Filosofía del lenguaje: El tamaño de nuestro mundo se mide en palabras

"El que solo conoce su propia versión del caso, sabe poco de él" –John Stuart Mill

Filosofía del lenguaje: El tamaño de nuestro mundo se mide en palabras

En esta ocasión, no hablaré de fronteras políticas, económicas o sociales, sino sobre barreras de otro tipo. Imaginemos que vivimos en una habitación invisible. Sus paredes no son de ladrillo. Sus fronteras están hechas de palabras. Si conocemos pocas palabras, el espacio es reducido. Si aprendemos nuevas formas de expresarnos, la habitación crece y nos permite movernos con más libertad. El filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein resumió este fenómeno al afirmar que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo. Lo que no podemos nombrar simplemente no existe en nuestra realidad consciente. Además, existe un vínculo entre un lenguaje pobre y el aislamiento social: Quien carece del vocabulario para comprender la realidad ajena, termina refugiándose en el eco de su propia voz.

Paradójicamente, justo cuando necesitamos de los demás para ensanchar nuestra realidad, la cultura actual nos empuja al ensimismamiento. Nos dicta que las grandes respuestas deben buscarse exclusivamente en nuestro interior. Octavio Paz notó el problema y en uno de sus versos lo dejó establecido: "al penetrar en mí me deshabito". El aislamiento mental anula a la persona, porque si solo miramos hacia adentro, nos vaciamos. El filósofo francés Jean-Paul Sartre respaldaba esta lógica al explicar que los seres humanos necesitan el reflejo de los demás para existir de forma plena. No somos entidades cerradas. Necesitamos interactuar y absorber perspectivas ajenas para saber quiénes somos en realidad.

Esta urgencia de salir de nosotros mismos nos exige escuchar y leer a quienes piensan distinto. El filósofo inglés John Stuart Mill advirtió que, si no conocemos los argumentos de nuestros opuestos, no conocemos enteramente nuestras propias posturas. Hoy, en un mundo fracturado por la polarización, esta máxima es vital para combatir el consumo reaccionario de información. Este fenómeno ocurre cuando las personas buscan exclusivamente noticias y datos que confirmen sus ideas preexistentes, casi siempre con el propósito de alimentar la indignación contra el bando contrario.

Ese comportamiento nos encierra en cámaras de eco partidistas, espacios herméticos impulsados por los algoritmos de las redes sociales. En ellas, el individuo consume información de una sola persuasión, bloqueando puntos de vista externos. Un estudio del Pew Research Center demostró que los usuarios con visiones políticas marcadas se aíslan al interactuar únicamente con amigos y medios informativos que validan sus opiniones. A la par, investigaciones de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos (PNAS) han comprobado que el aislamiento dentro de estas burbujas algorítmicas no solo empobrece el conocimiento, sino que radicaliza a las personas e incrementa su hostilidad hacia quienes piensan diferente. Nuestra ceguera ante el otro engendra resentimiento.

Esta necesidad de salir al exterior nos enfrenta a la idea de las fronteras. Solemos pensar en ellas como divisiones políticas, económicas, sociales o geográficas que separan países o grupos. Sin embargo, el lenguaje y la cultura pueden convertirse en la barrera más rígida. Si no entendemos las palabras y los valores de quienes viven distinto a nosotros, nos quedamos atrapados en nuestro lado del muro. Es aquí donde la "inteligencia cultural" se vuelve una herramienta vital para navegar esas fronteras. No se trata solo de hablar otro idioma, sino de comprender cómo otras personas estructuran su realidad, incluso en nuestra propia lengua. Al desarrollar esta habilidad, cruzamos los límites de nuestro mundo para enriquecerlo con el de los demás.

Para cruzar esas barreras necesitamos construir puentes, y aquí es donde la lectura entra en juego. El filósofo alemán Martin Heidegger afirmaba que el lenguaje es la casa del ser. Para habitar el mundo necesitamos construir esa casa, y los libros nos entregan los materiales. Leer nos permite pedir prestada la mente de otra persona. Nos da el vocabulario para darle forma a problemas o ideas que antes sentíamos, pero no sabíamos explicar. Una vez que obtenemos ese vocabulario, el escritor Juan José Arreola nos recuerda cómo usarlo. Él advertía que quien no sabe leer, no sabe escribir y quien no sabe escribir no sabe pensar. El proceso funciona como una reacción en cadena. La lectura nos da las palabras, la escritura nos obliga a ordenarlas, y el pensamiento crítico es el resultado de practicar ambas.

Hoy en día pasamos horas consumiendo información rápida y nuestro vocabulario se encoge por pura comodidad. Vale la pena considerar esto la próxima vez que dudemos en abrir un libro o acercarnos a una cultura diferente: Si nuestro lenguaje define el tamaño de nuestro mundo, un vocabulario pobre es una prisión que construimos nosotros mismos. Si perdemos las palabras para describir el asombro, la injusticia o nuestra propia identidad, perdemos también la capacidad mental de procesarlos. Nuestro mundo no termina donde acaba nuestra vista, sino que termina justo en la última palabra que somos capaces de entender.

rikkcs@gmail.com