Papa León XIV hace llamado urgente a la conversión en un mundo herido

Reconocer el propio pecado, dijo es un acto contracorriente, pero necesario al celebrar su primer Miércoles de Ceniza como pontífice

Admitir errores abre la puerta a un camino real, dijo.
Admitir errores abre la puerta a un camino real, dijo.

En la Basílica de Basílica de Santa Sabina, el Papa León XIV presidió por primera vez la misa del miércoles de ceniza como pontífice y lanzó un mensaje contundente al señalar que la Cuaresma no es una tradición vacía, sino una llamada urgente a la conversión personal y comunitaria en medio de un mundo marcado por la guerra, la injusticia y la pérdida de lo sagrado.

Citando al profeta Joel, subrayó que la conversión no es individualista, sino una tarea que involucra a todos tanto niños, jóvenes, esposos, sacerdotes y ancianos. En una sociedad fragmentada, reunir al pueblo significa construir comunión sin caer en nacionalismos agresivos.

UN PUEBLO QUE RECONOCE SUS FALLAS

León XIV advirtió que el mal no proviene solo de enemigos externos, sino que también habita en los corazones y en estructuras económicas, culturales, políticas y religiosas. Reconocer el propio pecado, afirmó, es un acto contracorriente, pero necesario.

La Iglesia, dijo, está llamada a ser profecía en un mundo que a menudo se declara impotente ante sus crisis. Admitir errores abre la puerta a un cambio real y a procesos de renovación auténtica.

JÓVENES Y CENIZA, LA ESPERANZA EN MEDIO DE LA CRISIS

Uno de los momentos más significativos fue su referencia a los jóvenes, quienes, incluso en contextos secularizados, perciben con fuerza el llamado del miércoles de ceniza.

Según el papa, muchos anhelan una vida más justa y asumen su responsabilidad ante lo que no funciona en la Iglesia y en el mundo.

Retomando palabras de Pablo VI, describió la ceniza como una "pedagogía realista" que desenmascara la autosuficiencia y confronta la fragilidad humana. En un planeta "que arde", entre guerras y ecosistemas devastados, la ceniza recuerda que reconocer el pecado ya es un signo de resurrección.

La Cuaresma, concluyó, conduce del polvo a la vida nueva la de no quedarse en las cenizas, sino levantarse con esperanza, porque la última palabra no es la muerte, sino la resurrección.