Hay vidas santas que parecen sacadas de una novela, pero la de Benito Massarari es real, y más fascinante que cualquier ficción. Corría el siglo XVI cuando este hombre nació en el seno de una familia esclava, probablemente de origen nubio, que trabajaba en una finca cerca de Messina, Sicilia. Esclavo desde la cuna, su infancia transcurrió pastoreando rebaños ajenos, sin escuela, sin privilegios, sin futuro visible.
¿Cómo fue la vida y formación espiritual de Benito Massarari?
Sin embargo, su dueño terminó dándole la libertad. Con el poco dinero que logró ahorrar, Benito compró un par de bueyes y comenzó a labrar su propio destino. Pero el mundo no lo atraía. A los veintitantos años sintió el llamado de lo esencial y se unió a un grupo de ermitaños que seguían el ideal de Francisco de Asís. Fue su primera familia espiritual.
Hacia 1564, por razones que la historia no termina de aclarar, aquella comunidad se deshizo. Algunos biógrafos sostienen que Benito fundó entonces un nuevo grupo; otros, que simplemente tocó a las puertas de un convento ya establecido. Lo cierto es que terminó vistiendo el hábito franciscano en el convento de Monte Pellegrino, cerca de Palermo. Como no sabía leer ni escribir —nunca tuvo maestro—, lo pusieron en la cocina. Hermano lego, sí, pero con una habilidad especial entre pucheros y sartenes.
Elección y liderazgo en el convento de Monte Pellegrino
Y aquí viene lo curioso. En aquel convento, como en tantos otros, la buena mesa tentaba a más de uno. La regla franciscana predicaba austeridad, pero la práctica no siempre estaba a la altura. Benito, sin embargo, convirtió la cocina en un altar. No se guardó recetas milagrosas —nadie las documentó—, pero quienes lo trataban notaban algo más que sazón en sus manos: piedad a raudales, humildad conmovedora y, sobre todo, un don para curar enfermos que llegaban incluso desde fuera del convento.
El año 1578 trajo lo inesperado: sus propios hermanos frailes lo eligieron superior del convento. Piensa en ello: un exesclavo, analfabeto, sin estudios de teología ni experiencia en gobierno, al frente de una comunidad religiosa. ¿Por qué? No fue por sus guisos. Aquellos frailes vieron en él una hondura espiritual que pocos títulos académicos podían igualar. Tuvieron que rogarle para que aceptara. Y cuando al fin dijo que sí, impuso una interpretación tan estricta de la regla franciscana que más de uno debió extrañar los tiempos en que Benito solo cocinaba.
Después volvió a lo suyo: fue maestro de novicios y, otra vez, cocinero. Allí, entre el vaho de las ollas y el rumor del fuego, recibía a los enfermos que acudían en busca de su rezo y su toque milagroso. Porque Benito, el Negro, el Moro, el que nació encadenado, demostró que la santidad no entiende de pieles ni de letras. Entiende de amor, de entrega y de ese calor humilde que también sale de una cocina conventual.




