Cuando pensamos en los apóstoles, solemos recordar a Pedro, Juan o Mateo. Pero hubo dos hombres, llamados Felipe y Santiago, que caminaron junto a Jesús, compartieron sus días más íntimos y murieron por su fe. Lo curioso es que hoy sus reliquias siguen juntas, en la Basílica de los Santos XII Apóstoles en Roma, un detalle que pocos conocen.
LIDERAZGO Y LEGADO DE SANTIAGO
Felipe era de Betsaida, el mismo pueblo de Pedro y Andrés. Había sido discípulo de Juan el Bautista y pasó años esperando al Mesías. Por eso, cuando Jesús lo encontró y le dijo: "Sígueme", no lo dudó. Lo vemos en momentos clave: en el desierto, antes del milagro de los panes y los peces, y en la Última Cena, cuando le pidió a Cristo mostrarles al Padre. Tras Pentecostés, cruzó Asia Menor predicando en lugares inhóspitos como Escitia y Frigia. En Hierápolis lo crucificaron cabeza abajo, en una cruz con forma de X. Su muerte fue lenta, pero jamás negó a Jesús.
Santiago, en cambio, era primo hermano de Cristo (según tradiciones antiguas) e hijo de Alfeo, hermano de José. Pablo lo llamó "el hermano del Señor", un título que en aquel tiempo designaba a los parientes más cercanos. Lideró la Iglesia de Jerusalén después de Santiago el Mayor y presidió el famoso concilio del año 50, donde se discutió si los paganos convertidos debían circuncidarse. Además, escribió una de las cartas más prácticas del Nuevo Testamento, donde lanza una frase que aún resuena: "La fe sin obras es una fe muerta". Su vida fue austera: nada de carne, nada de vino. Por eso le decían "el Justo". Murió apedreado entre los años 62 y 66.




