Cuando se pensó un país democrático en México, se prometió una nación donde cada voto pesara igual, donde el poder fuera de las personas y no de los caudillos, donde la voluntad ciudadana pudiera cambiar gobiernos sin llegar a luchas o conflictos civiles. Una democracia sin ataduras, con participación libre y comprometida por parte de la ciudadanía, instituciones sólidas y transparentes, partidos que reflejaran la pluralidad y compromiso con las causas sociales, simple y sencillamente, una democracia donde votar "fuera posible y práctico".
Pero en el actuar, hoy tenemos dos complejos panoramas, tanto para el ciudadano que desea ser votado, a través de una postulación para un cargo de elección popular, como para el ciudadano que desea ir a elegir a sus gobernantes, legisladores o impartidores de justicia.
Para quien busca ser votado, la ruta está llena de verdaderas limitantes previas: primero, estructura política (partido, organización, etc.); financiamiento (público y privado); presencia territorial; redes de apoyo y algo reciente, pero más que decisivo en una elección hoy en día: presencia y protagonismo en redes sociales.
Ahora bien, pensará usted que ser candidato por un partido es la solución a lo mencionado anteriormente; la realidad es que incluso con partido no hay garantías. Porque hoy no basta con portar el chaleco del color correcto ni recorrer colonias bajo banderas y lonas con las siglas del partido. Lo que realmente se exige es algo mucho más complejo, es decir, navegar en un ambiente tan tenso de polarización política como la que hoy enfrenta la vida pública en México.
Ser candidato hoy implica moverse en un terreno donde no hay matices permitidos. Es decir, o se está completamente a favor o automáticamente en contra. El centro ideológico, aquel punto donde históricamente se han construido consensos en las naciones, hoy parece territorio prohibido. Establecer diálogos donde se dé apertura a la propuesta, al cuestionamiento y a la búsqueda de soluciones plurales, pareciera una verdadera misión imposible, tanto con partidos de oposición como con partidos en Gobierno.
Para quienes compiten desde un partido en el Gobierno, el reto es doble: cargar con los aciertos, pero también con los errores, incluso aquellos ajenos. El candidato deja de ser individuo para convertirse en "símbolo del poder". Incluso, al llegar a una posición donde no se discuten propuestas del candidato, sino que se revisa de qué lado está el candidato.
Pero la oposición tampoco transita un camino sencillo. En un clima de confrontación permanente, oponerse implica resistir el señalamiento constante y el desgaste anticipado. Proponer desde la oposición es difícil cuando la crítica se basa en la descalificación y el debate se sustituye por etiquetas, insultos o burlas al partido en Gobierno.
Así, ser candidato hoy no es solo buscar el voto, es sobrevivir políticamente a los extremos. Es intentar convencer sin polarizar, sumar sin confrontar y proponer sin caer en la lógica del enemigo.
Y para el ciudadano que vota, en un país donde hoy en día una transmisión en vivo sustituye al mitin en la plaza pública, el votante navega en un sinfín de mensajes contradictorios, opiniones disfrazadas y videos alterados con Inteligencia Artificial o diseñados para influir más en la emoción que en el criterio. La desinformación circula más rápido que las propuestas y confunde a quienes quieren votar. El ciudadano termina frente a la boleta con la sensación de incertidumbre, miedo, duda y fatiga.
También está el factor de desgaste social, porque cada elección trae nuevas promesas, pero no siempre resultados. Eso genera cansancio, resignación o abstención. En las elecciones de 2024, aproximadamente 40% de los electores en Sonora no votó. Y estoy seguro de que no porque no les importara el rumbo del Estado, sino porque muchos no encontraron opciones claras, información confiable o razones suficientes para salir de casa.
La abstención nos habla porque no solamente significa desinterés, sino que significa que una parte importante de la población ya no encuentra confianza, claridad ni motivos suficientes para participar. Ese desánimo en la sociedad convive con quienes sí acuden a las urnas, convencidos de que votar, aun con dudas, sigue siendo mejor que renunciar a decidir.
Ahí se cruzan los dos retos para México: representantes que buscan ser votados y deben recuperar credibilidad, así como ciudadanos que necesitan volver a creer. Porque votar y ser votado hoy cuesta más esfuerzo que nunca, pero sigue siendo el camino que puede mover al país, frenarlo o exigirle cuentas, elección tras elección.
"Ser libre no es sólo deshacerse de las cadenas de uno, sino vivir de una forma que respete y mejore la libertad de los demás". – Nelson Mandela



