La tensión de querer institucionalizar morena

Morena enfrenta, estimado lector, una contradicción que comienza a convertirse en uno de los mayores desafíos políticos para Claudia Sheinbaum

La tensión de querer institucionalizar morena

Morena enfrenta, estimado lector, una contradicción que comienza a convertirse en uno de los mayores desafíos políticos para Claudia Sheinbaum, puesto que el liderazgo que hizo posible su llegada al poder es, al mismo tiempo, una de las razones por las cuales hoy resulta tan complicado institucionalizarlo.

Andrés Manuel López Obrador logró construir un movimiento capaz de conquistar la Presidencia y consolidar una fuerza electoral de alcance nacional; sin embargo, al concentrar buena parte de su funcionamiento alrededor de su propia autoridad, dejó pendiente la construcción de una organización que pudiera desenvolverse con independencia de su fundador.

Para comprender la dimensión del problema conviene recordar que Morena nació con tres naturalezas que, aunque durante años consiguieron coexistir, no necesariamente responden a los mismos intereses. Por una parte, el movimiento social encuentra su legitimidad en las causas y la movilización ciudadana, mientras que el partido político requiere reglas, procedimientos y estructuras permanentes, en tanto que la maquinaria electoral privilegia la competencia por el poder y la capacidad de ganar elecciones.

Estas diferencias no representaron un obstáculo determinante durante el liderazgo de López Obrador, debido a que él mismo fungía como fundador, árbitro político y principal estratega electoral, de manera que las contradicciones podían resolverse mediante una autoridad reconocida por prácticamente todas las corrientes.

No obstante, aquella fortaleza también escondía una debilidad estructural, ya que Morena desarrolló mecanismos formales de organización sin conseguir que estos sustituyeran plenamente la autoridad personal de su fundador.

Institucionalizar un partido supone distribuir responsabilidades, establecer jerarquías y aceptar que las reglas puedan imponerse incluso sobre las preferencias de sus principales dirigentes, por lo que fortalecer esos mecanismos habría significado reducir los márgenes de discrecionalidad que hicieron posible el control político de López Obrador.

Con la llegada de Sheinbaum a la Presidencia, esta contradicción adquirió una dimensión distinta, puesto que, aunque heredó el respaldo electoral del obradorismo, no recibió automáticamente la autoridad histórica que su antecesor construyó durante décadas.

En consecuencia, la presidenta enfrenta el desafío de mantener cohesionada una organización integrada por liderazgos, corrientes e intereses diversos, mientras intenta consolidar procedimientos institucionales que permitan resolver las disputas sin depender permanentemente de su intervención.

Sin embargo, el problema no se limita a establecer convocatorias, aplicar encuestas o exigir disciplina partidista, debido a que la institucionalización también requiere definir qué clase de organización pretende ser Morena.

Puede consolidarse como un partido amplio en el que convivan distintas posiciones ideológicas, apostar por una identidad programática de izquierda más definida o funcionar como una Federación de liderazgos regionales articulados alrededor de un proyecto nacional; aunque cualquiera de estas posibilidades resulta políticamente viable, cada una supone una distribución distinta del poder y, por consiguiente, genera resistencias entre quienes podrían perder influencia.

A esta discusión se suma una posibilidad que merece particular atención, y es que Morena termine recorriendo un camino semejante al del peronismo argentino, cuya permanencia política no ha dependido de una estructura ideológica uniforme, sino de una identidad suficientemente amplia para albergar proyectos profundamente distintos.

De presentarse una evolución semejante, Morena podría sobrevivir durante generaciones como una identidad política dominante, aunque ello no garantizaría necesariamente la continuidad del proyecto impulsado por López Obrador, puesto que futuros liderazgos podrían reinterpretar el obradorismo e incluso promover políticas contrarias a algunos de sus principios originales. Así, la permanencia electoral del partido no necesariamente significaría la permanencia ideológica de la Cuarta Transformación.

Paradójicamente, esta discusión ocurre mientras la oposición atraviesa sus propias dificultades para reconstruir liderazgos, recuperar credibilidad y ofrecer una alternativa competitiva, circunstancia que concede a Morena un margen considerable para administrar sus contradicciones sin enfrentar costos electorales inmediatos.

No obstante, esa ventaja también podría convertirse en un incentivo para postergar las decisiones institucionales, debido a que, mientras las victorias continúen, las disputas internas pueden parecer administrables, aunque sus consecuencias se acumulen progresivamente.

Por ello, el verdadero desafío de Claudia Sheinbaum no consiste únicamente en mantener unido a Morena rumbo a 2027, sino en determinar si su liderazgo servirá para consolidar instituciones capaces de sobrevivir a los cambios de Gobierno o si, por el contrario, terminará reproduciendo una estructura cuya estabilidad dependa de la autoridad presidencial.

Después de todo, López Obrador construyó Morena para conquistar el poder, mientras que Sheinbaum enfrenta la responsabilidad de definir cómo conservarlo sin depender permanentemente de quienes lo ejercen, enfrentando así el hecho de que la mayor prueba de institucionalidad de un partido no consiste en demostrar cuánto poder puede concentrar un liderazgo, sino cuánto puede funcionar cuando ese liderazgo deja de estar presente.