El siglo IX en Córdoba no era tierra fácil para los cristianos que se negaban a doblegarse. Y entre ellos destacó Isaac, un hombre de origen noble que lo había tenido todo: educación en árabe, un cargo como administrador de rentas y un futuro prometedor. Sin embargo, en el año 848, decidió dar un giro radical. Sintió que lo material lo alejaba de lo espiritual y se retiró al monasterio de Tábanos, donde el abad Martín terminó de moldear su alma.
Pero Isaac no estaba hecho para quedarse callado. Años después, abandonó la clausura y se plantó ante el cadí con una sinceridad brutal: le dijo lo que pensaba de su fe y de su profeta. El juez musulmán intentó disuadirlo, pero al verlo firme como una roca, ordenó que lo degollaran. Su cuerpo fue colgado en la orilla del Guadalquivir, quemado seis días más tarde y arrojado al río. Tenía solo 25 años. Era el 3 de junio del año 851, y la Iglesia recuerda esa fecha como su día.
REACCIONES Y CONSECUENCIAS TRAS LAS EJECUCIONES
Lo curioso es que ni el cadí ni el emir esperaban lo que pasó después. El propio juez terminó informando al gobernante sobre la entereza de Isaac. La respuesta del emir fue fulminante: también mandó degollar al cadí.
Dos días más tarde, otro mártir se sumó a la lista: Sancho, un joven esclavo en la guardia del sultán, nacido cerca del Pirineo. Lo acusaron de alta traición e impiedad, y lo ejecutaron de la forma más atroz: empalado. Una larga estaca atravesó su cuerpo mientras lo levantaban en el aire. Murió tras una larga agonía.
Pero la sangre ya había calentado los ánimos. El domingo 7 de junio, seis hombres vestidos con hábitos monacales se presentaron voluntarios ante el juez musulmán. Sin miedo, le espetaron: «Repetimos lo mismo que Isaac y Sancho. Sois unos ilusos, engañados por un hombre perverso. Haz lo que quieras, dicta sentencia, usa a tus verdugos». Entre ellos había figuras notables: Pedro, joven sacerdote; Walabonso, diácono nacido en Niebla; Sabiniano y Wistremundo, del monasterio de Armelata; Jeremías, un anciano cordobés que había gastado su fortuna en construir el monasterio de Tábanos; y Habencio, también de Tábanos. Todos fueron decapitados.
En apenas unos días, ocho hombres sellaron su destino con una convicción que ni el emir ni el paso del tiempo han logrado borrar.





