Un blíster de pastillas a medio terminar descansa en la mesa de noche de un cuarto alquilado. El reverso de aluminio está roto por unas uñas que buscaron alivio urgente en la madrugada. Esta caja de medicamentos ansiolíticos no combate una bacteria. Adormece la desesperación. Es el peaje químico que cobra el desarraigo prolongado. Para el sistema de salud local, el paciente padece ansiedad clínica. Para la historia humana, la persona sufre un duelo interminable provocado por el impacto psicológico y la soledad. El mercado le vende un sedante para lograr tolerar una vida que el propio mercado le obliga a soportar.
El héroe griego Odiseo navegó diez años por un mar embravecido para regresar a Ítaca. Enfrentó monstruos y tormentas porque sabía que al final del trayecto lo aguardaban una esposa, un palacio y un reino. El migrante contemporáneo sin reino ni riquezas va en sentido opuesto, cruza desiertos y océanos letales para alcanzar ventanillas burocráticas hostiles. Ha dejado atrás sus afectos verdaderos y el único reino que le espera es la incertidumbre. Su epopeya no culmina en un trono recuperado. Su travesía no culmina en un trono recuperado. Termina en el silencio oscuro de una habitación compartida.
Sin embargo, la memoria de los pueblos se reescribe con la lengua de sus conquistadores. Cuando el Imperio Romano absorbió la mitología helénica, los pensadores latinos rebautizaron al rey de Ítaca bajo el nombre de Ulixes. Con el paso de los siglos y la consolidación del español, esa palabra mutó suavemente hasta convertirse en Ulises. Es exactamente el mismo náufrago, con las mismas cicatrices y el mismo anhelo, pero nombrado a través del filtro de Roma. Resulta poético y doloroso a la vez. El migrante contemporáneo comparte con esa historia un destino implacable, pues al abandonar su tierra natal para sobrevivir, puede perder hasta su propio nombre.
El despojo de la identidad comienza en la fonética. Así como Roma rebautizó al rey de Ítaca para apropiarse de su mito, el exiliado contemporáneo descubre que su nombre es la primera baja en la aduana. La prisa de un burócrata o la rigidez de un alfabeto ajeno bastan para mutilar una genealogía entera. No se trata de un simple ajuste de pronunciación. Funciona como un sello de asimilación forzada. Un estudio de la Universidad de Toronto comprobó que los inmigrantes que anglicizan sus nombres de origen en sus currículums tienen más del doble de probabilidades de conseguir una entrevista laboral, revelando así que el mercado laboral penaliza la identidad extranjera. Al modificar el nombre de un inmigrante para que encaje cómodamente en la lengua oficial, el sistema le advierte que para sobrevivir en el nuevo país debe renunciar al sonido de la primera palabra que lo definió en el mundo.
A principios de este siglo, el psiquiatra Joseba Achotegui le otorgó un nombre médico a esta fractura del alma que padecen muchos migrantes. Lo llamó el Síndrome de Ulises. No constituye una simple depresión clínica ni un choque cultural rutinario. Es un cuadro de estrés crónico y múltiple. La biología humana evolucionó para huir del peligro durante fracciones de tiempo breves. El corazón bombea sangre para escapar del depredador y luego recuperar el aliento. El cerebro del migrante indocumentado habita un estado de alerta interminable. Un vehículo policial en la esquina no representa el orden público sino una amenaza de deportación. Una enfermedad puede significar la ruina financiera. Esta vigilia incesante destroza el descanso e instala una fatiga permanente, mientras el recuerdo de los seres amados se convierte en una herida que se abre todos los días.
En los dispensarios de salud pública de Madrid, Nueva York o Estambul, los especialistas recetan fluoxetina o clonazepam a hombres y mujeres que no nacieron con un desequilibrio cerebral. Padecen un entorno despiadado. Tienen un miedo paralizante, están exhaustos y cargan sobre su espalda la responsabilidad de mantener vivas a familias enteras que quedaron atrás. El duelo migratorio crónico ataca por la espalda. Primero roba la capacidad de dormir, luego instala migrañas y finalmente aniquila la voluntad de levantarse.
El migrante enfrenta pérdidas enormes de forma simultánea. Pierde su estatus social original, pierde el cobijo de su lengua materna, pierde el contacto físico con sus seres amados y afronta el desprecio diario de los nativos. Todo ocurre al mismo tiempo y sin fecha de caducidad. Cuando el cuerpo finalmente colapsa y lanza un grito de auxilio, la sociedad de acogida responde entregando una receta de farmacia. Se medicaliza la exclusión social y se seda la injusticia para mantener funcional la mano de obra.
El mito clásico nos engañó con su promesa de gloria. El heroísmo verdadero no reside en vencer a un cíclope con una espada afilada. El mayor acto de resistencia ocurre en el anonimato de la madrugada, cuando un trabajador traga una pastilla pequeña para silenciar los fantasmas de la memoria, obliga a sus ojos cansados a cerrarse y toma fuerzas para continuar levantando los cimientos de una ciudad extranjera al despuntar el sol.
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