En los jardines de la Torre Eiffel encontré algo más que una fotografía: Una lección sobre migración, ingenio y dignidad. Detrás de cada persona que deja su tierra hay una historia de riesgo, trabajo y esperanza de construir un nuevo comienzo.
UN PREGÓN MEXICANO EN PARÍS
Estábamos en los jardines de la Torre Eiffel buscando el ángulo perfecto para una fotografía. El cielo estaba limpio y jugábamos con la perspectiva: Levantar la mano para sostener la torre, señalarla o hacerla parecer pequeña. En medio de aquella escena turística apareció un hombre afrodescendiente, alto y esbelto, integrante de un grupo de vendedores ambulantes de recuerdos.
Al reconocer que éramos mexicanos, nos recibió con un repertorio sorprendente: “¡Mexicanos viva México!”, mezclado con frases de la conversación política del momento y el inevitable “¡más barato que en Tepito!”. No reproduzco aquellas expresiones como una postura propia, sino como evidencia de algo notable: Aquel vendedor había aprendido a identificar a sus posibles clientes, conocer sus referencias y hablarles en un lenguaje que rompiera la distancia en segundos.
No era solamente simpatía. Era observación del mercado, adaptación cultural y habilidad comercial. En una manta llevaba pequeñas torres, llaveros y recuerdos. Frente a uno de los monumentos más visitados del mundo, él intentaba ganarse el día. No sé de qué país salió ni cuántas fronteras cruzó. Sí, era evidente que estaba lejos de casa, buscando un espacio para vivir y generar prosperidad.
MIGRAR TAMBIÉN ES VOLVER A EMPEZAR
La migración suele explicarse con estadísticas, documentos y debates políticos, pero cada cifra contiene a una persona que dejó afectos, costumbres y certezas. Algunas huyen de la violencia; otras buscan empleo, seguridad o la posibilidad de reunir a su familia. El INEGI señala que, entre las causas de la migración interna, reunirse con la familia y buscar trabajo ocupan lugares centrales. Acnur reportó que al cierre de 2025 México albergaba más de 152 mil personas refugiadas y más de 173 mil solicitantes de asilo.
México es origen, destino y territorio de paso. Recibimos a personas procedentes de países vecinos y de otras regiones del continente; al mismo tiempo, miles de mexicanos se desplazan desde estados del sur hacia zonas agrícolas, turísticas, industriales y fronterizas del norte. Muchos llegan a Sonora para trabajar en el campo, la construcción, los servicios o el comercio. Algunos encuentran una oportunidad; otros enfrentan explotación, discriminación, extorsión, engaños o trayectos que ponen en riesgo su vida.
No debemos romantizar ese sufrimiento. El ingenio del vendedor parisino inspira, pero detrás de su sonrisa puede haber pérdidas que desconocemos. Emprender por necesidad no elimina el cansancio ni la incertidumbre. Aun así, resulta admirable la capacidad humana de aprender palabras nuevas, leer otro mercado, crear una oferta y comenzar nuevamente con lo que se tiene.
TAMBIÉN YO CAMBIÉ DE TIERRA
Esta escena me hizo mirar mi propia historia. En 1983 llegué a Sonora procedente de la Ciudad de México. Llegué con trabajo, bien acreditado y con una base profesional que me daba seguridad. Esa condición marca una diferencia enorme frente a quien llega sin documentos, empleo, contactos o recursos. Sin embargo, también conocí el desafío de adaptarme, comprender una cultura distinta y demostrar con hechos lo que podía aportar.
Sonora me abrió sus puertas. Aquí hice familia, construí proyectos, desarrollé relaciones y escribí una parte fundamental de mi historia. Con el tiempo entendí que migrar no siempre significa abandonar un país; también es trasladarse dentro de él y aprender a pertenecer a una nueva comunidad. Quien llega trae conocimientos, costumbres, energía y sueños que pueden enriquecer el lugar que lo recibe.
Por eso necesitamos mirar al migrante sin prejuicio, pero también con responsabilidad. Respetar su dignidad no significa ignorar las leyes ni los retos de integración. Significa evitar la humillación, reconocer el trabajo honesto y construir caminos para la regularización, la capacitación y el empleo digno. Empresas, autoridades y ciudadanos podemos ayudar a convertir la vulnerabilidad en participación productiva.
El verdadero desarrollo no consiste solamente en levantar edificios o atraer inversiones. También se mide por nuestra capacidad de recibir a quien desea trabajar, cumplir y aportar. Muchos no alcanzarán el destino que imaginaron; otros lo conseguirán después de pérdidas, rechazos y años de esfuerzo. Para ellos, prosperar no es una palabra cómoda: Es conquistar el derecho de comenzar otra vez.
Aquí tenemos más de lo que imaginamos. En nuestras calles, empresas y colonias existen capacidades, oficios, experiencias y deseos de prosperar que muchas veces no vemos. Caminar sin mirar a quienes avanzan a nuestro lado limita nuestro propio desarrollo. Cuando una comunidad aprende a reconocer ese valor, descubre que la diversidad también puede convertirse en colaboración, emprendimiento y crecimiento compartido.
Reto de la semana: Identifica a una persona que llegó de otro estado o país. Pregúntale de dónde viene, qué tuvo que dejar, qué sabe hacer y qué sueña construir aquí. Escucha sin interrumpir. Después, realiza una acción concreta: Acércale una oportunidad, un contacto, una orientación o presenta su talento a alguien que pueda necesitarlo. Lo que hoy no vemos puede ser parte importante de la prosperidad que mañana construiremos juntos.
—ATRÉVETE—
Cada semana nos encontraremos en este mismo espacio.

