Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se consolidó como una superpotencia militar y económica sin precedentes. Con la mayoría de las economías europeas y asiáticas destruidas, el país concentró casi el 50% del producto global bruto, mientras expandía su alcance militar a todo el planeta. Con el auge de la Unión Soviética, el mundo se dividió. El modelo bipolar ganó aliados y enemigos en todos los frentes. Eduardo Galeano resumió esta fractura estructural: "El mundo capitalista sacrifica la justicia en nombre de la libertad; el bloque socialista sacrifica la libertad en el altar de la justicia". Sin embargo, más allá de las ideologías, los imperios sólo pueden juzgarse en comparación con otros imperios.
Todo imperio persigue la expansión y el control. Como señalan el historiador Paul Kennedy y el politólogo Michael Doyle, el núcleo imperial es el control de soberanías ajenas. Los imperios concluyeron temprano que la fuerza bruta es ineficiente por sí sola; requieren la asimilación de las élites de los países dominados y el desarrollo de infraestructura. El Imperio Romano trazó acueductos; el británico construyó el sistema ferroviario en India, y el español instaló hospitales y universidades en América. Todos justificaron su expansión afirmando llevar "civilización", pero utilizaron esta infraestructura para extraer riqueza, devastando a las naciones que resistían.
Estados Unidos no es la excepción. Transitando del expansionismo continental a la supremacía económica a la dominación global, el país mantuvo su hegemonía sustituyendo el control territorial directo por el dominio logístico, el control de las telecomunicaciones y el monopolio de patentes, lo que facilitó su superioridad comercial. Simultáneamente, la superpotencia implementó acciones de "poder blando" para proyectar un liderazgo moral que cautivó a sus aliados. He ahí la gran capacidad de seducción de la superpotencia.
EE.UU. creó USAID, la principal agencia de asistencia humanitaria internacional; diseñó PEPFAR (el programa global contra el SIDA); firmó acuerdos comerciales libres de aranceles para países africanos; desplegó asistencia alimentaria de emergencia y estableció el Servicio Aéreo Humanitario (UNHAS) para enviar suministros a zonas de conflicto. Estas iniciativas crearon estabilidad internacional, abrieron mercados y fortalecieron la seguridad de Washington. Al proyectar tal liderazgo, el país legitimó su poder y su narrativa excepcionalista de "nación indispensable", convenciendo a otros de alinearse por interés propio, no por coerción.
Hoy, ese liderazgo moral fue reemplazado por una inmoralidad institucionalizada. El poder ejecutivo desmanteló o congeló administrativamente todos estos programas, cancelando el 83% de los proyectos de USAID. Un estudio de The Lancet advierte que los recortes a la asistencia exterior causarán 14 millones de muertes prevenibles para 2030. Simultáneamente, el Nobel de Economía Joseph Stiglitz ha denunciado a la actual administración por destruir las instituciones democráticas y concentrar la riqueza en las élites corporativas a expensas del Estado de Derecho.
En un planeta donde la agricultura produce suficientes calorías para alimentar a toda la población humana, el hambre es una decisión política. Esto quedó claro al cancelar el sistema de alerta temprana de hambrunas (FEWS NET) en 2025. Ese mismo año, las muertes por cólera casi se duplicaron en África por el retiro de fondos. Es una realidad brutal, capturada en la crítica a Elon Musk, designado por el presidente para recortar el gasto federal: "El hombre más rico del mundo quitándoles la comida a los niños más pobres del planeta".
En su libro "Cómo ocultar un imperio", el historiador Daniel Immerwahr argumenta que Estados Unidos encubrió su control imperial bajo la fachada de una República anticolonial, utilizando tecnología, estandarización y retórica para dominar el mundo sin reclamar territorio. La ayuda humanitaria y el poder blando formaban parte esencial de este disfraz. Al cancelar estos programas de asistencia, la superpotencia destruye su propia fachada legitimadora y su narrativa de su "superioridad" y liderazgo.
Mientras esto sucede, el proyecto Costsof War de la Universidad de Brown y el Levy Economics Institute calculan que el gasto de la guerra en Irán a junio de 2026 alcanza entre 1,000 y 2,000 millones de dólares diarios. Estimaciones del Pentágono superan los 29,000 millones. El costo verdadero es mayor: incluye destrucción de equipo militar, 40,000 millones en sobrecostos de gasolina y diésel, atención médica para veteranos y una inflación generalizada. Entretanto, el Food Policy Institute británico advierte sobre una inminente crisis global de precios en los alimentos que provocará inseguridad alimentaria en todo el mundo.
Los 50,000 millones de dólares en fondos adicionales solicitados para financiar este conflicto podrían cubrir un año entero de subsidios médicos (ley ACA) para millones de estadounidenses, y sobrarían 20,000 millones. El Center for American Progress detalla que lanzar un solo misil Tomahawk (2.2 millones) equivale a un año de seguro médico para 775 niños, mientras que el presupuesto quemado en los primeros días del conflicto habría bastado para garantizar asistencia alimentaria a 2 millones de personas durante un año o reparar más de 10,000 puentes a nivel nacional.
El imperio está desnudo. Al desechar sus programas de asistencia global alegando austeridad presupuestal, un cuasi-emperador ha despojado a una gran potencia del liderazgo moral que justificaba su hegemonía. Lo que queda a la vista es la inmoralidad de un Gobierno dispuesto a sacrificar a los más vulnerables para proteger la concentración de poder. Mientras Washington afirma carecer de fondos para combatir la hambruna o el cólera, tan solo en 2022, debido a la crisis global por Ucrania, cinco corporaciones petroleras occidentales acumularon ganancias superiores a los 196,000 millones de dólares en un solo año. El mensaje es claro: la guerra cancela el pan, pero garantiza los dividendos.
El Dr. Castro fue consejero externo para el Gobierno Mexicano y presidente de la comisión de asuntos fronterizos del Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME). Ha sido catedrático, decano y vicerrector para desarrollo internacional en Pima College de Tucson, Arizona.
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