Hay una palabra que estos días me acompaña de manera insistente. Es una palabra sencilla, antigua, profundamente cristiana y, para mí, bastante incómoda. Humildad.
Este domingo Jesús nos habla de una viña. Un hombre la plantó, la rodeó, preparó el lagar, construyó una torre y la entregó a unos trabajadores para que la cuidaran y dieran fruto. Cuando llegó el tiempo de la cosecha, envió a sus servidores para recibir lo que le correspondía. Después envió a su propio hijo.
La parábola toca una fibra muy profunda del corazón humano. Dios nos entrega una viña y nosotros podemos llegar a comportarnos como propietarios.
La vida, la familia, la inteligencia, la salud, los talentos, los carismas, los amigos, la fe, las oportunidades de servir, incluso aquello que hemos aprendido con esfuerzo. Todo lo hemos recibido. Todo es gracia.
Y aquí comienza mi propio examen de conciencia.
UNA VIÑA QUE RECIBÍ
Durante estos meses he estado estudiando con algunos hermanos muy cercanos el libro "La humildad del corazón", de Fray Cayetano María de Bérgamo, fraile capuchino italiano del siglo XVIII. Nació en 1672 y murió en 1753. Fue predicador, teólogo y escritor espiritual, y dedicó buena parte de su vida a enseñar el camino ordinario de la santidad mediante la humildad, la caridad, la penitencia y la vida interior.
Su libro ha resultado para mí una lectura mucho más difícil de lo que imaginaba.
Porque una cosa es hablar de la humildad y otra permitir que la humildad entre hasta los rincones donde uno ha aprendido a esconderse incluso de sí mismo.
Mientras avanzamos en la lectura, he descubierto cuántas veces la soberbia puede caminar silenciosamente dentro de nosotros. Puede esconderse detrás de una opinión, de una experiencia, de un conocimiento, de un servicio realizado durante muchos años, de una responsabilidad pastoral o incluso de una buena intención. Y eso duele.
He tenido que reconocer que muchas cosas que considero buenas en mi vida vienen de Dios. La gracia viene de Dios. Los carismas vienen de Dios. La capacidad para comunicar, para servir, para enseñar, para acompañar, para rezar y hasta los frutos que alguna vez haya podido producir vienen de Él.
Lo único que verdaderamente puedo llamar mío es mi pecado, mi error, mi miseria. Todo lo demás es don.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la humildad es fundamento de la oración, porque el hombre se presenta ante Dios como un mendigo que recibe gratuitamente de Él. Qué difícil resulta vivirlo de verdad.
EL DUEÑO DE LA VIÑA
El cardenal franciscano Raniero Cantalamessa, al reflexionar sobre la humildad de San Francisco, señala que la humildad nace de colocarnos delante de Dios y reconocer quién es Él y quiénes somos nosotros. Francisco repetía una idea que resume admirablemente esta espiritualidad, que una persona es ante Dios lo que realmente es y nada más.
Quizá allí está una de las claves del Evangelio de este domingo.
Los viñadores comenzaron a considerar propia la viña que habían recibido. Querían quedarse con los frutos, con la herencia y finalmente con el hijo.
La soberbia hace algo parecido en nuestro corazón. Nos lleva a olvidar que somos administradores.
Por eso la humildad libera. Me permite agradecer sin apropiarme, servir sin adueñarme, recibir una responsabilidad sin convertirla en poder y alegrarme por los dones de los demás.
San Pablo lo expresa con una pregunta que debería acompañarnos toda la vida. "¿Qué tienes que no hayas recibido?" (1 Corintios 4,7).
Tal vez esta pregunta bastaría para desmontar muchas de nuestras soberbias.
FRANCISCO, HERMANO MENOR
Este domingo coincide providencialmente con la memoria de San Francisco de Asís. En 2026 celebramos el VIII Centenario de su Pascua, ocurrida en 1226. El Papa León XIV ha concedido un Año Jubilar Franciscano del 10 de enero de 2026 al 10 de enero de 2027, como una invitación a seguir el ejemplo del Poverello y a ser testigos de santidad y de paz.
Francisco entendió que la grandeza cristiana comienza cuando dejamos que Dios sea Dios.
Por eso pudo hacerse hermano de todos. Pudo abrazar al leproso. Pudo amar la pobreza. Pudo cantar a la creación. Pudo llamar hermanos al sol, a la luna, al agua, al fuego y hasta a la muerte.
Había aprendido a recibir todo como don.
En estos últimos años he tenido la gracia de conocer más de cerca a algunos frailes franciscanos. Pienso especialmente en los capuchinos de Yécora. Su humildad, su sencillez y ese servicio incansable que realizan me han evangelizado profundamente.
Los he visto amar y promover el amor a Jesús entre los pobres con una naturalidad que conmueve.
También pienso en los frailes franciscanos de la parroquia de San Francisco de Asís, en la colonia Bellavista de Ciudad Obregón. Allí he experimentado algo que agradezco de corazón. Me he sentido querido por ellos.
De manera especial por el padre Fray Fredy Gálvez Angulo OFM. Siendo menor que yo, posee una inteligencia que admiro y, junto a ella, una calidez y una cordialidad verdaderamente pastorales. Y lo más hermoso es que ha tenido conmigo ese cariño aun sin pertenecer yo a su parroquia.
Quizá así se reconoce la humildad franciscana. Hace espacio para el otro.
MARÍA, LA HUMILDE SERVIDORA
Y cuando pienso en la humildad cristiana, inevitablemente aparece María.
Ella es la mujer que recibió la gracia más grande que criatura alguna haya recibido. Y precisamente por eso pudo decir "He aquí la esclava del Señor". Su grandeza estuvo en su obediencia, en su docilidad, en su disponibilidad absoluta ante Dios.
María recibió la viña y entregó sus frutos. Su vida entera fue un Magníficat. "El Poderoso ha hecho obras grandes por mí". Ella sabía de dónde venía todo.
También San Francisco comprendió que la verdadera grandeza consiste en hacerse pequeño por amor, la humildad cristiana alcanza su plenitud en Cristo, que se hace pequeño por amor para elevar al ser humano.
María vivió esa lógica de manera luminosa.
Por eso estudiar la humildad del corazón significa aprender nuevamente a mirar a Jesús y a María.
Ser instrumentos de su paz
El Evangelio me deja hoy una pregunta muy concreta. ¿Qué frutos está esperando Dios de la viña que me ha confiado?
Quizá espera más humildad. Más gratitud. Más servicio. Más paciencia. Más capacidad para alegrarme con los dones de los demás. Más libertad para reconocer que todo viene de Él.
Este año franciscano puede ser una hermosa oportunidad para volver al corazón del Evangelio.
Que San Francisco nos enseñe a vivir como hermanos menores, agradecidos por todo, disponibles para todos y enamorados de Cristo.
Y que María, la humilde esclava del Señor, nos tome de la mano para conducirnos hacia Jesús.
ORACIÓN
Padre Santo, fuente de toda gracia, te damos gracias por la vida y los dones recibidos. Jesús, Hijo amado, haz nuestro corazón manso y humilde, servidor sencillo, generoso y lleno de amor, unidad, misericordia y paz.
Espíritu Santo, purifica nuestro corazón de toda soberbia y haznos dóciles instrumentos de tu gracia, reconociendo que todo bien procede de Ti.
Santa María de Guadalupe, Madre humilde y obediente, enséñanos a decir con el corazón "hágase en mí según tu palabra".
San Francisco de Asís, hermano menor y servidor de los pobres, haznos instrumentos de la paz de Cristo, llevando amor, perdón, esperanza y luz.
Que entreguemos al Señor los frutos de su viña y vivamos agradecidos, sabiendo que todo es gracia, todo viene de Ti y todo es para tu gloria.
Amén.

