos fundieron con sangre la lucha por la democracia con la urgencia de extirpar la opresión racial. Y es que, tal como lo expresó James Baldwin, "La historia no es el pasado. Es el presente. Llevamos nuestra historia con nosotros. Somos nuestra historia".

En 2024, viajé al Continente Africano para realizar una investigación académica en Senegal, donde confirmé que la memoria es el único antídoto contra la repetición del horror. El próximo miércoles también se celebra el Día Internacional del Recuerdo de las Víctimas de la Esclavitud y la Trata Transatlántica de Esclavos. Senegal es uno de los países que más activamente impulsa el recuerdo de quienes fueron reducidos a mercancía. Allí, este 25 de marzo se vivirá con un peso sagrado, pues se conmemora un esfuerzo por sanar un pasado que, aunque parezca lejano, sigue dictando las jerarquías y silencios del presente.

En Senegal, el eco del pasado resuena con estruendo en la Isla de Gorea, el "santuario del dolor negro". Allí tuve oportunidad de pararme frente a la "Puerta de No Retorno", donde la deshumanización alcanzó su ápice. Los esclavistas amontonaban hasta veinticinco capturados en celdas minúsculas, obligándolos a realizar sus necesidades unos encima de otros, mientras se aseguraban de separar a los niños de sus madres y mezclar etnias para que la barrera del lenguaje evitara rebeliones. Cuando Nelson Mandela visitó la isla, lloró al entrar a una celda de castigo donde los hombres debían hacerse bola al no poder ponerse de pie, y fue allí donde Juan Pablo II imploró el "perdón del cielo" por el pecado cometido por el hombre contra el hombre y contra Dios, reconociendo la amarga ironía de que incluso los sacerdotes de la Iglesia de Gorea poseían esclavos.

Este éxodo forzado de almas fue el motor de una economía global que trataba a los seres humanos como capital para consolidar los cimientos económicos en América. Los números hielan la sangre al revelar que doce millones y medio de personas fueron esclavizadas en un momento en que la población mundial apenas rozaba los quinientos millones y todo el continente africano contaba con 85 millones de habitantes. Los "muy cristianos" portugueses de aquel entonces lideraron este despojo con cinco millones y medio de almas, seguidos por ingleses, franceses, holandeses, daneses y españoles, en ese orden. Para quienes sufrieron el yugo, los términos "europeo" o "cristiano" eran sinónimos de opresión.

Mientras en Estados Unidos el poderío económico se fundó en el sistema esclavista y el hurto de tierras indígenas, en Latinoamérica los afrodescendientes proporcionaron la mano de obra vital para plantaciones y minas a través del comercio triangular, que transportaba esclavos desde África para traer de vuelta productos americanos a Europa. Era el capital de la carne y la sangre invisible. El sistema fue implacable desde su origen: en 1501, el gobernador Nicolás de Ovando introdujo los primeros esclavos en La Española (hoy Haití y República Dominicana), y para 1510 el rey autorizó el transporte de cincuenta más para las minas, una cifra que se multiplicaría cruelmente hacia 1520, cuando ya sumaban más de dos mil en la isla.

Aunque los Reyes Católicos prohibieron la esclavitud en España en 1500, legalizaron la de los negros y el sistema de encomienda para los indígenas en sus colonias, estableciendo un sofisticado sistema de castas donde la encomienda era una esclavitud disfrazada. Cada forma de servidumbre, fuese musulmana, cristiana o pagana, implicaba explotaciones distintas, algunas menos malignas que otras, pero todas cruentas. La propiedad sobre el cuerpo era tan absoluta que se marcaba a los esclavos con el "carimbo", aquel hierro candente utilizado para certificar el pago de impuestos, una inhumana práctica que España no abolió hasta 1784, 283 años después de la llegada de los primeros esclavos.

Hoy, la africanidad también es nuestra, aunque por siglos la hayamos sepultada bajo el peso de la negación. En América, Puerto Rico celebra la abolición de la esclavitud cada 22 de marzo, evocando la diáspora africana en el Caribe. En México, la raíz negra late en nuestra historia a pesar de nuestros olvidos. Próceres de la talla de Morelos, Guerrero y Zapata tenían sangre africana, recordándonos que la libertad de la nación se gestó también desde ese origen. La cultura es terca y el talento siempre encuentra su grieta, brotando con fuerza indomable. Así como el balafón africano se transmutó en nuestra marimba mexicana, los afromexicanos son nuestra propia sangre.

Tuvo que pasar más de un siglo de silencio para que, en 2019, México enmendara el Artículo 2 de su Constitución, reconociendo por fin a los pueblos y comunidades afromexicanas como parte indivisible de la nación. Reconocer esta herencia no es un acto de caridad histórica, sino un ejercicio de justicia tardía; es aceptar que somos un palimpsesto humano donde el rastro de África debe ser celebrado con el mismo vigor que nuestras raíces indígenas. Porque un país que no se atreve a mirar las cicatrices de su propia piel está condenado a caminar cojeando hacia el futuro.