Los que no votan ¡harán la diferencia si votan!

En la elección presidencial de 2024 participó el 61.04% de la ciudadanía inscrita en la Lista Nominal

Los que no votan ¡harán la diferencia si votan!

En cada elección vemos la misma escena: ciudadanos que sí madrugan para trabajar, para llevar a sus hijos a la escuela o para resolver pendientes, pero que el día de votar prefieren quedarse en casa. Lo he visto también como promotor empresarial: cuando la gente participa, las comunidades avanzan; cuando se ausenta, otros deciden por todos.

LA LEGITIMIDAD DEMOCRÁTICA EN RIESGO

Cuando una persona deja de votar, quizá piensa que no pasa nada. Pero sí pasa. Su ausencia se suma a miles de ausencias y, poco a poco, los gobernantes terminan llegando al poder con el respaldo de menos ciudadanos de los que deberían. En la elección presidencial de 2024 participó el 61.04% de la ciudadanía inscrita en la Lista Nominal; dicho de otro modo, casi cuatro de cada diez personas no acudieron a votar. Esa cifra no es menor: refleja una democracia que sí funciona, pero que todavía arrastra un vacío importante de participación.

Y ese vacío tiene consecuencias. Un gobernante electo con baja participación carga desde el inicio con una fuerza moral disminuida. Puede tener el cargo, sí, pero no necesariamente el respaldo amplio que le daría mayor legitimidad ante la sociedad. En municipios como los nuestros, eso se traduce en menor confianza, más distancia entre autoridad y ciudadanía, y un ambiente donde la queja crece más rápido que la colaboración. Un ciudadano responsable entiende que votar no es un gesto simbólico; es una forma concreta de darle o quitarle fuerza al rumbo de su comunidad.

CUANDO MUCHOS CALLAN, UNOS CUANTOS MANDAN

La política tiene una regla silenciosa pero contundente: cuando la mayoría no participa, las minorías organizadas toman el control del resultado. Así de simple. El abstencionismo no deja el tablero vacío; se lo entrega a quien sí llegó, sí se movió y sí votó. Por eso, renunciar al voto no es una postura neutral. Es una decisión que termina fortaleciendo a grupos pequeños, disciplinados y activos, mientras la mayoría observa desde fuera.

Aquí está uno de los mayores errores del abstencionista: creer que al no votar castiga al sistema. En realidad, muchas veces se castiga a sí mismo. Porque luego vendrán decisiones sobre seguridad, servicios, obra pública, apoyo al comercio, desarrollo urbano, agua, educación y salud, tomadas por autoridades elegidas sin la voz de quienes se quedaron en casa. Después vienen las frases de siempre: "nadie nos representa", "todos son iguales", "nunca cambia nada". Pero la democracia no mejora desde la ausencia. Mejora cuando los ciudadanos participan, comparan, exigen y votan con criterio.

EL VOTO JOVEN PUEDE MOVER LA BALANZA

No podemos dejar fuera el valor del voto joven en la balanza política. Los jóvenes no solo representan una etapa de vida; representan energía, visión de futuro, sensibilidad social y capacidad de cuestionar lo que ya no funciona. Cuando la juventud vota, obliga a los candidatos y a los gobiernos a mirar hacia adelante, a hablar de educación, empleo, vivienda, tecnología, medio ambiente, movilidad y oportunidades reales.

Su participación no es decorativa: es decisiva. Un Municipio donde los jóvenes votan es un Municipio con más exigencia, más renovación y más posibilidad de corregir inercias viejas. Por eso, si queremos una democracia más viva, más moderna y más justa, necesitamos que la juventud no se quede en la crítica desde la banqueta, sino que entre al terreno de juego con su voto, su voz y su vigilancia ciudadana.

Y aquí hay una gran oportunidad para Sonora y para Cajeme: conversar más con nuestros jóvenes, escucharlos sin regañarlos y animarlos a participar no solo en redes, sino en las urnas. Porque cuando un joven vota con información, no solo decide una elección; también comienza a construir ciudadanía.

EL COSTO SOCIAL Y ECONÓMICO DEL DESINTERÉS

El abstencionismo no solo afecta a la política; también lastima el tejido social. Va sembrando apatía, desconfianza y resignación. Y una comunidad resignada es una comunidad más vulnerable a la corrupción, al abuso y a la mediocridad pública. Cuando la ciudadanía se desconecta, las instituciones pierden vigilancia, los representantes trabajan con menos presión y la costumbre de exigir resultados se debilita.

Además, hay un costo económico que pocas veces se menciona. Organizar elecciones implica recursos públicos: boletas, casillas, capacitación, logística, personal, seguridad y supervisión. Todo ese esfuerzo se realiza para recoger la voluntad ciudadana. Si millones no votan, el sistema cumple su tarea, pero la representación sale incompleta. Es como pagar entre todos una gran mesa de diálogo y dejar media sala vacía. Por eso, votar es también una forma de honrar el valor de lo público. No basta decir que queremos mejores gobiernos; hay que participar en el momento exacto en que se define quién tomará decisiones sobre nuestro Municipio, nuestro Estado y nuestro país.

Hoy el llamado no debe dirigirse solo a quienes siempre votan. Debe ir, sobre todo, a quienes se han alejado, a los decepcionados, a los cansados, a los que sienten que "su voto no cuenta". Sí cuenta. Y precisamente porque son muchos, pueden hacer la diferencia. Si los abstencionistas votaran, el mapa político de muchos municipios cambiaría, las campañas tendrían que escuchar más, los candidatos tendrían que esforzarse mejor y los gobernantes sabrían que hay una ciudadanía despierta detrás de cada decisión.

La acción concreta para el lector es sencilla: antes de la próxima elección, habla con tres personas de tu familia o de tu trabajo que normalmente no votan. No las regañes. Escúchalas. Pregúntales por qué se alejaron y ayúdalas a entender que su ausencia también decide. La democracia necesita conversación, pero también necesita presencia.

MINI-RETO DE LA SEMANA:

Habla con un abstencionista cercano y convéncelo de acompañarte a votar en la próxima jornada electoral.

Cuando votemos todos, la política dejará de ser solo discurso y empezará a parecerse más a lo que las familias necesitan: seguridad, prosperidad, salud, cultura y educación. La democracia se fortalece cuando nadie se queda fuera.

Respetuosamente

NotasE@corporativoimpulso.com.mx


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