El 11 de febrero celebramos con alegría la Jornada Mundial del Enfermo, bajo la intercesión de Nuestra Señora de Lourdes. Fue un día para agradecer la entrega silenciosa de quienes sirven en la Pastoral de la Salud. Su labor es discreta, constante y profundamente evangélica. Allí donde hay dolor, llevan consuelo; donde hay fragilidad, acompañan con dignidad y esperanza. Que el Señor bendiga abundantemente sus manos y su corazón, que nuestra Madre del cielo, Virgen de Guadalupe extiende tu manto santo lleno de estrellas, en protección y bendición para nuestra querida hermana la doctora Priscila Murrieta Rivera, su equipo de servicio y a todas sus familias.
Ese mismo día, nuestra diócesis se ha llenado de gozo con la ordenación de cuatro nuevos diáconos. Cada vocación es un recordatorio de que Dios sigue llamando. Nos corresponde orar para que toda llamada particular —al ministerio ordenado, al matrimonio, a la vida consagrada o al compromiso laical— se sostenga en la confianza y el abandono en la Divina Providencia. La santidad no es privilegio de algunos; es vocación de todos.
En este contexto de gratitud y esperanza llegamos al Miércoles de Ceniza, que este año celebraremos el 18 de febrero. Y escucharemos de nuevo la exhortación que no pierde fuerza: "Conviértanse y crean en el Evangelio" (Mc 1,15).
No es una frase de temporada. Es una llamada al corazón; San Pablo insiste con urgencia: "Déjense reconciliar con Dios... ahora es el tiempo favorable" (2 Co 5,20; 6,2). La Iglesia recuerda que esta llamada a la conversión permanece viva en cada generación (CEC 1427) y que no se trata de un acto aislado, sino de un camino permanente (CEC 1428).
La Cuaresma, entonces, no es un evento religioso. Es proceso; es permitir que Dios purifique, sane, libere y santifique el corazón para conducirlo a la salvación.
El Evangelio del Miércoles de Ceniza nos ofrece un "TRÍPODE SÓLIDO" que sostiene este camino. Jesús habla de la oración, el ayuno y la limosna (Mt 6,1-6.16-18). Tres prácticas que, bien vividas, no se quedan en lo externo, transforman por dentro.
VOLVER AL CORAZÓN
El profeta Joel lo expresa con sobriedad contundente: "Vuélvanse a mí de todo corazón... rasguen su corazón y no sus vestidos" (Jl 2,12-13). No basta con signos visibles, Dios quiere el interior.
El Catecismo enseña que la penitencia interior implica una reorientación profunda de la vida (CEC 1431). No es simple remordimiento, sino regreso al Amor primero. Muchos podemos cumplir compromisos religiosos con disciplina admirable; sin embargo, el Señor no busca solamente nuestra agenda. Busca el alma.
La Cuaresma abre un espacio para mirar hacia dentro; allí aparecen heridas no resueltas, apegos desordenados, silencios incómodos. La conversión comienza cuando dejamos de justificarnos y permitimos que la gracia actúe. Volver al corazón es el primer paso de todo proceso de sanación, porque según santa Teresa de Jesús, ahí está el Señor, en el centro del castillo interior del alma.
ORACIÓN QUE SANA
Jesús invita a entrar en lo secreto y cerrar la puerta (Mt 6,6). En ese espacio interior se restablece la relación con el Padre. El Catecismo recuerda que la oración es la relación viva de los hijos con su Padre (CEC 2565). Sin esa relación, la fe se convierte en costumbre.
La oración cuaresmal nos confronta con la imagen que tenemos de Dios. ¿Lo vemos cercano o distante? ¿Misericordioso o severo? En el silencio se revela su verdadero rostro, el del Padre que espera al hijo y lo abraza (cf. Lc 15,20).
María es escuela silenciosa de esta experiencia. El Evangelio afirma que guardaba todo en su corazón (Lc 2,19). Su fidelidad perseverante, incluso junto a la cruz (Jn 19,25), muestra que la transformación interior es el camino sostenido por la confianza; con ella aprendemos que la santidad no se improvisa, se cultiva.
La oración purifica la relación con Dios y comienza a sanar lo más profundo.
AYUNO QUE LIBERA
Jesús habla del ayuno como parte normal de la vida creyente (Mt 6,16). La Iglesia lo conserva como práctica penitencial (CEC 1434; 2043). Pero su sentido no se agota en la abstinencia.
En la Biblia el ayuno expresa humildad y dependencia (cf. Esd 8,21). Los profetas advirtieron que sin justicia y misericordia pierde su valor (Is 58,6). El verdadero ayuno rompe cadenas.
Hoy podemos entenderlo como entrenamiento de libertad interior; no todo deseo debe gobernar nuestras decisiones. El ayuno desenmascara dependencias que suelen permanecer ocultas; puede tratarse de consumo, de reconocimiento o incluso de activismo religioso.
Al aprender a renunciar voluntariamente, fortalecemos la voluntad y abrimos espacio para Dios. La liberación interior no es inmediata, es fruto de un proceso constante.
LIMOSNA QUE SANTIFICA
La limosna tiene raíces profundas en la tradición bíblica. En el Antiguo Testamento se la consideraba acto de justicia y misericordia; el libro de Tobías afirma que libra de la muerte y purifica el pecado (Tb 12,9). La tradición judía entendía la ayuda al necesitado como responsabilidad solidaria, no como gesto opcional.
Jesús no elimina esta práctica; la purifica. Insiste en la discreción (Mt 6,3). Cuando la caridad busca reconocimiento, pierde autenticidad.
El Catecismo enseña que las obras de misericordia son acciones concretas mediante las cuales socorremos al prójimo en sus necesidades (CEC 2447), y recuerda que la caridad es la forma de todas las virtudes (CEC 1827).
La limosna santifica la relación con el otro porque nos descentra; nos permite reconocer en el hermano el rostro de Cristo (cf. Mt 25,40). No se trata sólo de dar algo, sino de entregarse con humildad.
Cuando la oración y el ayuno han hecho su trabajo interior, la caridad se vuelve expresión natural de un corazón transformado.
La oración purifica.
El ayuno libera.
La limosna santifica.
Este trípode sostiene el proceso cuaresmal y orienta hacia la salvación.
El 18 de febrero no marca simplemente el inicio de un tiempo litúrgico de 40 días. Señala la oportunidad de permitir que Dios trabaje pacientemente el corazón: Bajo la mirada de María, aprendamos a confiar y abandonarnos en la Divina Providencia.
Porque la Cuaresma no es un evento pasajero, es Dios formando el corazón para la eternidad.
ORACIÓN PARA ENTRAR EN LA CUARESMA
Señor Jesús,
al comenzar este camino,
quiero volver a Ti de todo corazón.
Purifica mi relación contigo,
libera mis apegos,
y enséñame a amar con discreción y verdad.
Por intercesión de María,
sostén mi vocación a la santidad
y haz de estos cuarenta días un verdadero proceso de transformación.
Amén.




