Fe Clandestina y Dioses sin Pasaporte

"Quienes logran el milagro de sobrevivir no siempre escapan de la condena"

Fe Clandestina y Dioses sin Pasaporte

Se nos ha enseñado que nuestras creencias religiosas son un santuario, un territorio interior donde el alma encuentra consuelo ante la intemperie del mundo. Sin embargo, para millones de desterrados, creer en el Dios equivocado o nacer bajo el manto de una tradición proscrita no ofrece salvación, sino una diana pintada en la espalda. En el mercado de la intolerancia, la fe actúa simultáneamente como un estigma mortal y como el único refugio posible frente a la barbarie. ¿Cuánto espacio ocupa en nuestra comodidad la indiferencia ante las cacerías que se desatan contra el espíritu? O quizá nuestra ignorancia es el muro más alto que hemos construido para no ver el exterminio del prójimo. He aquí el testimonio de unas vidas aparentemente remotas, pero cuyo desgarro nos sangra aterradoramente cerca.

Para el pueblo yazidí, su espiritualidad fue el preludio del abismo. En agosto de 2014, el extremismo arrasó la región de Sinjar en Irak, imponiendo una masacre sistemática sobre una minoría religiosa que había habitado esas montañas durante milenios. No huían de la quiebra económica; corrían para que sus hijas no fueran convertidas en botín de guerra y sus hijos arrojados a fosas abiertas. Sobrevivientes con el alma rota cruzaron fronteras para reclamar el derecho a existir. Sin embargo, el dolor se ha fosilizado. Más de una década después de aquel genocidio, en pleno 2026, el letargo político mantiene a más de 150 mil yazidíes pudriéndose en campamentos de desplazamiento interno, en la región del Kurdistán iraquí. Están atrapados en un limbo burocrático donde su propio Estado les niega el retorno, demostrando que la guerra no termina cuando caen las armas, sino cuando cesa el destierro.

A miles de kilómetros, en las tierras agrietadas del norte de Nigeria, persignarse lleva una cuota de sangre. Tabitha vio su aldea ser reducida a cenizas por la letalidad de Boko Haram, una maquinaria islamista radical que ha asesinado a más de 50 mil personas desde el año 2010. Acorralada y presionada bajo la boca de un fusil para renunciar a su fe cristiana o enfrentar la ejecución inminente, optó por un éxodo a pie a través de la maleza. En esa huida ciega y desesperada, el terror le cobró un peaje devastador. Su suegra fue capturada por los milicianos, y el cólera arrebató a sus dos pequeños sobrinos mientras escapaban. Para ella, migrar no fue una búsqueda de riqueza, sino la negativa rotunda a entregar el último latido inmaterial que sus verdugos no pudieron quemar.

Pero la tragedia migratoria alcanza cimas de una ironía imperdonable cuando los sobrevivientes, habiendo cruzado océanos y desiertos, encuentran la muerte en la supuesta tierra de la compasión. Ocurre con los rohinyás —de quienes el Papa Francisco afirmó que "la presencia de Dios también se llama rohinyá"—, a quienes el Estado de Myanmar (antes Birmania) decidió arrancar de los registros cívicos. Se han convertido en la mayor población apátrida del planeta, con 1.8 millones de almas despojadas de toda nacionalidad en 2025. En su desesperación absoluta, tan solo en ese año, más de 6 mil 500 de ellos se lanzaron a las aguas en frágiles barcazas de madera; casi 900 encontraron una tumba líquida antes de pisar una orilla segura.

Quienes logran el milagro de sobrevivir no siempre escapan de la condena. Nurul Amin Shah Alam era un hombre rohinyá casi ciego de cincuenta y seis años, que cargaba en su cuerpo el peso de décadas de persecución sistemática. Había logrado lo inaudito al ser reasentado en Estados Unidos a finales de 2024, creyendo haber tocado por fin un suelo donde respirar no constituyera un delito. Pero la maquinaria del norte demostró ser igual de letal. En febrero de 2026, agentes de la Policía migratoria (ICE) lo detuvieron en Nueva York. Tras confirmar que no era un criminal deportable, lo abandonaron en plena noche frente a una cafetería cerrada. Sin visión, sin hablar el idioma y vestido con ropas delgadas bajo el invierno implacable, quedó a merced de la intemperie. Cinco días después, su cuerpo fue hallado sin vida. Murió de hipotermia severa y deshidratación. El forense dictaminó homicidio por negligencia institucional.

Shah Alam sobrevivió a un genocidio militar y a la furia del Océano, solo para morir congelado en la nación cristiana que le prometió asilo, aniquilado por un sistema que lo procesó como un folio de papel y no como carne viva. Aquí radica la gran herida del destierro. Los refugiados religiosos, acorralados por su fe, no buscan conquistar el mundo, solo imploran un rincón donde cerrar los ojos y rezar sin miedo. Pero los prejuicios supremacistas, que emergen en todos los cultos, siguen respondiendo con desdén y rechazo, demostrando que el frío de la apatía a veces mata con más precisión que el fuego del fanatismo.

El Dr. Castro fue consejero externo para el Gobierno Mexicano y presidente de la Comisión de Asuntos Fronterizos del Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME). Ha sido catedrático, decano y vicerrector para desarrollo internacional en Pima College de Tucson, Arizona.

rikkcs@gmail.com