El tribunal de la pigmentocracia

"La raza no es una verdad biológica. Es un decreto político"

El tribunal de la pigmentocracia

La jueza Kristel Foster, quien alguna vez fue maestra de primaria en Arizona, me contó sobre uno de sus alumnos de quinto grado, cuando estudiaban la biografía de Mae Jemison, la primera astronauta afroamericana. Los padres de Jemison se habían mudado de Alabama a Illinois buscando mejores oportunidades y una educación de mejor calidad para sus hijos, escapando de la discriminación del sur. Un viaje parecido al que emprenden los inmigrantes latinoamericanos hacia Estados Unidos con la esperanza de una vida mejor. Al preguntar qué pasó cuando la niña se mudó a Chicago, Edgar, un alumno de padres inmigrantes mexicanos respondió con una lógica misteriosa. Dijo que su piel cambió de color. Kristel, sorprendida, le explicó que la piel no cambia al mudarse de ciudad. El niño replicó con la certeza absoluta de quien ha cruzado una frontera de verdad y afirmó que ahora él era moreno, pero en México era blanco. Entendemos tanto y a la vez tan poco cuando somos niños. Edgar resumió magistralmente a sus diez años un tratado completo de sociología. Su piel no se oscureció por el sol del desierto, sino por la mirada ajena que lo reclasificó. La raza no es una verdad biológica. Es un decreto político. Al cruzar una aduana, el migrante no solo cambia de país; cambia de categoría humana. En América Latina el mestizaje forjó una jerarquía de tonos donde un individuo puede ser considerado blanco en su pueblo, gozando de los privilegios silenciosos que otorga esa clasificación local. Al llegar a EE.UU. esa blancura geográfica se evapora. El sistema migratorio y social lo reclasifica en un bloque uniforme llamado hispano o latino, despojándolo de su estatus previo.

Los sociólogos Michael Omi y Howard Winant definen esto como la formación racial, el proceso histórico donde las fuerzas sociales y políticas dictan el valor de un cuerpo. Las cifras del censo demuestran esta profunda crisis de identidad. Entre los censos estadounidenses de 2010 y 2020, el número de hispanos que marcaron la opción de "dos o más razas" saltó de tres millones a más de veinte millones. ¡Ninguna mutación biológica ocurre tan rápido! Millones de personas cambian su respuesta de un censo a otro atrapados entre la imagen que tienen de sí mismos, la etiqueta que les impone la nueva nación y un sistema que puede convertir su epidermis en una condena.

Este mecanismo aplasta a los desterrados en cualquier latitud. En Sudamérica el Río de la Plata atestigua esta misma violencia simbólica. Cuando un trabajador abandona el altiplano de Bolivia para buscar empleo en los talleres textiles de Buenos Aires, Argentina, su cuerpo es sometido a un juicio inmediato. A pesar de compartir raíces indígenas con una parte de la población receptora, la sociedad lo etiqueta despectivamente como "negro". El término allí no describe una herencia africana. Castiga la pobreza y la procedencia. La biología es una simple excusa; el racismo es un instrumento de clase que convierte al extranjero en un ser defectuoso.

La xenofobia inventa diferencias físicas incluso donde no existían fricciones previas. En 2018 la turística isla de Jeju, en Corea del Sur, recibió a quinientos solicitantes de asilo yemeníes que huían de una guerra civil. Aprovecharon una exención de visado pensada para atraer turistas. Al pisar suelo surcoreano, una sociedad que se enorgullece de su absoluta homogeneidad étnica entró en pánico. Se propagó la narrativa de que los recién llegados portaban violencia en su sangre. Más de setecientos catorce mil surcoreanos firmaron una petición oficial exigiendo la deportación de quinientas personas exhaustas. El Gobierno cedió a la presión, canceló la entrada sin visa para Yemen y confinó a los refugiados. Un puñado de sobrevivientes aterrorizó a una nación industrializada no con armas, sino con sus rasgos humanos distintos.

El estigma aniquila incluso a quienes nacen compartiendo una misma isla. Tal como ocurre en la República Dominicana, el prejuicio divide a los cuerpos por un poco de melanina. Los descendientes de haitianos, nacidos bajo el mismo sol caribeño, sufren una persecución amparada por los tribunales. Se les niega la nacionalidad porque su negritud es asociada administrativamente a la invasión forastera, revelando que el pasaporte más difícil de obtener no lo emite un gobierno, sino el rechazo de quienes dictan quién tiene derecho a pertenecer.

La frontera final no está hecha de muros. Está tatuada en la piel. El migrante aprende rápidamente que el desprecio global tiene una jerarquía. Exigimos asimilación constante, pero dictamos sentencias basándonos en los rasgos faciales y la pigmentación de la piel. Edgar tenía razón en su aula escolar. Cuando cruzamos líneas trazadas por el poder, nuestra humanidad es sometida a un escrutinio injusto donde el color de la piel deja de ser biología para convertirse en un código penal.

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