Cuando se trata de analizar el indicador económico denominado inflación, es difícil establecer que nunca les pegará en el bolsillo a los ciudadanos, a las empresas y hasta al mismo Gobierno. Porque cuando se pregunta cómo anda la economía, la primera pregunta va directamente a saber cómo está el nivel inflacionario en la economía nacional, y ese será el punto de partida para los análisis.
Y no por nada, por muchos sexenios gubernamentales, su control ha estado fijado en pactos entre Gobierno y sector empresarial para frenar o mantener en equilibrio el aumento de los bienes y servicios, haciendo que con estos acuerdos la economía camine con certidumbre dentro de los tiempos necesarios para lograr que avance, el proceso productivo no se detenga y el salario siga siendo efectivo.
Donde la tranquilidad económica la mayoría del tiempo en el país dependía fundamentalmente del comportamiento interno de la economía y su manejo por parte del Gobierno federal. Pero eso empezó a cambiar cuando México inicia su participación en el libre mercado al ingresar al Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) y, posteriormente, al Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Porque ya entraron factores externos en la economía; en el mediano plazo, México ya estaba inmerso en un mundo globalizado donde todo lo que sucede les afecta o beneficia a los países participantes.
Esta diferenciación de lo que le sucede a los países participantes en el mercado global le inició a México a partir de 1994. Significa que, después de todo el intercambio comercial, la inflación ya no nada más es generada por los factores económicos mexicanos, sino que mucho de ello viene del exterior, producto de la adquisición de materias primas, de productos semiterminados y de operaciones financieras que se realizan con los diferentes países, principalmente con Estados Unidos.
Hoy en día, la necesidad de gasolinas y gas de parte de México es imprescindible para que continúe la actividad productiva en cada uno de los sectores. Se importa el 50% de las gasolinas, entre el 20 y 50% del diésel y aproximadamente el 75% del gas natural que viene directamente del Estado de Texas. Lo que hace que, hasta hoy, México continúe siendo dependiente del exterior de estos insumos necesarios para la producción de alimentos y el avance de las empresas. Cualquier incremento de precios afecta al comportamiento inflacionario y, si existe algún problema en la disponibilidad de gas natural, también afecta de la misma manera.
Lo que hoy sucede en el Medio Oriente ha hecho que los precios del barril de petróleo vayan al alza, afectando de manera fundamental a la economía de las empresas y al Presupuesto del Gobierno. Para detener el disparo del porcentaje inflacionario, los derivados del petróleo hoy se tienen que subsidiar con recursos públicos no contemplados para eso, y tendrán que hacerse recortes de otros beneficios. Subsidiar las gasolinas y el diésel no es algo nuevo; aquí el asunto es cuánto podrá aguantar el Presupuesto Federal si el barril de petróleo continúa al alza. Si esto sigue, se abren dos caminos: bajar la actividad productiva para disminuir el consumo o continuar con el subsidio hasta donde alcance recortando programas federales. ¿Cuál será el viable?
DEL ESCRITORIO
Según los pronósticos del Fondo Monetario Internacional, todavía las perspectivas de crecimiento están muy por debajo de los requerimientos de una economía como la mexicana. Manifiesta que para este 2026 el crecimiento será de 1.5% y para el 2027 de 2.2%, lo que indica que todavía no empieza el despegue económico del país... Sin ir mucho al análisis profundo, se puede manifestar que el problema del Medio Oriente no les permite avanzar como corresponde... Es real que el sistema financiero y bancario ha cambiado en el país; ahora es más fácil la obtención de una tarjeta de crédito por medio de una plataforma en redes que hacer antesala en una institución bancaria de las ya conocidas.




