Setenta veces siete: «Cuando el corazón aprende a perdonar»

No se trata de llegar a 490 y entonces dejar de perdonar. Es una manera de decir, siempre

Setenta veces siete: «Cuando el corazón aprende a perdonar»

Cuando vamos a misa, el Evangelio nos invita a descubrir, que Jesús nos está hablando directamente a nosotros. Releyendo una homilía del cardenal padre Fray Raniero Cantalamessa, OFM Cap., que fue predicador de la casa pontificia por 44 años, comparto elementos para nuestra reflexión, lo que nos invita la Palabra de Dios en este día.

Este domingo, en Mateo 18, 21-35; Pedro se acerca a Jesús con una pregunta que quizá también nosotros hemos formulado alguna vez: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?»

Pedro probablemente piensa que está siendo generoso. Siete veces parece mucho. Pero Jesús rompe cualquier cálculo: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».

No se trata de llegar a 490 y entonces dejar de perdonar. Es una manera de decir, siempre. El perdón cristiano no funciona con una calculadora.

Pero aquí comienza lo verdaderamente importante.

¿POR QUÉ DEBERÍA PERDONAR?

Porque Jesús no solamente nos da una orden; también nos revela la razón.

Cuenta Jesús una parábola, habla de un hombre que tiene con su señor una deuda gigantesca. Diez mil talentos. Una deuda humanamente impagable. El rey, movido a compasión, no solamente le concede tiempo, le perdona la deuda.

Aquel hombre acaba de experimentar una misericordia inmensa.

Pero al salir encuentra a un compañero que le debe una cantidad mucho menor. Y, a pesar de haber recibido misericordia, él se niega a tener misericordia.

Aquí está el drama: Ha recibido el perdón, pero el perdón no ha llegado todavía a su corazón.

Cantalamessa señala precisamente esta desproporción, la deuda que Dios nos perdona es inmensamente mayor que aquella que nuestro hermano puede tener con nosotros.

Y entonces aparece una pregunta incómoda para nuestra vida espiritual: ¿Cuánto he recibido de Dios y cuánto me cuesta perdonar a los demás?

Porque podemos acercarnos al sacramento de la Reconciliación, recibir el perdón de Dios, rezar el Padre Nuestro y, sin embargo, conservar cuidadosamente una deuda contra alguien.

Decimos: «Perdono, pero no olvido». «Que Dios lo perdone; yo no puedo». «Después de lo que me hizo, jamás volverá a ser igual». Y quizá Jesús nos está invitando a mirar nuestra propia deuda antes de mirar la deuda del otro.

CRISTO NO SOLAMENTE ENSEÑÓ A PERDONAR

Jesús no se limitó a predicar el perdón. Lo llevó hasta la cruz. Mientras lo están crucificando, pronuncia una oración que parece humanamente imposible: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».

Cristo no solamente nos dice: Perdona. Cristo nos muestra cómo se perdona.

Y hay algo todavía más profundo: Él nos comunica la gracia necesaria para hacerlo.

Por eso el perdón cristiano no consiste simplemente en reunir fuerzas psicológicas y decir: «Tengo que perdonar». Hay heridas que son demasiado profundas para nuestra sola voluntad.

Hay traiciones que dejan cicatrices.

Hay palabras que no se pueden retirar, personas que nos han hecho un daño real. Por eso necesitamos acudir a Cristo.

EL CRISTIANO NO PERDONA SOLAMENTE CON SUS PROPIAS FUERZAS; APRENDE A PERDONAR DESDE EL PERDÓN QUE PRIMERO RECIBIÓ DE CRISTO.

Perdonar no significa decir que el mal estuvo bien. Aquí debemos ser muy claros.

Perdonar no significa justificar la injusticia, no significa permitir que alguien continúe haciéndonos daño, no significa renunciar siempre a la justicia, no significa que una víctima deba permanecer en una situación de violencia.

El Evangelio no convierte el perdón en complicidad con el mal.

Puede ser necesario poner límites, alejarse, denunciar una injusticia o acudir a la autoridad correspondiente.

Pero hay algo que sí podemos decidir: no permitir que el mal que alguien nos hizo termine gobernando nuestro corazón.

La justicia puede detener una injusticia; pero solamente el perdón puede impedir que la injusticia continúe multiplicándose dentro de nosotros.

Por eso Cantalamessa recuerda que el perdón rompe la cadena de la venganza y de la violencia. «Pero yo no siento que lo haya perdonado». Esta quizá sea una de las objeciones más frecuentes. «Yo quisiera perdonar, pero cuando lo veo me vuelve el coraje». Y aquí hay una distinción muy importante: Perdonar no siempre significa dejar de sentir inmediatamente el dolor.

La memoria puede permanecer, la herida puede doler, la emoción puede tardar en sanar. Pero, existe una diferencia entre sentir resentimiento y decidir alimentar el resentimiento.

Podemos decirle al Señor: «Jesús, todavía me duele. Todavía no puedo sentir amor por esta persona. Pero quiero dejar de desearle el mal. Te entrego mi dolor. Enséñame a perdonar». Ese deseo ya es un comienzo.

Cantalamessa expresa esta idea con mucha claridad: No debemos quedar atrapados exclusivamente en lo que sentimos; lo decisivo es aquello que, delante de Dios, queremos hacer. A veces el corazón necesita tiempo para alcanzar la decisión que ya tomó la voluntad.

HAY ALGO TODAVÍA MÁS DIFÍCIL: PEDIR PERDÓN

Aquí el Evangelio nos conduce a una segunda conversión.

Es relativamente fácil pensar: «Yo tengo que perdonar». Pero quizá sea mucho más difícil decir: «Perdóname».

Porque mientras me considero únicamente víctima, puedo sentirme moralmente superior. Yo soy quien perdona, el otro es quien debe arrepentirse.

Pero cuando me coloco delante de Dios descubro que también tengo deudas: También he herido, he hablado de más, he juzgado, he fallado, he sido injusto.

Por eso, antes de pronunciar: «Te perdono», quizá alguna vez deberíamos aprender a decir: «Perdóname».

El perdón cristiano comienza cuando dejamos de presentarnos delante de Dios exclusivamente como víctimas y reconocemos también nuestra necesidad de misericordia.

LA PRUEBA DEFINITIVA ESTÁ EN EL PADRE NUESTRO

Jesús colocó esta enseñanza en una oración que repetimos constantemente: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».

Es una frase impresionante, cada vez que la pronunciamos estamos pidiendo a Dios que nos trate con la misma medida con la que nosotros tratamos a nuestros hermanos.

Por eso el Evangelio de este domingo no es simplemente una invitación a ser «buenas personas». Es una llamada a vivir como personas que han sido alcanzadas por la misericordia de Dios.

No perdonamos para comprar el perdón de Dios, perdonamos porque primero fuimos perdonados. No amamos para conseguir que Dios nos ame, amamos porque Dios nos amó primero. No ofrecemos misericordia para merecer misericordia, ofrecemos misericordia porque hemos recibido misericordia.

Tal vez hoy haya un nombre que necesita aparecer en nuestra oración, no pensemos solamente en grandes conflictos. Quizá sea el esposo, la esposa, un hijo, un hermano, un padre, un amigo, un compañero de trabajo, alguien de la comunidad, alguien que dijo algo que todavía nos duele, alguien que se fue de nuestra vida dejando una herida.

Hoy Jesús no nos pregunta: «¿Quién tuvo la culpa?». Nos hace una pregunta más profunda: «¿Qué vas a hacer con la herida que llevas en el corazón?». Porque podemos convertir una herida en una prisión, o podemos entregársela a Cristo para que, poco a poco, la transforme. Setenta veces siete no significa que el cristiano nunca haya sido herido, significa que la última palabra sobre nuestra herida no será el odio.

Será Cristo, será la misericordia, será el perdón. Y quizá por eso la verdadera pregunta de este domingo no sea:

«¿Cuántas veces tengo que perdonar?». Sino: «¿Cuánto del perdón que Dios me ha dado ha logrado llegar hasta mi corazón?». Porque solamente quien descubre cuánto ha sido perdonado comienza a comprender verdaderamente lo que significa perdonar.

Setenta veces siete... Siempre... Hasta que el corazón se parezca un poco más al corazón misericordioso de Cristo.

«Santa María, Madre del perdón, enséñanos a perdonar como Dios nos perdona». Amén.