Cada 25 de febrero, el santoral de la Iglesia Católica conmemora a San Luis Versiglia y San Calixto Caravario, religiosos italianos que entregaron su vida en territorio chino en 1930. Su muerte no fue un hecho aislado, sino la culminación de una intensa labor evangelizadora marcada por la educación, la atención a huérfanos y la formación de nuevas vocaciones.
Ambos murieron en defensa del honor y la dignidad de tres jóvenes cristianas amenazadas con ser ultrajadas y esclavizadas.
Versiglia, nacido en 1873, descubrió su vocación misionera siendo adolescente tras conocer el carisma de San Juan Bosco. Años más tarde partió a China, donde impulsó orfanatos, seminarios y casas religiosas, hasta ser nombrado obispo del Vicariato Apostólico de Shiu Chow.
Caravario, originario de Turín y casi tres décadas menor, siguió sus pasos con la firme intención de servir en Asia, promesa que cumplió tras su ordenación sacerdotal.
El contexto social se volvió hostil hacia los cristianos y extranjeros. En medio de ese clima de violencia, ambos fueron interceptados por piratas armados mientras viajaban con catequistas y tres jóvenes.
Los atacantes pretendían llevárselas por la fuerza. Los misioneros se interpusieron para protegerlas. Golpeados y finalmente fusilados, murieron tras confesarse mutuamente y animar a las muchachas a mantener la esperanza.
Días después, las jóvenes fueron rescatadas con vida. El testimonio sobre la serenidad de los sacerdotes antes de morir fortaleció la fe de la comunidad local.

LA VISIÓN PROFÉTICA DE DON BOSCO
Desde joven, San Juan Bosco anhelaba llevar el Evangelio más allá de su tierra. En una experiencia que marcaría profundamente su espiritualidad, contempló en sueños un cáliz desbordante de sangre. Interpretó aquella imagen como un anuncio doloroso: entre sus hijos espirituales habría quienes sellarían su fe con la propia vida.
Por esa razón, a San Luis Versiglia y San Calixto Caravario, primeros mártires salesianos, se les suele representar con un cáliz del que brotan gotas rojas, símbolo del sacrificio que ofrecieron en tierras de misión.
El reconocimiento oficial de su martirio llegó en 1976 de la mano de San Pablo VI. Años después fueron elevados a los altares: primero beatificados en 1983 y finalmente canonizados en 2000 por San Juan Pablo II.




