Caminando por las calles de Melbourne, Australia, pude ver las paredes de un templo hindú y las puertas de un par de restaurantes asiáticos manchadas con pintura de aerosol. Las letras rojas no exigían un salario digno ni mayor equidad. Exigían exclusión, expulsar al forastero. Esta agresión callejera funciona como el acta constitutiva del auge del "Nacionalismo espejo". Se le llama así porque el nativo proyecta sus propios miedos y carencias sobre el migrante, y porque las naciones oprimidas de ayer terminan imitando las prácticas de sus antiguos opresores, reflejando el rostro de aquello que alguna vez combatieron. Es la reacción política del nativo que se siente amenazado por el "otro", totalmente ajeno a la reflexión sobre la otredad que nos regaló Octavio Paz: "para que pueda ser he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros, los otros que no son si yo no existo".
En los países de altos ingresos el espejismo de la prosperidad suele ocultar una hostilidad palpable que estalla en los muros. Este odio opera como una epidemia sin fronteras. Mientras en Estados Unidos los crímenes de odio contra la población asiática se dispararon un 339% durante la pandemia de COVID-19, los estudios universitarios en Australia documentaron que, durante la crisis sanitaria global, casi el 40% de los ciudadanos asiático-australianos sufrieron agresiones racistas en espacios públicos. La abrumadora mayoría optó por el silencio ante la falta de confianza en las autoridades.
Sin embargo, este odio no es un monopolio del primer mundo. El miedo a la escasez muta rápidamente en repudio al necesitado en cualquier latitud. El mensaje de la turba utiliza al migrante como chivo expiatorio de un Estado que ha fallado estrepitosamente a sus propios ciudadanos. Las naciones que ayer sangraron bajo el yugo de la opresión, a menudo olvidan su propio calvario al convertirse en repúblicas soberanas. El oprimido de ayer se viste con el uniforme del opresor de hoy. El nacionalismo deja de ser una herramienta de liberación y se convierte en un muro de contención violento.
Ocurre en la actual Sudáfrica. Durante décadas, el mundo observó con horror el apartheid, un sistema de segregación que anulaba la dignidad humana. Los países vecinos abrieron sus fronteras a los exiliados sudafricanos. Hoy, la democracia local enfrenta una severa tasa de desempleo y desigualdad profunda. Ante la frustración social, la rabia no golpea las puertas de la élite económica. Se desvía hacia el eslabón más vulnerable. Los ciudadanos de Zimbabue, Mozambique y Somalia sufren cacerías humanas en las calles.
El siete de abril de 2022 la oscuridad descendió sobre el barrio de Diepsloot. Una turba recorrió las calles exigiendo documentos de identidad. El nacionalismo se convirtió en un tribunal de linchamiento. Elvis Nyathi era un refugiado económico zimbabuense de cuarenta y tres años. Escuchó los golpes violentos en su puerta. Su esposa logró salvar su vida temporalmente al mostrar un pasaporte. Elvis intentó huir y esconderse. Los perseguidores lo encontraron, lo arrastraron a la calle y lo asesinaron a golpes antes de prenderle fuego. Su único crimen consistió en buscar trabajo para alimentar a sus hijos careciendo del papel correcto en el bolsillo. Sudáfrica derrotó al racismo institucional en los libros, pero permitió que el odio cobrara la vida de un hombre por cruzar una frontera vecina.
El espejismo del nacionalismo no respeta océanos. En India, la burocracia diseñó una trituradora de identidades. El estado de Assam representó históricamente un cruce fértil de etnias. Luego, el discurso oficial comenzó a etiquetar a los migrantes bengalíes como infiltrados. El miedo del nativo a perder su cultura impulsó una depuración administrativa sin precedentes.
En agosto de 2019 el Gobierno publicó el Registro Nacional de Ciudadanos. El sistema exigió a millones de familias probar su presencia ininterrumpida en el país antes de marzo de 1971. Muchas de estas familias padecían pobreza extrema y analfabetismo, sin acceso a archivos de papel. El resultado fue un exterminio de tinta. Las autoridades excluyeron a casi dos millones de personas del registro. Dos millones de seres humanos enfrentaron la apatridia de un solo golpe. Personas nacidas y formadas en Assam descubrieron que su patria ya no los reconocía. El dolor de no pertenecer empujó a decenas al suicidio. El nacionalismo excluyente demostró su eficiencia al despojar a los marginados de su derecho a existir legalmente.
La historia exige claridad. El nacionalismo moderno rara vez protege la soberanía real. Funciona como una cortina de humo que esconde las fallas estructurales del modelo económico. El nativo que persigue al migrante ignora que ambos son víctimas del mismo desamparo estatal. Quien enciende la antorcha contra el forastero quema irremediablemente su propia humanidad. Un país que necesita inventar un enemigo foráneo para sentirse unido ha olvidado por completo cómo convivir consigo mismo.

