Vale la pena recordar estimado lector que Morena ya repartió las coordinaciones estatales y cuando no pareciera que viniera algo más difícil, viene repartir el resto del "pastel del poder".
Las diputaciones federales, las locales y las alcaldías pondrán a competir otra vez a los grupos que acaban de disputar las gubernaturas. Si los agravios siguen abiertos, la siguiente ronda puede convertirse en una revancha.
El nombramiento de Andrea Chávez en Ciudad Juárez deja una señal bastante incómoda. Es decir, después de perder la Coordinación Estatal de Chihuahua frente a Cruz Pérez Cuéllar, recibió la coordinación municipal, que la perfila hacia la candidatura a la alcaldía de Ciudad Juárez, sin convocatoria ni encuesta, es decir, por simple acuerdo del partido.
Esto definitivamente es una compensación política; aunque oficialmente no se ha reconocido así. Pero la pregunta es válida de, ¿por qué unos deben medirse por encuesta y otros reciben directamente una coordinación?, a esto le llamamos el arte de negociar espacios en la política.
El problema a mi criterio es que el partido no explica dónde termina la encuesta y dónde empieza el acuerdo. Esa ambigüedad tiene consecuencias graves para Morena, pues enseña a los aspirantes que mantener presión después de perder puede abrir otra puerta. Lo que resuelve un conflicto en Chihuahua podría alimentar exigencias semejantes en otros estados. Yo invitaría a Morena a que tampoco hay que comprar todas las quejas de los derrotados.
Si decide hacerlo, las disputas de Sonora, Nuevo León, Guerrero, Zacatecas, Michoacán y Quintana Roo, donde los procesos han sido fuertemente cuestionados, será la apertura de una verdadera "caja de Pandora" donde no sabremos medir que podrá ocurrir, es decir, hasta donde se podrá "estirar la liga".
La siguiente convocatoria de coordinaciones tendrá una lógica territorial. Los grupos que perdieron la Coordinación Estatal buscarán conservar municipios y diputaciones, así como los ganadores intentarán afianzar su conducción.
Si no hay criterios claros, cada nombramiento podrá leerse como una exclusión o un cobro de cuentas. Y el partido terminará negociando por separado lo que debió ordenar desde el principio.
Por eso, la operación cicatriz debe ir más allá de una foto o una candidatura de compensación. Necesita acuerdos sobre cómo competir por los espacios pendientes, garantías para los grupos y límites para todos. El ganador no puede apropiarse del partido; el derrotado tampoco puede exigir una posición a cambio de aceptar las reglas.
Recordemos que Morena conserva una fuerza electoral considerable. Pero esa fuerza no vuelve prescindibles a sus operadores ni garantiza que todos trabajen con la misma disposición. El costo de una mala negociación puede aparecer sin renuncias: Menos movilización, respaldos tibios y equipos que cumplen en público mientras reservan su esfuerzo.
Las próximas coordinaciones federales y locales mostrarán si hubo reconciliación o solamente una pausa. Si Morena llega a ellas con reglas inciertas y agravios pendientes, tendrá que enfrentar de nuevo a los mismos grupos, ahora en más territorios.
A ello, me sigo entonces preguntando si todo esto es lucha de poderes, ¿y la encuesta, apá?

