Hay crisis, estimado lector, que surgen y quizás no son la tendencia en redes o en medios, sin temor a equivocarme, pudiera afirmar que, la educativa es una de ellas. Quizás al no ser una crisis económica o de seguridad que los impactos pueden ser inmediatos, las consecuencias de una crisis educativa aparecen después, pero con la certeza de que llegarán, y consecuencias pudiera ser cuando un joven busca empleo, intenta continuar sus estudios o necesita comprender información para tomar una decisión.
Los resultados de PISA 2025 obligan a México a mirar esa realidad, pero también a entender cómo llegamos a ella, es decir, una combinación de rezagos históricos, interrupciones escolares, transformaciones digitales, pandemia, redes sociales y decisiones presupuestarias que merece analizarse más allá de la confrontación partidista.
El deterioro tiene una dimensión internacional. Entre 2015 y 2025, el promedio de los países de la OCDE cayó 28 puntos en lectura y 22 en matemáticas. Incluso sistemas educativos con mayores recursos enfrentan dificultades para sostener aprendizajes fundamentales, es decir, países como Canadá, Estados Unidos, Alemania, entre otros. México comparte ese desafío, aunque lo enfrenta con una desventaja considerable, 41.8% de sus estudiantes evaluados quedó por debajo del nivel básico simultáneamente en lectura, matemáticas y ciencias, frente a 19.7% en la organización.
Para comprender esos resultados hay que regresar unos años atrás. Durante la pandemia por COVID-19 recordemos que el cierre de escuelas interrumpió rutinas y trasladó una parte del aprendizaje a hogares con capacidades muy distintas para acompañarlo.
Tener computadora, conexión y un adulto disponible, marcó condiciones diferentes para estudiar. Sin embargo, la OCDE ya había identificado tendencias de deterioro anteriores al COVID-19. La emergencia agravó dificultades existentes; atribuirle todo impediría reconocer los problemas que permanecieron después de la reapertura.
Ahora bien, en mi criterio, las escuelas también enfrentan un entorno digital que compite por la atención. Las redes sociales, las notificaciones y el consumo de contenidos breves plantean un desafío para actividades que exigen concentración sostenida. Según la información publicada sobre PISA, apenas 24.2% de los estudiantes mexicanos reportó ausencia de distracciones digitales y 47.4% utiliza Inteligencia Artificial semanalmente para aprender. Estos datos no prueban que la tecnología cause por sí sola el bajo rendimiento, pero si nos obligan a revisar cómo se utiliza.
Y para variar, atender esa combinación de dificultades requiere maestros acompañados, materiales y tiempo para recuperar aprendizajes. Por eso importa discutir el presupuesto con precisión. Según el CIEP, el gasto educativo aprobado para 2026 aumentó 3% en términos reales, aunque coexistió con reducciones en determinados niveles y programas: Educación media superior registró una caída de 3.9% y La Escuela es Nuestra, de 0.8%.
La discusión, entonces, debe considerar cuánto dinero llega y qué permite hacer. Las becas pueden ayudar a sostener la asistencia, estoy de acuerdo, sin embargo, ampliar el acceso a educación representa un avance; convertir esa permanencia en aprendizaje es el siguiente compromiso. De lo contrario, las carencias pueden acompañar al estudiante hasta la universidad y el trabajo, restringiendo sus oportunidades y dificultando la formación del talento que México necesita.
Por último, el contexto mundial permite comprender mejor nuestra situación, sin volverla inevitable. Si bien es cierto, la pandemia dejó heridas, el entorno digital plantea nuevas exigencias y los recursos requieren prioridades claras, pero el empezar a verbalizar esta urgencia de apostar de forma estratégica a la educación debe ser nuestro siguiente gran paso.

