¿Por qué no me convierto? (5/5)

Domingo V de Cuaresma – La resurrección de Lázaro (Jn 11,1-45)

¿Por qué no me convierto? (5/5)

Hemos recorrido el desierto del combate, la montaña de la luz, el pozo de la herida y la noche de la ceguera. La liturgia del quinto domingo del ciclo A nos conduce ahora al umbral más radical: LA MUERTE.

"Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá" (Jn 11,25).

La Cuaresma culmina ante un sepulcro. No es casualidad. El itinerario espiritual iniciado en el desierto llega a su punto decisivo, la muerte.

El relato de la resurrección de Lázaro en el Evangelio según San Juan 11,1-45 no es solamente un milagro extraordinario; es un signo que anticipa la Pascua y revela el núcleo de toda conversión. Allí se ilumina la pregunta que ha atravesado toda esta serie:

¿Por qué no me convierto? Porque tengo miedo a morir. No a la muerte biológica. Tengo miedo a la muerte del hombre viejo.

1.- LA CONVERSIÓN NO ES MAQUILLAJE MORAL

Con frecuencia entendemos la conversión como mejora de conducta. Pero el Evangelio propone algo más radical.

San Pablo lo afirma con contundencia: "Nuestro hombre viejo fue crucificado con Él" (Rm 6,6). El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que por el Bautismo participamos realmente en la muerte y resurrección de Cristo (CEC 1694). No es metáfora: es una transformación que debe hacerse experiencia concreta.

Convertirse implica que algo en mí debe desaparecer. Y eso produce miedo.

Mientras siga queriendo controlar la vida, Dios no podrá transformarla. "Confía en el Señor de todo corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia." (Prov 3,5)

2.- ¿QUÉ ES LO QUE REALMENTE TEMO PERDER?

No suelo resistirme por desconocimiento. Sé que el Evangelio es verdad. El problema es otro: intuyo que cambiar implicará renunciar a algo que considero necesario para mi seguridad.

El miedo adopta formas concretas:

1) Miedo a perder el control

Convertirse significa dejar de ser el centro. Implica decir: "No se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc 22,42). La autosuficiencia muere.

2)  Miedo a perder una identidad

He construido una imagen: competente, fuerte, autosuficiente. La conversión exige humildad. Y la humildad desmonta el personaje que he defendido durante años.

3) Miedo a renunciar a placeres

Hay pecados que no abandono porque, en el fondo, no quiero abandonarlos. Dan gratificación inmediata. El Evangelio exige renuncia real.

4) Miedo al vacío

Si dejo mis seguridades y apegos, ¿qué queda? Temo que al soltarlo todo me quede sin nada.

En el fondo, no confío plenamente en que Dios llenará el espacio que dejo libre.

No convertirse porque se ama más al personaje que construimos, que a la verdad de quien soy ante Dios. "Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí." (Gal 2,20)

3.- LA PEDAGOGÍA DEL SEPULCRO

Lázaro está muerto, envuelto y encerrado. El sepulcro es oscuro, pero estable. Nada cambia allí. No hay riesgo.

Cuando Jesús ordena: "¡Lázaro, sal fuera!" (Jn 11,43), no mejora la tumba; exige abandonarla.

Salir implica vulnerabilidad. Implica dejar la seguridad de lo conocido.

Muchos preferimos una muerte estable a una vida que exige confianza.

El sepulcro representa mis hábitos arraigados, mis racionalizaciones, mis pecados antiguos, mis justificaciones repetidas. Allí todo parece bajo control. La vida nueva exige fe.

El pecado no nos retiene por fuerza... nos retiene porque todavía lo justificamos como necesario. "Todo me es lícito, pero no todo me conviene; no me dejaré dominar por nada." (1 Cor 6,12).

4.- LA CRUZ COMO PASO NECESARIO

El Catecismo recuerda que "el camino de la perfección pasa por la cruz" (CEC 2015). La cruz no es símbolo decorativo; es instrumento de muerte.

La conversión tiene estructura pascual: Viernes Santo: muere el hombre viejo. Sábado de silencio: incertidumbre. Domingo de Resurrección: vida nueva.

San Pablo lo resume con claridad: "Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él" (Rm 6,8). No hay resurrección sin muerte previa.

No hay conversión sin crucifixión: lo que no muere en mí, no puede resucitar. "El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga." (Lc 9,23).

5.- EL MIEDO ES FALTA DE CONFIANZA

Aquí está el punto decisivo.

El miedo a convertirme revela algo más profundo que debilidad moral: revela falta de confianza.

No me convierto porque todavía no estoy plenamente convencido de que la voluntad de Dios es mejor que mis propios planes.

Temo perder libertad, cuando en realidad estoy esclavizado.

Temo perder identidad, cuando en realidad estoy fragmentado.

Temo perder placer, cuando en realidad estoy vacío.

La conversión no es salto al vacío. Es salto a la fidelidad de Dios.

Tememos quedarnos sin nada... porque aún no creemos que Dios es suficiente. "El que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás." (Jn 4,14).

6.- MARÍA, MODELO DE MUERTE CONFIADA

La Santísima Virgen no aparece en el sepulcro de Lázaro, pero su vida entera ilumina este misterio.

Cuando dijo "hágase" (Lc 1,38), aceptó una muerte interior a sus propios planes. Cuando permaneció al pie de la cruz (Jn 19,25), aceptó la aparente derrota del Hijo.

María enseña que la muerte aceptada en obediencia nunca es estéril. Su fe no evitó el dolor, pero abrió paso a la Resurrección.

Ella es modelo de la verdadera Cardiomorfósis: un corazón totalmente disponible a Dios.

María no entendió todo... pero confió en todo. "Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá lo que se te ha dicho de parte del Señor." (Lc 1,45)

7.- LA PREGUNTA FINAL

Al llegar al quinto domingo de Cuaresma, la cuestión es personal.

¿Qué sepulcro me resulta cómodo?

¿Qué parte de mí sé que debe morir y sigo protegiendo?

Cristo no negocia con la muerte; la vence. No reforma el sepulcro; llama a salir.

Ya no es: "¿Qué voy a perder si me convierto?"

Sino: "¿Qué estoy perdiendo por no convertirme?"

El miedo a morir es comprensible. Pero más grave es vivir sin haber resucitado. La Pascua está cerca.

No convertirnos no nos deja igual... nos está haciendo perder la vida que Dios soñó para nosotros. "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?" (Mc 8,36).

ORACIÓN FINAL

Señor Jesucristo, Tú que llamaste a Lázaro fuera del sepulcro, pronuncia también mi nombre.

Dame la gracia de no temer a la muerte del hombre viejo.

Arranca de mí el orgullo, el apego y la autosuficiencia.

Enséñame a confiar cuando todo en mí quiere resistirse.

Espíritu Santo, rompe mis seguridades falsas y dame valentía para salir a la luz.

Santa María, Madre fiel al pie de la cruz, enséñame a decir "hágase" cuando no entiendo, cuando me duele, cuando debo morir a mí mismo.

Que esta Cuaresma no termine en intención, sino en resurrección.

 Amén.