Cada 23 de febrero, el santoral de la Iglesia conmemora a San Policarpo, uno de los grandes pastores de la Iglesia naciente. Nacido hacia el año 69 o 70 en Esmirna —territorio que entonces pertenecía al Imperio romano y hoy forma parte de Turquía—, su vida quedó marcada por una fidelidad inquebrantable a la enseñanza apostólica y por un martirio que sigue inspirando a los cristianos de todos los tiempos.
Se cree que provenía de una familia que abrazó tempranamente la fe cristiana. Su nombre, de origen griego, significa "el que da mucho fruto", un detalle que parece anticipar la huella espiritual que dejaría. Desde joven destacó por su coherencia de vida y por un celo ardiente en la transmisión del mensaje de Cristo.
DISCÍPULO DIRECTO DE SAN JUAN
Diversas fuentes antiguas coinciden en que Policarpo fue discípulo de San Juan. Esta cercanía con uno de los Doce le permitió beber directamente de la tradición apostólica. No se trató solo de una formación intelectual, sino de una experiencia viva que marcó su misión como obispo y maestro.
Entre quienes recibieron su enseñanza se encuentran figuras clave del cristianismo primitivo, como San Ireneo de Lyon y San Papías de Hierápolis. Gracias a ellos conocemos muchos detalles sobre su doctrina y su firme oposición a las corrientes que distorsionaban el Evangelio.
PASTOR VIGILANTE ANTE LAS PRIMERAS HEREJÍAS
Desde la sede episcopal de Esmirna, Policarpo se dedicó a fortalecer a los fieles y a corregir los errores doctrinales que comenzaban a expandirse. En una época en la que las herejías amenazaban la unidad de la Iglesia, defendió con claridad la enseñanza recibida de los apóstoles.
Según relata San Ireneo de Lyon, viajó a Roma durante el pontificado de Papa Aniceto, donde ayudó a muchos a abandonar doctrinas equivocadas, especialmente las promovidas por Valentín y Marción. Su predicación se caracterizaba por la paciencia y la cercanía, con especial atención a viudas, esclavos y personas sin formación, a quienes acompañaba con caridad pastoral.
De su producción escrita se conserva la Epístola a los Filipenses, un texto de gran valor por su riqueza espiritual y por su cercanía con el lenguaje de los Evangelios. Esta carta fue influyente en los primeros siglos y contribuyó a consolidar la comprensión del canon del Nuevo Testamento.
Unidad sin ruptura: el diálogo sobre la Pascua
El historiador Eusebio de Cesarea, considerado pionero de la historia eclesiástica, narra que hacia el año 154 Policarpo viajó nuevamente a Roma para tratar con el Papa Aniceto la fecha de celebración de la Pascua. Oriente y Occidente mantenían tradiciones distintas, y aunque no lograron unificar criterios, ambos optaron por preservar la comunión en la caridad.
Este episodio revela el talante del obispo de Esmirna: firme en sus convicciones, pero siempre dispuesto al diálogo y a la unidad, sin convertir las diferencias disciplinarias en motivo de división.
"Yo soy cristiano": el martirio que selló su testimonio
El 23 de febrero del año 155, durante la persecución, Policarpo fue presentado ante el procónsul Decio Quadrato. A su avanzada edad, se le ofreció la libertad a cambio de renegar de Cristo. Su respuesta quedó grabada en las actas conocidas como Martyrium Polycarpi: tras más de ocho décadas sirviendo al Señor, no podía traicionar a quien consideraba su Rey y Salvador.
Condenado a morir en la hoguera, la tradición narra que, al no consumirse su cuerpo como se esperaba, fue finalmente atravesado por una lanza. Así entregó su vida, sellando con sangre la fe que había predicado con palabras y obras.




