Desmitificando Fronteras

La ciencia del autoengaño: Por qué nuestro cerebro necesita mentirnos para sobrevivir

Desmitificando Fronteras

El Nobel portugués José Saramago sentenció alguna vez: "Somos cuentos de cuentos contando cuentos". Esta noción poética no es una mera abstracción literaria, sino un hecho irrevocable respaldado hoy desde la neurociencia contemporánea.

Las investigaciones neurológicas han demostrado que, cada vez que narramos un episodio de nuestra vida personal o familiar, el cerebro no accede a un archivo estático, sino que flexibiliza las asociaciones biológicas de ese recuerdo. Al contar la historia, la información se recodifica; por ello, todos somos propensos a la confabulación. Con el tiempo, el relato tiende a magnificarse. Recreamos la memoria en cada narración, retocándola o aplicándole una especie de "filtro de Photoshop" mental. La ciencia es tajante al respecto: la memoria humana es un material infinitamente maleable.

Cada vez que recordamos un evento, el cerebro activa un complejo mecanismo llamado reconsolidación. En este estado de transición, el recuerdo original se desestabiliza y se vuelve vulnerable, mezclándose de forma inadvertida con información inédita, estados emocionales del momento o los sesgos ideológicos de nuestro presente. Al volver a almacenarlo en el hipocampo, elaboramos una "fotocopia" neuronal con alteraciones invisibles, alejándonos un paso más de la realidad objetiva o fáctica.

Sin embargo, sería un error clínico y filosófico asumir que este autoengaño es un fallo del sistema. Por el contrario, es una de nuestras herramientas evolutivas más sofisticadas. Según el biólogo evolutivo estadounidense Robert Trivers, nos mentimos a nosotros mismos sistemáticamente para perfeccionar el arte de engañar a los demás. En términos antropológicos, creer ciegamente en nuestra propia narrativa facilita la persuasión y fortalece la cohesión social, lo que ha garantizado el triunfo de nuestra especie.

Esta maquinaria de ilusión es constante. Las investigaciones actuales indican que el hemisferio izquierdo de nuestro cerebro actúa como un "intérprete" que inventa explicaciones coherentes para justificar conductas que no comprendemos del todo, protegiendo a toda costa nuestro frágil sentido de unidad. Esta vulnerabilidad es medible: los estudios de la psicóloga cognitiva Elizabeth Loftus demostraron que es posible implantar recuerdos totalmente falsos (desde haberse perdido en la infancia en un centro comercial hasta incidentes más severos) en aproximadamente un 25% de los individuos mediante simples técnicas de sugestión. Nuestra "verdad" personal es altamente porosa.

LA VEJEZ COMO REESCRITURA

Esta maleabilidad alcanza un clímax trágico y fascinante en la vejez. En el invierno de la vida, la memoria no solo nos falla, sino que nos traiciona con una elegancia perversa. Los estudios de gerontología cognitiva revelan que el cerebro envejecido prioriza la regulación emocional sobre la exactitud histórica. Surge entonces lo que la psiquiatría define como "amnesia de la fuente" (source amnesia): la incapacidad de recordar dónde, cuándo o cómo se adquirió una información. En esta etapa, el anciano reconstruye su biografía a partir de verdades a medias, confundiendo sin malicia la realidad con la ficción consumida, los sueños vívidos o los relatos prestados de otros. El pasado deja de ser lo que ocurrió y se convierte en lo que necesitamos que haya ocurrido para morir en paz.

Semejante plasticidad mental nos arrastra a la crisis de identidad que Jean-Paul Sartre diseccionó en su Obra "La náusea". El filósofo francés reflexiona sobre cómo el mero acto de enunciar transforma el caos en destino. En voz de su protagonista: "Para que el suceso más común se convierta en aventura, es necesario y suficiente contarlo. Esto es lo que engaña a la gente; los seres humanos somos siempre narradores de historias; vivimos rodeados de nuestras historias y de las ajenas, vemos todo lo que nos sucede a través de ellas".

El acto de contar transforma lo cotidiano en epopeya, pero siempre a expensas de la precisión. Es ahí donde germina la belleza de la ficción para seducirnos. Bien lo resumió el poeta cubano José Ángel Buesa en su "Poema de La mentira": "Era una mentira tan bella, que yo mismo creí en ella". Esta línea destila la facilidad con la que nuestro cerebro prefiere cobijarse en una narrativa simétrica y reconfortante antes que enfrentarse a la intemperie de una verdad escandalosa, fragmentada o insoportablemente dolorosa.

En consecuencia, la memoria no es un notario; es un novelista. Nunca recordamos exactamente lo que vivimos en el instante mismo de relatarlo. Y es precisamente aquí donde radica nuestra mayor y más noble divergencia frente a los emergentes sistemas de Inteligencia Artificial. Mientras que los algoritmos procesan, almacenan y recuperan datos de manera estática, literal e infalible, carecen de esa indispensable distorsión creativa y subjetiva que nos hace humanos. La máquina procesa información ciega; nosotros, en cambio, habitamos su significado. Somos un relato en constante edición.

Nuestra memoria es defectuosa, inexacta y profundamente embustera, sí, pero es justamente esta capacidad de retocar, olvidar selectivamente y mitificar nuestro propio dolor lo que nos salva del nihilismo absoluto. Nos autoengañamos porque la verdad desnuda es letal. En un universo mudo y regido por el azar de los hechos crudos, nuestra única forma de sobrevivir es contarnos una mentira lo suficientemente hermosa por la cual valga la pena vivir.

El Dr. Castro fue consejero externo para el Gobierno de México y presidente de la comisión de asuntos fronterizos del Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME). Ha sido catedrático, decano y vicerrector para desarrollo internacional en Pima College de Tucson, Arizona.

rikkcs@gmail.com