Mucho antes de que Europa y América celebraran el 24 de mayo, en lugares como Grecia, Egipto o Antioquía, los primeros cristianos ya llamaban a la Virgen con un nombre especial: Boetéia, que significa "la que trae auxilios del cielo". No era solo un título bonito. Era una declaración de confianza.
San Juan Crisóstomo, en el siglo IV, la llamó "auxilio potentísimo" para los seguidores de Cristo. Pero fue San Juan Damasceno quien popularizó esa jaculatoria corta que aún hoy se repite: "María Auxiliadora, rogad por nosotros". Para él, Ella era auxilio para la salvación, para los peligros y para la hora de la muerte.
Historia y consolidación de la devoción en el siglo XIX
Uno de los momentos más increíbles de esta devoción ocurrió en el siglo XIX. Napoleón tenía prisionero al Papa Pío VII. Todo parecía perdido. El Pontífice prometió entonces instituir una fiesta en honor a María si recuperaba su libertad. Napoleón, burlón, decía que ninguna excomunión le quitaría el fusil a sus soldados. Pero el frío de Rusia sí lo hizo. Su ejército quedó destruido, él fue derrocado y murió en prisión. El Papa, libre, cumplió su promesa: desde 1814, cada 24 de mayo se celebra a María Auxiliadora.
Años después, un humilde campesino llamado Juan Bosco, que de niño había pedido limosna para estudiar, recibió un encargo en sueños: construirle un templo a la Virgen bajo ese título. Y así nació la Basílica de María Auxiliadora en Turín. Don Bosco solía decir: "Propagad esta devoción y veréis lo que son milagros". Cada ladrillo de esa obra, afirmaba, correspondía a un favor de Ella.
Hoy, millones de personas siguen invocándola. No como una figura lejana, sino como una madre que sigue trayendo auxilio desde el cielo, especialmente a los que más sufren.





