En la colonia Solidaridad (la Soli) están acostumbrados a escucharla. Isabel grita y llora desgarradoramente por las noches, muchas noches, cuando con la música a todo volumen se toma más de tres caguamas y se le remueven los recuerdos. Entonces, se asoma al cerco de su casa y llama a Laura, su hija muerta, víctima de desaparición y feminicidio hace nueve meses. Llora su nombre a todo pulmón, hasta que el cansancio la vence y los vecinos, que tienen que levantarse temprano a trabajar, le piden que se calle.
Laura es una de las 866 mujeres desaparecidas en Sonora solo durante el presente año (hasta mayo de 2026). Un día salió a la tienda por una coca y no regresó. Delia, la dueña del abarrote, dice que vio cómo la subieron a un carro por la fuerza. Tenía 17 años, estaba por terminar la prepa y como "estaba bonita de más", pues a alguien le gustó y se la llevó, según comentan por el barrio.
La encontraron muerta dos semanas después junto a un vertedero de basura, como a buena parte de las desaparecidas, esas a las que las autoridades no buscan porque son invisibles, porque viven en las colonias apartadas y porque no tienen apellidos importantes, y también porque a las que tienen apellidos importantes no las desaparecen, dice la doña de la tienda. Nada se sabe de sus asesinos e Isabel no guarda esperanzas de justicia, porque esa no llega hasta donde ella vive.
A raíz de la declaración de la guerra contra el narcotráfico de Felipe Calderón en México, en diciembre de 2006, se incrementó el número de desapariciones y feminicidios. En Sonora estas desapariciones aumentaron de manera alarmante sobre todo en Hermosillo y Cajeme. Las víctimas, nos dice la tesis de doctorado de Lizette Sandoval, en el Colson ("Las vidas desechables: Necropolítica de género, feminicidio y desaparición de mujeres en Sonora 2015-2025"), eran mujeres que compartían las mismas características: Jóvenes, adolescentes y niñas empobrecidas o en contextos de vulnerabilidad.
Pero las cifras que se han acumulado en estos veinte años dicen poco de las historias y las vidas desaparecidas, arrebatadas, heridas; de las familias fracturadas o incompletas, de las madres que lloran hijos e hijas perdidas, de los hijos que se han quedado solos. Tampoco se dice mucho de las estrategias que tiene la sociedad civil para organizar los cuidados propios y de los demás; de las formas en que se puede afrontar la violencia.
En el Colegio de Sonora queremos hablar justo sobre esto, sobre las formas en que se puede resistir a la violencia. Por esta razón, les invitamos a acompañarnos el 24 de noviembre al evento "20 años de la guerra contra el narco: Experiencias, organización y resistencia frente a las violencias", para pensar juntas y juntos en las posibilidades de un lugar en el que se pueda vivir y transitar sin miedo, en donde nadie tenga que resignarse a esperar una justicia que no llega, en el que no haya más madres que lloran hijos e hijas pérdidas o muertas; un lugar en el que no existan más lloronas como la de la Soli.

