Que la paz de Cristo, que superó toda noche y toda incertidumbre, sea realidad diaria en cada hogar, en cada escucha y en cada respuesta generosa al llamado del Señor. Comenzamos este año con el corazón abierto a la luz del Misterio que hoy celebramos, la Epifanía del Señor, la manifestación de Jesús a todas las naciones, orientando nuestra mirada no solo hacia el pasado del evento, sino hacia la misión que nos confía hoy.
La Epifanía nos recuerda que el Niño nacido en Belén es Luz para el mundo entero (cf. Is 60, 1-6). Aquellas estrellas que guían a los magos de Oriente nos hablan de un Cristo que no excluye, que no reserva su salvación a unos pocos, sino que extiende su gracia a toda la humanidad. En este sentido, la Epifanía es, también para nosotros, una llamada urgente a salir de nuestras seguridades y conformismos, para ir al encuentro de todos, especialmente de aquellos más necesitados de esperanza, de sentido, de paz y de unidad.
En el año que dejamos atrás, la Iglesia universal vivió dos acontecimientos profundos para nuestra fe y nuestra misión. Por un lado, el Año Jubilar de la Encarnación, que nos invitó a reconocer en la vida de Jesús el misterio de Dios hecho carne, caminando con nosotros y para nosotros —una encarnación que sostiene nuestra esperanza y nos llama a ser peregrinos de la esperanza en un mundo fragmentado.
Por otro lado, el 2025, vivimos la partida a la Casa del Padre del Papa Francisco I, cuyo estilo de gobernar desde la humildad, la sencillez y la cercanía marcó profundamente la historia de la Iglesia contemporánea. Ser el primer Papa latinoamericano fue, sin duda, un signo de que Dios pone su mirada en este continente de esperanza, recordándonos que la misión evangelizadora no es unidireccional ni limitada geográficamente. Cuando el Espíritu Santo condujo al cónclave a elegir a otro cardenal americano como sucesor de Pedro, fue como si se nos dijera una vez más: el mensaje del Evangelio no se agota ni se retira; sigue siendo necesario proclamarlo con audacia y ternura a todos los rincones del mundo.
El Papa León XIV, con su nombre lleno de simbolismo, nos recuerda también que la misión de la Iglesia no es construir una unidad superficial, sino una unidad profunda en Cristo —unidad que no se reduce a estar juntos—, sino que se traduce en sinergia misionera, comunión fraterna y anuncio decidido del Evangelio. Esta unidad no es un ideal lejano, sino la expresión de que Jesucristo es el Príncipe de la Paz, el fundamento firme sobre el cual podemos mantenernos incluso en medio de las tempestades (cf. Ef 4, 4-6).
San Juan Bosco, en una visión que ha sido considerada profética para nuestra vida eclesial, presenta a la Iglesia como un barco enfrentando las olas del mar; en la proa está el Papa, sostenido por dos pilares seguros, Jesús Eucaristía y María Auxiliadora. Estas dos anclas, firmes y profundas, ofrecen seguridad a la Iglesia y a cada creyente en medio de toda tempestad. Hoy, más que nunca, necesitamos reencontrarnos con estas seguridades espirituales que sostienen nuestro caminar: la Eucaristía como fuente y cumbre de la vida cristiana, y María, modelo de disponibilidad total al plan de Dios.
Entramos en un año que presenta grandes retos y oportunidades para la Iglesia. Ya en este mes de enero se vislumbra una etapa decisiva, un consistorio extraordinario que reunirá a cardenales de todo el mundo, convocados por el Santo Padre para discernir juntos los caminos de la Iglesia en un mundo que sigue pidiendo luz, verdad y esperanza. A continuación, vendrá la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que se celebra en torno a la fiesta de la conversión de San Pablo (25 de enero). Este tiempo nos invita a recordar que la unidad cristiana no es un sueño idealizado, sino una responsabilidad misionera, un compromiso con la fidelidad al Señor y un testimonio de Evangelio ante un mundo que anhela reconciliación y paz auténtica.
El tema de reflexión propuesto para este año, tomado de la Carta a los Efesios 4,4; expresa con belleza y profundidad este anhelo: "Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como una es la esperanza a la que habéis sido llamados".
Este llamado se arraiga en la antigua tradición de la Iglesia Apostólica Armenia, considerada la primera nación en adoptar el cristianismo como religión oficial en el año 301 d.C. Los materiales espirituales que acompañan este tema incluyen himnos y oraciones provenientes de los antiguos monasterios de Armenia, algunos de los cuales datan del siglo IV. Estos tesoros nos invitan a reflexionar sobre la unidad no solo como una realidad estructural, sino como una comunión espiritual profunda, fundada en la esperanza común de la fe en Cristo.
Además, este año 2026 marca el centenario de la Guerra Cristera, un periodo doloroso, pero también lleno de testimonios de fe y fidelidad que no podemos olvidar. La sangre de tantos laicos y sacerdotes, que en México entregaron la vida por amor a Cristo y su Iglesia, sigue siendo un testimonio vivo de la fuerza de la esperanza cristiana frente a la persecución y la injusticia. En Sonora, como bien sabemos, este episodio se extendió más allá de los años treinta y trajo consigo consecuencias que aún resuenan en la memoria de muchas familias y comunidades.
Frente a estos acontecimientos —el Año Jubilar de la Encarnación, el tránsito de un Papa querido, la elección de un nuevo Pontífice con un horizonte de unidad y paz, las convocatorias eclesiales de enero y el centenario cristero— estamos llamados a vivir con conciencia profunda nuestra fe, no como algo estático, sino como una esperanza que nos impulsa a ser testigos y constructores de reconciliación, justicia y comunión.
Que esta Epifanía nos dé la luz para discernir, la fuerza para caminar y el coraje para anunciar a Cristo a todos. Que la Iglesia, en medio de los desafíos de este tiempo, sea cada vez más signo y sacramento de unidad en un mundo que necesita urgentemente la paz que solo Jesús puede dar.
ORACIÓN FINAL
Señor Jesús, luz del mundo, te damos gracias por este nuevo año 2026.
Te damos gracias por los dones recibidos: el Jubileo de la Encarnación, el servicio pastoral del Papa Francisco I, y el don de la unidad que nos llamas a vivir bajo el pontificado de León XIV.
Haznos peregrinos de la esperanza, sostenidos siempre por la Eucaristía y María Auxiliadora.
Que tu Espíritu nos conceda unidad profunda, corazón misionero y paz verdadera.
Bendice a tu Iglesia en este tiempo, guía a sus pastores, protege a tu pueblo, y hace que vivamos siempre como uno solo en ti.
Concede Señor que los planes pastorales parroquiales, eficaces y eficientes logren en la sencillez alcanzar a mas hermanos que se han alejado o estaban ya alejados de la experiencia de fe, que el Señor quiere para todas las familias seamos uno, para que el mundo crea, se convierta y se salve.
Amén.
saulportillo@hotmail.com




