La memoria histórica a través de informantes indígenas sobre la fundación de un pueblo pima en Sinaloa

Por rumbo de donde sale el sol, aparecieron estos sanadores extranjeros, quienes venían desnudos y descalzos

La memoria histórica a través de informantes indígenas sobre la fundación de un pueblo pima en Sinaloa

En el invierno entre 1535 y 1536, los pueblos agricultores y recolectores de la Pimería Baja recibieron a sus vecinos ópatas de la sierra, quienes llegaron con una extraña peregrinación de curanderos y comerciantes. Por rumbo de donde sale el sol, aparecieron estos sanadores extranjeros, quienes venían desnudos y descalzos. Entre los peregrinos estaba un hombre de piel oscura, muy inteligente, que hablaba diversos idiomas y hacía las veces de mediador para sus tres compañeros barbudos y de tez clara. Se trataba de Estebanico, un africano esclavizado, que viajaba con su amo Andrés Dorantes y otros dos castellanos llamados Álvar Núñez Cabeza de Vaca y Bernardino del Castillo Maldonado. Estos cuatro hombres eran los únicos sobrevivientes de la tripulación del conquistador Pánfilo de Narváez, que naufragó en la costa de Texas en 1528. Durante más de siete años vivieron entre varias naciones indígenas y caminaron por diez meses a través del vasto territorio, que hoy es el suroeste de Estados Unidos, hasta llegar a Sonora.

Un grupo de aproximadamente 600 pimas escoltó a los viajeros hacia el sur y los protegió mientras atravesaban el hostil territorio cahíta (Yoeme, Yoreme y Yoleme) en su camino hacia la tierra de los sinaloas en busca de sus paisanos cristianos. Para cuando el gran séquito llegó a la margen norte del territorio bajo la jurisdicción del Reino de Nueva Galicia, los pimas se vieron amenazados por esclavistas españoles, mientras que los curanderos a quienes guiaban, estaban por partir hacia el centro de la Nueva España. Para evitar ser capturados o exterminados, los pimas se asentaron a orillas del Río Sinaloa y fundaron Bamoa, una población permanente, que 50 años después se transformó en pueblo de misión y floreció durante todo el periodo colonial para perdurar hasta nuestros días.

Casi setenta años después de su fundación, el misionero jesuita Andrés Pérez de Ribas vivió en Sinaloa y posteriormente reconstruyó la historia de la fundación de Bamoa con base en crónicas españolas e información de su antecesor, el jesuita Diego de Guzmán, pero también con base en la memoria histórica de los indios de Bamoa. Esta memoria histórica se observaba a través de símbolos híbridos (indígenas y españoles) como el uso de cruces y la devoción católica junto con rituales locales. Pérez de Ribas se centró en lo que para él era tangible en ese momento, es decir, en los signos y prácticas cristianas adoptadas que le precedieron y habían prevalecido a lo largo del tiempo entre los miembros de su rebaño y sus grupos vecinos. Para él, la adopción de estos elementos centrales del cristianismo se había producido a través de interacciones amistosas y voluntarias entre los pimas y los peregrinos. A través de informantes indígenas, Guzmán y Pérez de Ribas supieron que los pimas de Bamoa mantuvieron contacto con sus familiares y paisanos de la Pimería Baja y compartieron esas costumbres híbridas con ellos.

La memoria histórica también se observaba a través del lenguaje, ya que los habitantes de Bamoa aún preservaban su lengua pímica a pesar de estar rodeados por grupos sinaloenses de habla cahíta y ocoroni. Guzmán, asignado a las misiones de Sinaloa a principios del siglo XVII, aprendió pima cuando predicaba en Bamoa. Su adquisición de este idioma le permitió predicar entre los pimas bajos en Sonora años después, y facilitó una mayor obra misional entre los pimas altos en el norte de Sonora a finales de ese siglo y durante el resto del periodo colonial.